Cuesta imaginar, paseando hoy por las calles tranquilas y arboladas de Kokand, que esta ciudad de provincias fue, hace apenas siglo y medio, la capital de un reino que se extendía desde el valle de Fergana hasta las estepas del sur de Kazajistán. Sin embargo, así fue. Durante el siglo XIX, el kanato de Kokand fue uno de los tres grandes estados que se repartían el Turkestán —junto a los emiratos de Bujará y el kanato de Jiva—, y su capital era una ciudad santa que las crónicas describen erizada de minaretes, con más de trescientas mezquitas y decenas de madrazas.
De aquel esplendor queda, sobre todo, un edificio que resume una época entera: el palacio de Khudayar Khan, la residencia del último soberano, terminada en 1873 apenas tres años antes de que el reino desapareciera para siempre. Su fachada de casi cien metros, cubierta de azulejos, es como el epitafio monumental de un mundo que la historia borró de un plumazo. Contar la historia de Kokand es contar el ascenso y la caída de ese reino, y también el drama de una región entera atrapada entre imperios.
Kokand es antigua: hay indicios de asentamiento en la zona desde hace más de dos mil años, cuando el valle de Fergana era un cruce de caravanas de la Ruta de la Seda. La ciudad aparece mencionada en fuentes medievales con nombres como Khavakand o Khokand, un oasis fértil regado por los ríos que bajan de las montañas. Como el resto del valle, pasó por manos de los conquistadores árabes que trajeron el islam en el siglo VIII, de las dinastías persas e iraníes, del imperio mongol de Gengis Kan en el siglo XIII y del imperio timúrida en el XIV y XV.
El salto decisivo llegó a comienzos del siglo XVIII. En 1709, un jefe de la tribu uzbeka de los Ming, Shahrukh Biy, aprovechó la decadencia del kanato de Bujará para hacerse independiente en el valle de Fergana y fundar un pequeño principado con capital primero en otras localidades y, hacia 1740, definitivamente en Kokand. Nacía así el kanato de Kokand, que a lo largo de las décadas siguientes fue creciendo en poder y territorio, aprovechando la riqueza agrícola del valle y su posición en las rutas comerciales que unían Asia Central con Rusia, China y la India.
El kanato de Kokand alcanzó su máximo esplendor en la primera mitad del siglo XIX, especialmente bajo gobernantes como Umar Khan (1810-1822) y su hijo Madali (Muhammad Ali). En esas décadas, Kokand dominaba no solo el valle de Fergana, sino Tashkent —la mayor ciudad de la región— y vastos territorios hacia el norte, en las estepas del actual Kazajistán, donde fundó fortalezas para controlar a los nómadas y el comercio de caravanas.
La capital vivió un florecimiento cultural y religioso notable. Se levantaron mezquitas y madrazas, la ciudad se convirtió en un importante centro de enseñanza islámica —de ahí su fama de ciudad santa— y la corte protegió a poetas y sabios. Una figura destacada de esa época fue Nadira, esposa de Umar Khan, poetisa refinada que impulsó la vida literaria del kanato y que hoy tiene su propio mausoleo en Kokand. El comercio prosperaba: por Kokand pasaban telas, seda, cuero, papel y productos agrícolas, y la ciudad acuñaba su propia moneda.
Pero el kanato tenía debilidades profundas. El poder se disputaba con violencia entre facciones y ramas de la familia gobernante, las intrigas palaciegas y los asesinatos eran frecuentes, y la rivalidad permanente con el vecino emirato de Bujará desangraba al Estado en guerras interminables. Esa fragilidad interna resultaría fatal cuando apareció, desde el norte, un enemigo muchísimo más poderoso.
A lo largo del siglo XIX, el Imperio ruso fue expandiéndose sin pausa hacia el sur, sobre el Asia Central, en la larga rivalidad con el Imperio británico que los historiadores bautizaron como el 'Gran Juego'. El kanato de Kokand, dividido y debilitado por sus luchas internas, estaba en primera línea de ese avance.
La presión rusa se hizo asfixiante desde mediados de siglo. En 1865, las tropas del zar tomaron Tashkent, la ciudad más importante del kanato, y la incorporaron a sus dominios. Poco después, en 1868, el gobernador general del Turkestán ruso, Konstantín von Kaufman, impuso al kan Khudayar un tratado que reducía a Kokand a un protectorado de hecho, con concesiones comerciales y territoriales humillantes. Khudayar, cuyo reinado se recuerda por los impuestos altísimos y un gobierno arbitrario, se volvió profundamente impopular.
En 1875 estalló una gran rebelión contra Khudayar, alimentada por el descontento social y por la resistencia de tribus kirguisas y de sectores religiosos que llamaban a la guerra santa contra los rusos. Khudayar huyó y buscó, en vano, ayuda del Imperio otomano. Los rebeldes proclamaron kan a Nasir al-Din, pero el desorden dio a Rusia el pretexto que buscaba. El general Mijaíl Skobelev dirigió una campaña militar implacable, y el 19 de febrero de 1876 las tropas rusas tomaron la ciudad de Kokand. Nasir al-Din se rindió, el zar Alejandro II declaró abolido el kanato y todo el valle quedó incorporado al Imperio ruso como la nueva provincia (óblast) de Fergana. En apenas unos años, un reino de siglos había dejado de existir.
Bajo dominio ruso, Kokand perdió su rango de capital pero siguió siendo un centro comercial del valle, sobre todo del comercio del algodón, que Rusia empezó a fomentar de forma masiva. Con la Revolución de 1917 y el hundimiento del imperio zarista, la ciudad vivió un breve pero significativo episodio: en el invierno de 1917-1918 se proclamó allí la Autonomía de Kokand (o de Turkestán), un intento de gobierno musulmán autónomo para la región. El experimento duró poco: las fuerzas bolcheviques lo aplastaron en febrero de 1918 con gran violencia, arrasando parte de la ciudad y dejando miles de muertos, un episodio que marcó el comienzo del dominio soviético en el valle y de la larga resistencia de los basmachí.
Durante la época soviética, integrada en la República Socialista Soviética de Uzbekistán, Kokand se convirtió en una ciudad industrial y de servicios, mientras muchas de sus mezquitas cerraban o cambiaban de uso. La producción de algodón, con su enorme sed de agua, transformó el valle. El palacio de Khudayar Khan, símbolo del viejo reino, se conservó y terminó convertido en museo.
Con la independencia de Uzbekistán en 1991, Kokand recuperó parte de su patrimonio y de su memoria histórica. Hoy es una ciudad tranquila de provincias, orgullosa de su pasado como capital de kanato, que muestra a los visitantes el palacio, las madrazas y las tumbas de los kanes como testimonio de aquel reino desaparecido. Cada dos años, un gran festival internacional de artesanía la devuelve por unos días a la vida cosmopolita que tuvo, cuando por sus calles circulaban las caravanas de la Ruta de la Seda y la ciudad presumía de sus trescientas mezquitas.