Antes de que existiera Jiva tal como la conocemos, esta tierra ya tenía una historia larguísima. La región que la rodea se llama Corasmia (Khorezm), un oasis fértil regado por el río Amu Daria en medio de los desiertos de Asia Central, y fue la cuna de una de las civilizaciones más antiguas de la región. Los corasmios levantaron, ya en el primer milenio antes de Cristo, ciudades amuralladas y colosales fortalezas de adobe en pleno desierto —las llamadas 'fortalezas de Corasmia', cuyas ruinas todavía pueden visitarse cerca de Jiva—, desarrollaron el regadío, acuñaron moneda y tuvieron su propia lengua, su propio calendario y sus propios sabios.
La leyenda le da a Jiva un origen bíblico y romántico: se cuenta que la ciudad nació en torno a un pozo llamado Kheivak, abierto por Sem, el hijo de Noé, cuyas aguas dulces habrían dado vida al oasis y nombre a la ciudad. Más allá del mito, lo cierto es que en este cruce de rutas comerciales hubo asentamientos desde hace más de dos mil años, y que Jiva fue durante siglos una de las paradas de las caravanas de la Ruta de la Seda que atravesaban Corasmia camino de Persia, Rusia o China.
Como el resto de la región, Corasmia se islamizó tras la conquista árabe y vivió periodos de gran esplendor cultural. En los siglos XII y XIII, bajo el imperio corasmio, llegó a ser una de las grandes potencias del mundo islámico oriental. De aquí salió, por ejemplo, uno de los científicos más influyentes de la historia, el matemático y astrónomo al-Juarismi, cuyo nombre dio origen a la palabra 'algoritmo' y cuya obra introdujo el álgebra en el mundo. Aquel esplendor, sin embargo, estaba a punto de estrellarse contra la mayor catástrofe de la época.
A comienzos del siglo XIII, el poderoso imperio corasmio cometió el error fatal de provocar a Gengis Kan, ejecutando a unos enviados mongoles. La respuesta fue devastadora: entre 1220 y 1221, los ejércitos mongoles arrasaron Corasmia con una violencia legendaria. Ciudades enteras fueron destruidas, poblaciones exterminadas y los sistemas de regadío, base de la vida en el oasis, arruinados. La región tardó generaciones en recuperarse de aquel golpe, uno de los más brutales de toda la expansión mongola.
Con el tiempo, sin embargo, la vida renació en el oasis. Tras siglos de dominio de distintas dinastías mongolas y timúridas, en el siglo XVI llegaron a la región tribus uzbekas y se fundó el kanato de Jiva, uno de los tres grandes estados que se repartirían Asia Central junto con los de Bujará y, más tarde, Kokand. A lo largo del siglo XVII, tras el declive de la vieja capital Kunya-Urgench —abandonada en parte por un cambio de curso del río—, la ciudad de Jiva se convirtió en la capital del kanato, y fue entonces cuando empezó a tomar forma la ciudad amurallada monumental que hoy admiramos.
Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, los kanes de Jiva embellecieron Itchan Kala con las madrazas, mezquitas, minaretes y palacios que le dan su aspecto actual. Fue una época de esplendor artístico —la cerámica de azulejos en blanco y azul de Jiva alcanzó una calidad excepcional— pero también de aislamiento y de una economía sostenida, en buena parte, por una actividad tan lucrativa como siniestra: el comercio de esclavos.
La prosperidad de Jiva tuvo un fundamento terrible. Durante siglos, el kanato fue uno de los mayores centros del comercio de esclavos de Asia Central. Las tribus turcomanas que dominaban los desiertos circundantes se dedicaban a las incursiones (los llamados alaman), capturando a viajeros, campesinos y aldeanos —sobre todo persas chiíes, a los que la ortodoxia suní del kanato consideraba herejes, pero también rusos y de otros pueblos— para venderlos en los mercados de Jiva y Bujará.
Decenas de miles de esclavos pasaron por Jiva, empleados en el trabajo agrícola del oasis, en la construcción y en el servicio doméstico. Las condiciones eran durísimas y los intentos de fuga se castigaban con crueldad. Este comercio, y la inseguridad que las incursiones turcomanas provocaban en las rutas, dieron a Jiva una fama sombría y temible, muy alejada de la imagen turística de hoy. Los relatos de esclavos rusos liberados alimentaron en el siglo XIX una fuerte indignación en Rusia y sirvieron, entre otras cosas, como justificación para la intervención militar.
Esa reputación de plaza esclavista, aislada y peligrosa, hizo también de Jiva un lugar casi mítico e inaccesible para los europeos. Alcanzar la ciudad, protegida por cientos de kilómetros de desierto implacable, era una hazaña; varios aventureros y espías que lo intentaron en el marco del Gran Juego —la rivalidad entre los imperios ruso y británico por el control de Asia Central— murieron en el camino o acabaron prisioneros. Jiva era, para el imaginario del siglo XIX, uno de los últimos rincones prohibidos del mundo.
El avance del imperio ruso sobre Asia Central en el siglo XIX terminó alcanzando a Jiva. Tras un primer intento fallido en 1717 —una expedición rusa enviada por Pedro el Grande fue aniquilada por los jivanos— y tras décadas de tensiones y de indignación por el destino de los esclavos rusos, Rusia organizó en 1873 una gran campaña militar contra el kanato. Varias columnas convergieron sobre Jiva a través del desierto, y esta vez la ciudad no pudo resistir: fue tomada por las tropas del general Kaufman.
El kan Muhammad Rahim II tuvo que firmar un tratado que convertía a Jiva en un protectorado ruso. El comercio de esclavos fue abolido oficialmente y miles de cautivos fueron liberados, un cambio profundo en la vida del oasis. El kan conservó su trono y buena parte de su autoridad interna, como una figura vasalla, pero el kanato perdió su independencia y quedó bajo la tutela del zar, igual que había ocurrido con el vecino emirato de Bujará. Aquella conquista fue uno de los episodios decisivos del Gran Juego y consolidó el dominio ruso sobre toda Asia Central.
Bajo la tutela rusa, y ya en las primeras décadas del siglo XX, Jiva conoció incluso ciertos intentos de modernización, impulsados por visires reformistas como Islam Khodja, que promovió escuelas, un hospital, el telégrafo y el correo, y que dejó su nombre en el minarete más alto de la ciudad. Pero esas reformas chocaron con la resistencia de los sectores más conservadores —Islam Khodja fue asesinado— y el viejo orden del kanato, aislado y anclado en el pasado, tenía los días contados. La revolución que sacudía Rusia estaba a punto de llegar también al oasis.
Tras la revolución rusa de 1917 y la guerra civil que la siguió, el poder bolchevique se extendió por Asia Central. En 1920, el kanato de Jiva fue abolido y sustituido por una efímera República Popular Soviética de Corasmia, que pocos años después quedó integrada, como el resto de la región, en la Unión Soviética. Con la reorganización de Asia Central en repúblicas según criterios étnicos, en 1924, el territorio de Jiva pasó a formar parte de la nueva República Socialista Soviética de Uzbekistán. Terminaban así siglos de kanes y de un mundo que apenas había cambiado en generaciones.
La época soviética transformó por completo la vida de la región: colectivización de la tierra, campañas contra la religión, alfabetización, industrialización y el impulso desmedido del cultivo del algodón, que a la larga tendría consecuencias ecológicas catastróficas para toda Asia Central, con la desecación del mar de Aral. Al mismo tiempo, sin embargo, las autoridades soviéticas tomaron una decisión que resultó clave para el futuro turístico de Jiva: declarar Itchan Kala, la ciudad interior amurallada, un conjunto histórico protegido y convertirlo, de hecho, en una ciudad-museo.
A partir de los años sesenta y setenta se llevaron a cabo grandes campañas de restauración y consolidación de los monumentos, se reubicó a parte de la población de dentro de las murallas y se musealizó el conjunto. Gracias a ese esfuerzo —y a que Jiva, apartada y no bombardeada, había conservado su casco antiguo mejor que casi ninguna otra ciudad—, Itchan Kala llegó a nuestros días como el ejemplo más completo e intacto de una ciudad amurallada tradicional de Asia Central. En 1990 fue el primer sitio de Uzbekistán inscrito por la Unesco en la lista del Patrimonio de la Humanidad.
Con la independencia de Uzbekistán en 1991, Jiva se consolidó como uno de los grandes destinos turísticos del país, el tercer vértice del triángulo de oro de la Ruta de la Seda junto con Samarcanda y Bujará. Su ventaja es también su singularidad: mientras las otras dos son grandes ciudades vivas con sus monumentos repartidos, Jiva ofrece algo distinto y muy potente, la experiencia de entrar en una ciudad amurallada entera y concentrada, un recinto cerrado donde cada callejón desemboca en un minarete o una madraza y donde es fácil sentir que se ha retrocedido varios siglos.
Esa perfección tiene, para algunos, una contrapartida: hay quien reprocha a Jiva un cierto aire de museo demasiado pulido, casi de parque temático, con buena parte de la población original desplazada fuera de las murallas y muchos edificios convertidos en tiendas de recuerdos, hoteles o restaurantes. Es la tensión habitual de los grandes sitios patrimoniales entre conservar la piedra y conservar la vida. Aun así, quien se queda a dormir dentro descubre que, al caer la tarde, cuando se van los excursionistas, Itchan Kala recupera un silencio y una atmósfera que no tienen precio.
Hoy Jiva sigue siendo también base para explorar la región de Corasmia y sus asombrosas fortalezas del desierto (Ayaz Kala, Toprak Kala), testigos de aquella antiquísima civilización del oasis. Pero su gran tesoro es ella misma: subir al atardecer a lo alto de la ciudadela o del minarete de Islam Khodja y contemplar, bajo la luz dorada, el mar de cúpulas turquesa y torres de adobe rodeado por el desierto infinito es una de las imágenes más inolvidables que puede regalar Asia Central. Jiva es, más que ningún otro lugar de Uzbekistán, un viaje en el tiempo hecho ciudad.