El valle de Fergana tiene un lugar de honor en la historia de la Ruta de la Seda, y todo empezó, curiosamente, por unos caballos. En la Antigüedad, este valle fértil y aislado entre montañas era el reino de Dayuan, una tierra que los chinos conocieron hacia el siglo II a.C. gracias al viaje del explorador Zhang Qian, enviado por el emperador Han hacia el oeste. Zhang Qian regresó con noticias asombrosas de tierras y pueblos desconocidos, y con una en particular que fascinó a la corte china: en Fergana criaban unos caballos extraordinarios, altos, veloces y resistentes, que sudaban una sustancia rojiza y que los chinos llamaron 'caballos celestiales' o 'caballos que sudan sangre'.
Aquellos caballos, muy superiores a los ponis de las estepas, se volvieron un objeto de deseo estratégico para el imperio Han, que los necesitaba para su caballería frente a los pueblos nómadas. El emperador envió emisarios para conseguirlos y, ante las negativas del reino de Fergana, llegó incluso a mandar ejércitos en larguísimas y costosas campañas militares a través de miles de kilómetros para hacerse con ellos, hacia el año 100 a.C. Ese interés por los caballos de Fergana impulsó los contactos entre China y Asia Central y contribuyó a abrir las rutas comerciales que, siglos después, conoceríamos como la Ruta de la Seda.
Así, este valle apartado fue, de una manera muy concreta, una de las cunas de aquel gran sistema de intercambios entre Oriente y Occidente. Por su fertilidad excepcional —regada por los ríos que bajan de las montañas— y por su posición como puerta entre las tierras chinas del este y las de Asia Central y Persia al oeste, el valle de Fergana fue desde muy pronto una encrucijada de pueblos, mercancías y culturas, y mantuvo esa condición a lo largo de toda su historia.
Tras la conquista árabe de Asia Central en el siglo VIII, el valle de Fergana se islamizó y se integró en el mundo cultural del islam, sin perder nunca su carácter de región fértil, poblada y algo apartada. Durante la Edad Media pasó por las manos de las mismas dinastías que dominaron el resto de la región —samánidas, karajánidas, corasmios— y sufrió, como todo el territorio, la irrupción mongola de Gengis Kan en el siglo XIII. Después formó parte del imperio de Timur y de sus sucesores, los timúridas.
El valle de Fergana dio al mundo una figura histórica de primer orden: Babur, nacido en 1483 en Andiján, en el propio valle. Descendiente de Timur por parte de padre y de Gengis Kan por parte de madre, Babur heredó de joven un pequeño principado en Fergana, y desde ahí, tras una vida de guerras, pérdidas y aventuras narradas por él mismo en su célebre libro de memorias, el Baburnama, acabó conquistando el norte de la India y fundando el imperio mogol, una de las grandes dinastías de la historia de la India, que construiría maravillas como el Taj Mahal. Que el fundador del imperio mogol naciera en este valle da idea de su peso histórico.
Durante los siglos siguientes, el valle de Fergana siguió siendo una región próspera y disputada, con sus ciudades, sus bazares y sus oficios artesanales floreciendo al amparo de una agricultura rica. Su relativo aislamiento entre montañas le dio siempre una identidad fuerte y algo distinta del resto del país, más tradicional y religiosa, un rasgo que se ha mantenido hasta hoy. A comienzos del siglo XVIII, esa identidad cristalizó en un nuevo estado propio: el kanato de Kokand.
A comienzos del siglo XVIII surgió en el valle de Fergana el kanato de Kokand, con capital en la ciudad de ese nombre. A lo largo del siglo, y sobre todo en la primera mitad del XIX, Kokand se convirtió en uno de los tres grandes estados que se repartían Asia Central, junto con el emirato de Bujará y el kanato de Jiva, y llegó a dominar un vasto territorio que incluía Tashkent y buena parte del actual Kirguistán y del sur de Kazajistán. Fue una época de esplendor: la corte de Kokand fue un centro de poesía, música y arquitectura, y la ciudad se llenó de mezquitas, madrazas y palacios.
El monumento que mejor simboliza aquel apogeo es el Palacio de Khudayar Khan, construido en la década de 1870 por el último kan importante del estado, con su imponente fachada de azulejos de más de cien metros: un canto final al lujo de la corte justo cuando el kanato tenía los días contados. Porque, como sus vecinos Bujará y Jiva, Kokand se vio arrastrado por el avance del imperio ruso sobre Asia Central en el marco del Gran Juego, la pugna entre Rusia y Gran Bretaña por la región.
El final fue más brutal que el de sus vecinos. Tras años de tensiones, guerras y una gran revuelta, el imperio ruso decidió no mantener a Kokand como protectorado vasallo —como hizo con Bujará y Jiva— sino abolirlo por completo. En 1876, tras aplastar la resistencia, Rusia disolvió el kanato de Kokand y lo anexionó directamente, incorporándolo al Turquestán ruso. El valle de Fergana perdía así su independencia y pasaba a ser administrado directamente desde el poder colonial ruso, que fundó una nueva ciudad, Fergana, como centro administrativo de la provincia.
La ciudad de Fergana es, a diferencia de las milenarias urbes del valle, una creación relativamente reciente: fue fundada por los rusos en 1876, tras la conquista, como centro administrativo y militar de la nueva provincia, con el nombre de Skobelev (por un general ruso) y, antes, Novy Margelan ('nueva Margilán'). De ahí su aspecto de ciudad colonial, con avenidas anchas, trazado ordenado y parques, tan distinto de los cascos antiguos laberínticos del resto del país. Más tarde tomaría el nombre de la región, Fergana.
Bajo el dominio ruso y, después, soviético, el valle de Fergana se transformó en una gran zona de producción agrícola intensiva, en especial de algodón, el 'oro blanco' que la Unión Soviética explotó de forma masiva en Asia Central, con enormes consecuencias sociales y ambientales (uso extremo del agua, monocultivo, trabajo forzado en las cosechas). El valle, con su fertilidad y su densa población, fue uno de los pilares de esa economía del algodón. Al mismo tiempo, la seda y las artesanías tradicionales se mantuvieron y en parte se industrializaron.
El valle de Fergana conservó siempre una identidad fuerte, muy tradicional y religiosa, que lo diferenciaba del resto de la república soviética de Uzbekistán. Esa densidad de población y esa personalidad marcada, unidas a las fronteras artificiales trazadas por los soviéticos —que dividieron el valle entre Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán de forma enrevesada, con enclaves y límites caprichosos—, harían del valle, ya tras la independencia, una de las zonas más complejas y a veces tensas de Asia Central, con episodios de conflicto interétnico. Pero también lo mantuvieron como el gran depósito de las tradiciones artesanales y culturales del país.
Tras la independencia de Uzbekistán en 1991, el valle de Fergana siguió siendo la región más poblada y una de las más importantes del país, y también una de las más sensibles, por su densidad, su identidad tradicional y las complicadas fronteras que lo dividen entre tres estados. Durante años fue una zona algo cerrada y menos visitada por el turismo, en parte por esa complejidad. Pero en las últimas décadas, con la apertura del país, se ha ido incorporando poco a poco a las rutas de viaje, ofreciendo una cara de Uzbekistán muy distinta de la del circuito monumental clásico.
Hoy el gran atractivo del valle es precisamente ser el corazón artesanal vivo de Uzbekistán. En pocas regiones del mundo se conservan tan bien y tan concentrados los grandes oficios tradicionales: la seda ikat de Margilán, tejida a mano con técnicas de siglos; la cerámica esmaltada azul y verde de Rishtan, célebre en toda Asia Central; los cuchillos y gorros bordados de Chust; la talla de madera, el bordado suzani y muchos más. Visitar los talleres, ver trabajar a los maestros y comprar directamente a los artesanos es una experiencia que engancha a muchos viajeros y una forma de ayudar a que estos oficios sobrevivan.
A todo ello se suma la riqueza agrícola del valle —su fruta legendaria, sus bazares desbordantes— y su ambiente genuino, más rural y tradicional que el de las ciudades turísticas. Fergana, la tranquila capital provincial, es la base cómoda desde la que descubrir todo esto: la seda, la cerámica, el palacio de los kanes de Kokand, los mercados y la vida cotidiana de la región más densa de Asia Central. No es el Uzbekistán de las postales de cúpulas azules, pero es, quizá, el más auténtico y el que mejor muestra las manos que, durante siglos, hicieron la riqueza material de la Ruta de la Seda.