Casi todos los grandes lagos del mundo tienen miles o millones de años. Aydarkul, en cambio, es más joven que muchas de las personas que lo visitan. Este inmenso espejo de agua azul que hoy brilla en pleno desierto de Kyzylkum, en el centro de Uzbekistán, no existía hace apenas seis décadas: donde ahora hay olas, aves y orillas de arena, no había más que una hondonada seca y polvorienta en medio de la nada. Aydarkul es, literalmente, un lago que no debería estar ahí, y su historia es una de las más curiosas y aleccionadoras de la geografía de Asia Central.
Su nacimiento es hijo directo de la acción humana, y en concreto de la ambiciosa —y a menudo temeraria— política de aguas de la Unión Soviética, la misma que en otro rincón de Uzbekistán secó por completo el mar de Aral. Pero mientras el Aral fue una tragedia, la aparición de Aydarkul fue, paradójicamente, un accidente afortunado: aquí el agua que el hombre movió de un lado a otro creó vida donde no la había. Conocer cómo surgió este lago es entender una de las grandes cicatrices —y una de las pocas sorpresas amables— que la ingeniería soviética dejó en el paisaje de la región.
Para entender Aydarkul hay que empezar por el desierto que lo rodea: el Kyzylkum, cuyo nombre significa 'arena roja' en las lenguas túrquicas. Es uno de los mayores desiertos de Asia Central, un vasto territorio de dunas, estepas y mesetas que se extiende entre los dos grandes ríos de la región, el Amu Daria y el Syr Daria, y que ocupa buena parte de Uzbekistán y países vecinos. No es un desierto de arena continua como el Sáhara, sino un mosaico de dunas, llanuras cubiertas de arbustos, colinas aisladas y pastos ralos.
Durante milenios, el Kyzylkum fue el dominio de los pueblos nómadas: pastores que recorrían sus vastas extensiones con rebaños de ovejas, cabras, caballos y camellos, viviendo en yurtas —las tiendas redondas de fieltro que hoy los viajeros conocen en los campamentos turísticos— y desplazándose según las estaciones y los pastos. Kazajos, uzbekos y otros pueblos túrquicos habitaron y cruzaron estas tierras, y sus caravanas participaron en el comercio de la Ruta de la Seda, que bordeaba el desierto uniendo los grandes oasis de Samarcanda, Bujará y Jiva.
Ese mundo nómada, con su cultura de la hospitalidad, sus yurtas, su música de dombra y su relación íntima con el camello y el caballo, es el que hoy se evoca —adaptado y suavizado para el visitante— en los campamentos de Aydarkul. La zona del lago, en el límite entre el desierto y las tierras más habitadas, fue siempre territorio de pastores, y todavía se ven rebaños y campamentos de ganaderos por los alrededores.
La historia moderna de Aydarkul empieza con las grandes obras hidráulicas soviéticas. A mediados del siglo XX, en su afán por dominar el agua de Asia Central para la agricultura —sobre todo el algodón— y para la producción de energía, la Unión Soviética construyó una red de embalses y canales sobre los ríos de la región. Uno de esos embalses fue el de Chardara (Chardarya), levantado sobre el río Syr Daria, en la frontera entre los actuales Uzbekistán y Kazajistán, y terminado a comienzos de los años sesenta.
El embalse tenía una capacidad limitada, y para protegerlo de las crecidas se había previsto una válvula de seguridad: en caso de exceso de agua, esta podía desviarse hacia la depresión de Arnasay, una hondonada seca situada al sur, en el desierto. Ese mecanismo de emergencia se activó de forma dramática en el invierno y la primavera de 1969, cuando unas precipitaciones y deshielos excepcionales llenaron el embalse de Chardara por encima de su capacidad. Para evitar que la presa se rompiera, se liberaron cantidades colosales de agua hacia la depresión de Arnasay durante meses.
Aquel torrente de agua, que en circunstancias normales habría seguido su curso hacia el mar de Aral, se acumuló en la hondonada del desierto y no volvió a marcharse. Así, casi de un año para otro, nació un lago enorme donde antes solo había arena y sal: el lago Aydarkul, parte del sistema de lagos de Arnasay. En las décadas siguientes, con nuevas aportaciones de agua de los excedentes del Syr Daria y del riego, el lago se estabilizó y creció hasta convertirse en una de las mayores masas de agua de Uzbekistán, con cientos de kilómetros de largo.
Lo más asombroso de Aydarkul es lo rápido que un accidente hidráulico se transformó en un ecosistema pleno. En pocos años, el nuevo lago fue colonizado por la vida. Se introdujeron y prosperaron distintas especies de peces —carpas, lucios, percas y otras—, y sobre esa base se desarrolló una pequeña industria pesquera local: hoy Aydarkul aporta una parte apreciable de la pesca de agua dulce de Uzbekistán, y en sus orillas hay pescadores y pequeñas comunidades que viven del lago.
El agua también atrajo a las aves. Las orillas, los humedales y los cañaverales de Aydarkul se convirtieron en refugio y lugar de paso para numerosas especies acuáticas y migratorias: patos, gansos, gaviotas, garzas, y en temporada, aves más vistosas. El lago es hoy un punto apreciado para la observación de aves, un oasis de biodiversidad en medio de la aridez del Kyzylkum, y forma parte de zonas de interés para la conservación.
Este florecimiento contrasta de forma casi cruel con lo ocurrido en el mar de Aral, al noroeste. Allí, el desvío del agua de los ríos para el algodón secó un mar entero y arruinó la vida de cientos de miles de personas; aquí, un desbordamiento de esa misma agua creó un lago rebosante de vida. Las dos caras de la moneda de la ingeniería hidráulica soviética están, así, a pocos cientos de kilómetros la una de la otra: la destrucción de un mar y el nacimiento accidental de otro.
Con la independencia de Uzbekistán en 1991 y el desarrollo del turismo en las décadas siguientes, Aydarkul y su entorno encontraron una vocación nueva que se apoya, curiosamente, en lo más antiguo de la región: la vida nómada del desierto. En las orillas del lago y en el desierto cercano, cerca de Nurata y de pueblos como Dongelek y Yangikazgan, surgieron campamentos de yurtas pensados para el viajero, que recrean —cómodamente— la experiencia de los pastores del Kyzylkum: dormir en la tienda de fieltro, pasear en camello por las dunas, cenar junto al fuego, escuchar la música de la dombra y contemplar el cielo estrellado.
Esta oferta convirtió a Aydarkul en una parada casi obligada de los circuitos por Uzbekistán, especialmente como pausa en la naturaleza entre las ciudades monumentales de la Ruta de la Seda: Samarcanda, Bujará, Jiva. Frente a los mosaicos azules y las madrazas, el desierto y el lago ofrecen silencio, arena, agua y noches inmensas, otra cara del país. Muchos viajeros combinan la noche en las yurtas con la visita al pueblo sagrado de Nurata y con caminatas por las verdes montañas de Nuratau, en una escapada natural de dos o tres días.
El lago no está exento de retos: su nivel y su salinidad dependen de la gestión del agua del Syr Daria, un recurso escaso y disputado en toda Asia Central, por lo que su futuro está ligado a decisiones que se toman aguas arriba, en varios países. Pero, por ahora, Aydarkul sigue siendo ese improbable milagro azul en medio del Kyzylkum: un lago nacido por accidente hace medio siglo que hoy regala a quien lo visita una de las experiencias más serenas y memorables de Uzbekistán, bajo uno de los cielos estrellados más limpios que se puedan ver.