El paisaje del Parque Nacional Reina Isabel es hijo de una de las grandes fuerzas geológicas del planeta: el Gran Valle del Rift, cuya rama occidental (el Rift Albertino) atraviesa esta parte de Uganda separando lentamente el continente africano. Esa fractura de la corteza terrestre creó las depresiones donde hoy se asientan los lagos Eduardo y George, levantó las montañas Rwenzori que dominan el horizonte y sembró la región de decenas de cráteres volcánicos, testigos de erupciones explosivas ocurridas hace miles de años.
Los lagos Eduardo y George, unidos por el canal natural de Kazinga, son el eje del parque. El George es un lago somero y cálido, alimentado por los ríos que bajan de las Rwenzori, mientras que el Eduardo, mayor y más profundo, se comparte con la vecina República Democrática del Congo. Entre ambos, el canal de Kazinga —un brazo de agua de unos 32 km— actúa como una gigantesca aguada natural que concentra a la fauna y explica la extraordinaria riqueza biológica de la zona.
A esta variedad de agua se suma la de relieve: sabanas onduladas, humedales, campos de cráteres con lagos redondos, bosques tropicales como el de Maramagambo y el escarpe de Kichwamba, que cae hacia la llanura. El parque se extiende además justo sobre la línea del Ecuador, un dato que se celebra con un monumento en la carretera. Esa diversidad de ambientes, en un espacio relativamente reducido, es la base de que Reina Isabel sea el parque más biodiverso de Uganda.
Mucho antes de que existiera el parque, esta tierra de lagos estaba habitada por comunidades que vivían de sus recursos. En las orillas de los lagos Eduardo y George y del canal de Kazinga florecieron aldeas de pescadores, que aún hoy sobreviven como enclaves dentro del parque —los llamados 'fishing villages', como Katunguru o Kasenyi—, donde la vida gira en torno a las canoas y a la pesca de la tilapia y el pez pulmonado.
En el lago salado de Katwe, uno de los cráteres volcánicos de la región, se desarrolló desde hace siglos una actividad singular: la extracción de sal. Las comunidades locales aprendieron a aprovechar las aguas hípersalinas del lago dividiéndolo en estanques de evaporación y raspando la costra de sal, un oficio durísimo que se transmite de generación en generación y que convirtió a Katwe en un importante centro de comercio de sal en la región de los Grandes Lagos, mucho antes de la llegada de los europeos.
Alrededor de las llanuras pastaban también los ganados de pueblos pastores, y la zona formaba parte de los antiguos reinos del oeste de Uganda, como el de Toro y el de Ankole. Esta presencia humana profunda explica por qué el parque, a diferencia de otros, conserva en su interior aldeas habitadas: cuando se protegió el territorio, no se expulsó a todas las comunidades, y hoy pescadores, salineros y guías conviven con la fauna en un delicado equilibrio.
La protección formal de esta zona comenzó a mediados del siglo XX, en los últimos tiempos del dominio colonial británico. En 1952 se creó el parque nacional con el nombre de Kazinga National Park, en honor al canal que es su columna vertebral. El objetivo era proteger la extraordinaria concentración de fauna de la región —elefantes, hipopótamos, búfalos, leones— y ordenar el uso de un territorio donde convivían la vida salvaje y las comunidades humanas.
El nombre actual llegó dos años después. En 1954, la reina Isabel II del Reino Unido, recién coronada, realizó una visita a Uganda, entonces protectorado británico, y en su honor el parque pasó a llamarse Queen Elizabeth National Park, Parque Nacional Reina Isabel. El nombre sobrevivió a la independencia de Uganda en 1962 (con un breve paréntesis en los años setenta, cuando el régimen de Idi Amin lo rebautizó Rwenzori National Park) y se mantiene hasta hoy como una de las marcas turísticas más reconocibles del país.
En sus primeras décadas, el parque fue un destino de safari floreciente y un importante centro de investigación ecológica: sus poblaciones de elefantes y de hipopótamos, y la dinámica de sus sabanas y lagos, fueron estudiadas por científicos de todo el mundo. La península de Mweya, con su lodge y su estación de investigación, se convirtió en el corazón del parque.
Como el resto de Uganda, el Parque Reina Isabel sufrió duramente durante los años de dictadura, guerra e inestabilidad de las décadas de 1970 y 1980. El régimen de Idi Amin (1971-1979) y las guerras que le siguieron sumieron al país en el caos, y las áreas protegidas quedaron a merced de la caza furtiva descontrolada. Soldados, cazadores y traficantes diezmaron la fauna: las poblaciones de elefantes se desplomaron por el marfil, y muchas otras especies estuvieron a punto de desaparecer del parque.
El elefante fue quizás el caso más dramático: de varios miles de ejemplares, la población cayó a apenas unos cientos en los peores años. Los hipopótamos, los búfalos y los antílopes también sufrieron enormemente. La infraestructura turística se arruinó, y durante un tiempo el parque, otrora orgullo de Uganda, quedó prácticamente abandonado y vaciado de vida.
Con el retorno de la estabilidad a partir de finales de los años ochenta, bajo el nuevo gobierno, comenzó una lenta pero notable recuperación. La creación de la Uganda Wildlife Authority, la mejora de la vigilancia contra la caza furtiva y el resurgir del turismo permitieron que las poblaciones de fauna se reconstituyeran poco a poco. Los elefantes volvieron a multiplicarse, los leones y los hipopótamos prosperaron, y Reina Isabel recuperó su lugar como el parque más visitado y biodiverso del país, un símbolo de la resiliencia de la naturaleza ugandesa.
El Parque Reina Isabel de hoy es la estrella de los safaris de Uganda y una de las áreas protegidas más completas de África oriental. Gestionado por la Uganda Wildlife Authority, combina en un solo destino el safari de sabana con leones y elefantes, el crucero por el canal de Kazinga —una de las mejores experiencias acuáticas de vida salvaje del continente—, el trekking de chimpancés en la garganta de Kyambura, la observación de aves de nivel mundial (más de 600 especies) y paisajes que van de la sabana a los cráteres volcánicos y los bosques tropicales.
El parque es célebre por sus rarezas: los leones trepadores de higueras de Ishasha, que solo se ven en un par de lugares de África; los chimpancés que habitan un cañón hundido en plena sabana; y las comunidades de pescadores y salineros que viven dentro de sus límites, integrando la dimensión humana en la experiencia. Todo ello a caballo del Ecuador y con las nevadas Rwenzori de fondo.
Por su posición estratégica, entre los chimpancés de Kibale al norte y los gorilas de Bwindi al sur, Reina Isabel es la pieza central del gran circuito del oeste ugandés que recorren los viajeros de todo el mundo. Su historia —de tierra de pescadores y salineros a parque colonial, del casi colapso por la guerra a la recuperación— resume la de la conservación en Uganda: un país que estuvo a punto de perder su fauna y que, contra todo pronóstico, logró recuperarla y convertirla en una de sus grandes riquezas.