La historia de Mgahinga empieza mucho antes que la humana, en las profundidades de la tierra. El parque ocupa la ladera ugandesa de tres de los ocho volcanes que forman la cadena de los Virunga (o Birunga), una alineación de conos que se levanta en el corazón del Rift Albertino, la rama occidental del Gran Valle del Rift africano. Estos volcanes nacieron de la actividad tectónica que, a lo largo de millones de años, ha ido separando lentamente el continente africano y ha dado origen a algunos de los paisajes más espectaculares de África oriental.
Los tres conos de Mgahinga —Muhavura (4.127 m), Sabyinyo (3.669 m) y Gahinga (3.474 m)— están hoy extintos o inactivos, pero su forma delata su origen ígneo: el Muhavura conserva un pequeño lago en su cráter, el Gahinga alberga un pantano en la cima y el Sabyinyo, mucho más erosionado y antiguo, muestra una silueta dentada que le valió su nombre, 'diente del viejo'. La lava que un día brotó de ellos creó también las cuevas subterráneas de la zona, como la de Garama, y unos suelos volcánicos fértiles que explican la densa población campesina de las laderas.
Sobre esas laderas creció con el tiempo un mosaico de ecosistemas escalonados por la altura: selva de montaña, densos bosques de bambú, brezales gigantes y praderas de altura salpicadas de lobelias y senecios, esas plantas afroalpinas de formas extrañas que parecen de otro planeta. Ese abanico de hábitats, único y frágil, es el que sostiene a los gorilas de montaña, a los monos dorados y a decenas de especies que no viven en ningún otro lugar del mundo.
Durante milenios, mucho antes de que existieran fronteras o parques nacionales, estos bosques de montaña fueron el hogar de los batwa, un pueblo de cazadores-recolectores a veces llamado 'pigmeos'. Considerados por muchos los habitantes originarios de la región de los Grandes Lagos, los batwa vivían en profunda armonía con la selva: cazaban con arco y flecha, recolectaban miel, frutos y plantas medicinales, y se guarecían en refugios temporales y en cuevas de lava como la de Garama. El bosque no era para ellos un recurso a explotar, sino su casa, su despensa y su templo.
Con la llegada de otros pueblos agricultores y ganaderos —bantúes como los bafumbira— a lo largo de los últimos siglos, los batwa fueron quedando cada vez más arrinconados en las alturas boscosas. Aun así, mantuvieron su cultura y su vínculo con la selva hasta bien entrado el siglo XX. La cueva de Garama, una larga galería subterránea excavada por la lava, fue durante generaciones un lugar de reunión, refugio y ceremonia para ellos, y desde ella, según la tradición, lanzaban incursiones para defender su territorio.
La historia de los batwa es también la de una de las grandes injusticias ligadas a la conservación. Cuando el bosque se transformó en área protegida, fueron expulsados de sus tierras ancestrales sin compensación ni alternativa, y pasaron a ser uno de los pueblos más pobres y marginados de la región, sin tierra propia ni acceso al bosque que les daba sentido. El actual Sendero de los Batwa, guiado por ellos mismos, es un intento de reparar en parte ese daño: preservar su memoria y generar ingresos para la comunidad mostrando al visitante cómo era la vida en la selva.
La protección oficial de estas montañas comenzó en la época colonial británica. En 1930, las autoridades del Protectorado de Uganda declararon la zona como un santuario de gorilas, con la intención de proteger a los gorilas de montaña de la caza y del avance de los cultivos en las fértiles laderas volcánicas. Era una de las primeras medidas de conservación de la región, en un momento en que la ciencia apenas empezaba a comprender a estos grandes simios y su rareza.
Durante décadas, sin embargo, la presión sobre el bosque fue enorme. La región de Kisoro es una de las más densamente pobladas de Uganda, y el hambre de tierra empujaba constantemente los cultivos ladera arriba, reduciendo el hábitat de los gorilas. La caza furtiva, las trampas para otros animales y la inestabilidad política de la región de los Grandes Lagos —con guerras y refugiados cruzando las fronteras de Uganda, Ruanda y el Congo— amenazaron una y otra vez la supervivencia de la fauna.
Finalmente, en 1991, el antiguo santuario fue elevado a la categoría de Parque Nacional de los Gorilas de Mgahinga, el mismo año en que se creó el vecino Parque Nacional Impenetrable de Bwindi. Con apenas 33,7 km², se convirtió en el parque nacional más pequeño de Uganda, pero en una pieza estratégica: la porción ugandesa de un ecosistema de volcanes que debía protegerse en conjunto con los países vecinos. Fue también en ese proceso cuando los batwa fueron desalojados definitivamente del bosque, un costo humano que todavía marca la historia del parque.
El gorila de montaña (Gorilla beringei beringei) estuvo al borde de la extinción durante buena parte del siglo XX. Descrito por la ciencia occidental recién en 1902, sufrió la caza, la captura de crías para zoológicos y coleccionistas, la pérdida de hábitat y, sobre todo, la trampa mortal de la inestabilidad política en los tres países que comparten los Virunga. En los años setenta y ochenta, cuando la investigadora estadounidense Dian Fossey estudiaba y defendía a los gorilas en el lado ruandés de la cadena, la población total había caído a unos pocos cientos de ejemplares.
La salvación llegó de una idea sencilla y poderosa: el gorila valía mucho más vivo que muerto. El turismo de observación de gorilas, cuidadosamente regulado, permitió financiar su protección y dar a las comunidades locales una razón económica para conservarlos en lugar de invadir su bosque. Como los gorilas cruzan libremente las fronteras invisibles entre Uganda, Ruanda y el Congo, quedó claro que ningún país podía salvarlos solo. Así nació la cooperación transfronteriza que hoy articula el Área de Conservación de los Virunga y programas como el International Gorilla Conservation Programme.
Esa cooperación dio frutos históricos: el gorila de montaña es una de las poquísimas especies de grandes simios cuya población ha crecido, pasando de unos pocos cientos a más de mil ejemplares en el conjunto de los Virunga y Bwindi. En Mgahinga, la familia Nyakagezi encarna esa historia: un grupo que durante años deambuló entre los tres países y que hoy permite a los visitantes ser testigos, cara a cara, de uno de los mayores éxitos de la conservación africana.
El Mgahinga de hoy es un parque pequeño pero de enorme valor, gestionado por la Uganda Wildlife Authority como parte del gran corredor de conservación del sudoeste ugandés, junto con Bwindi y los lagos de la región. Su reto sigue siendo el mismo desde su creación: proteger un ecosistema frágil y una fauna irremplazable en una de las zonas rurales más densamente pobladas de África, donde el bosque limita casi directamente con los campos de papas, sorgo y arvejas de las laderas.
El equilibrio se busca a través del turismo responsable y del reparto de sus beneficios. El trekking de gorilas y el rastreo de monos dorados generan ingresos que financian la conservación, y una parte se destina a proyectos comunitarios —escuelas, salud, agua— en los pueblos vecinos, para que la población local vea en el parque un aliado y no un enemigo. Iniciativas como el Sendero de los Batwa, los porteadores locales y la venta de artesanía buscan que el dinero del visitante llegue de forma directa a la gente de Kisoro.
Para el viajero, Mgahinga ofrece una versión más serena y menos masificada de las grandes experiencias del sudoeste de Uganda: los mismos gorilas de montaña de Bwindi, pero con muchos menos turistas; el añadido casi único de los monos dorados; y el privilegio de escalar volcanes en cuyas cimas confluyen tres naciones. Es, en pocos kilómetros cuadrados, un resumen perfecto de lo que hace especial a esta esquina de África: naturaleza al límite, historia humana profunda y una lucha ejemplar por salvar a una de las criaturas más extraordinarias del planeta.