El valle donde se esconde Safranbolu lleva habitado desde muy antiguo. Por esta parte del norte de Anatolia, entre la meseta y las montañas del mar Negro, pasaron hititas, frigios, lidios y, en la Antigüedad clásica, griegos, romanos y bizantinos. En época romana y bizantina existía por aquí un asentamiento; la región formaba parte de Paflagonia, una tierra montañosa y algo apartada. Pero la ciudad que hoy admiramos, con su inconfundible aire otomano, es fruto de una época mucho más tardía y de una geografía muy concreta: su ubicación en una ruta de caravanas.
Safranbolu se encontraba en el camino que unía el interior de Anatolia con el puerto de Sinop, en la costa del mar Negro, y con las rutas comerciales que cruzaban la región. Ese paso de mercaderes y mercancías fue la clave de su prosperidad. La ciudad se convirtió en un centro de comercio y de artesanía, con gremios de curtidores, herreros, zapateros, talabarteros y artesanos del cobre, y en una parada donde las caravanas descansaban en grandes posadas fortificadas (los han o caravasares), como el Cinci Han que todavía se conserva.
Y estaba el azafrán. En los campos de los alrededores se cultivaba —y todavía se cultiva— el azafrán (safran en turco), la especia más cara del mundo, obtenida de los delicados estigmas de una flor que se cosecha a mano en un breve período de otoño. Ese cultivo valioso dio nombre a la ciudad, Safranbolu ('la ciudad del azafrán'), y contribuyó a su riqueza. Comercio, artesanía y azafrán: de esos tres pilares nació la Safranbolu que floreció en época otomana.
Fue bajo el Imperio otomano, sobre todo entre los siglos XVII y XIX, cuando Safranbolu alcanzó su mayor esplendor y adquirió la fisonomía que hoy la hace única. La prosperidad del comercio y la artesanía permitió a las familias acomodadas de la ciudad construir las magníficas casas de madera (konak) que forman su casco histórico: mansiones de dos o tres plantas, con estructura de madera rellena de adobe, miradores volados sobre las calles, grandes aleros, patios interiores, techos de madera tallada, armarios empotrados y hasta fuentes en los salones. Es uno de los mejores ejemplos conservados de arquitectura doméstica otomana.
La ciudad se organizaba en barrios con funciones distintas. En el fondo del valle estaba el Çarşı, el barrio del bazar, con los talleres, los mercados gremiales, los caravasares, los baños turcos y las mezquitas: el centro comercial y de trabajo, habitado sobre todo por musulmanes, donde estaban las casas de invierno. En las colinas, en el barrio de Bağlar ('los viñedos'), estaban las casas de verano, más aireadas, con jardines. Y en la zona alta de Kıranköy vivía una importante comunidad de cristianos ortodoxos de habla griega, que convivía con la mayoría musulmana y tenía sus propias iglesias.
Safranbolu fue, además, cuna de personajes ilustres del Imperio: dio varios grandes visires (jefes de gobierno del sultán), como İzzet Mehmet Paşa y miembros de la célebre familia Köprülü, que financiaron mezquitas y obras en su ciudad natal. Ese peso político y económico se reflejó en la calidad de sus monumentos. La ciudad vivió siglos de vida próspera y estable, con su ritmo marcado por las caravanas, los gremios, el azafrán y las estaciones, sin sospechar que un día su mayor tesoro sería, justamente, haber quedado detenida en el tiempo.
Como en muchas ciudades otomanas de Anatolia, en Safranbolu convivieron durante siglos comunidades de distintas religiones. Junto a la mayoría musulmana turca, en el barrio alto de Kıranköy vivía una próspera comunidad de cristianos ortodoxos de habla griega, dedicados también al comercio y la artesanía. Tenían sus iglesias, sus escuelas y su vida comunitaria, y participaban de la economía de la ciudad. Esa mezcla de credos y culturas era parte del carácter de la Safranbolu otomana, un mundo plural característico del imperio.
Ese mundo llegó a su fin en el primer cuarto del siglo XX. Tras la caída del Imperio otomano, la Primera Guerra Mundial y la guerra greco-turca (1919-1922), Grecia y Turquía firmaron el Tratado de Lausana (1923), que incluyó un intercambio obligatorio de poblaciones basado en la religión: los cristianos ortodoxos de Anatolia fueron enviados a Grecia, y musulmanes de Grecia, a Turquía. Los griegos ortodoxos de Safranbolu tuvieron que marcharse, dejando atrás sus casas y sus iglesias en el barrio de Kıranköy. Fue un desarraigo doloroso que puso fin a siglos de convivencia.
Las iglesias de Kıranköy quedaron; algunas se transformaron en mezquitas, otras se conservan como testimonio de aquella comunidad desaparecida. La marcha de los griegos, unida a los cambios económicos que vendrían después, contribuyó a que Safranbolu perdiera parte de su población y su dinamismo, iniciando un declive que, paradójicamente, sería la salvación de su patrimonio: al detenerse el crecimiento y las nuevas construcciones, las viejas casas otomanas no fueron demolidas ni reemplazadas por edificios modernos.
El siglo XX trajo a la región un cambio decisivo, pero que ocurrió al lado, no dentro de Safranbolu. En los años treinta, la joven República de Turquía decidió construir una gran planta siderúrgica —una de las primeras del país— en la vecina localidad de Karabük, a pocos kilómetros. Karabük se convirtió así en una ciudad industrial moderna y creciente, que absorbió el desarrollo, la industria, los empleos y la expansión urbana de la zona. Safranbolu, en cambio, quedó al margen de esa modernización.
Ese fue, sin quererlo, el gran golpe de suerte para su patrimonio. Al no crecer ni industrializarse, Safranbolu no sufrió la ola de demoliciones y construcción de bloques de hormigón que arrasó los cascos históricos de tantas ciudades turcas durante el siglo XX. Sus cientos de casas otomanas de madera siguieron en pie, habitadas o abandonadas, pero intactas en su conjunto. La ciudad se 'congeló' en el tiempo, conservando su trazado, su ambiente y su arquitectura como una cápsula del pasado otomano.
A partir de los años setenta y ochenta, cuando empezó a valorarse el patrimonio histórico, Safranbolu fue reconocida como un tesoro. Se pusieron en marcha planes de protección y restauración de sus casas, y en 1994 la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad como ejemplo excepcional de ciudad otomana, con su arquitectura, su urbanismo y su modo de vida tradicionales conservados. Lo que había sido un declive económico se transformó en su mayor riqueza: un pueblo otomano casi intacto, único en el mundo.
Desde su declaración como Patrimonio de la Humanidad en 1994, Safranbolu ha renacido gracias al turismo, pero de una forma que ha sabido preservar su carácter. Muchas de sus mansiones otomanas han sido restauradas con cuidado y convertidas en hoteles con encanto, restaurantes, casas de té y museos, lo que ha dado nueva vida al casco antiguo sin desnaturalizarlo. El visitante puede hoy dormir en una casa de dos siglos, tomar el té en un patio otomano, darse un baño en un hammam del siglo XVII y pasear por bazares donde todavía trabajan herreros y artesanos.
La ciudad se ha convertido en uno de los destinos favoritos del turismo interno turco y de viajeros de países vecinos y de todo el mundo, sobre todo como escapada de fin de semana desde Ankara o Estambul. Sigue produciendo su famoso azafrán y sus dulces (el lokum de Safranbolu es célebre), y mantiene vivas sus tradiciones artesanales, que ahora también son un atractivo turístico. Los alrededores —la aldea otomana de Yörük Köyü, los cañones y cuevas de la zona— completan la oferta.
El desafío de la Safranbolu actual es equilibrar el éxito turístico con la conservación de su patrimonio y su autenticidad, evitando que se convierta en un decorado vacío. De momento, lo ha logrado bastante bien: es un pueblo habitado, con vecinos y vida propia, no solo un museo. Pasear por sus calles empedradas al atardecer, con las casas de madera doradas por la luz y el olor a pan y a dulces en el aire, es una de las experiencias más entrañables de un viaje a Turquía: un viaje en el tiempo a la vida otomana que, aquí, todavía se puede tocar.