Mardin nació de su geografía. La ciudad se agarra a la ladera de una escarpada colina rocosa que se levanta como un balcón sobre la Alta Mesopotamia, esa llanura fértil regada por el Tigris y el Éufrates que muchos consideran una de las cunas de la civilización. Desde lo alto de su peñón, quien dominara Mardin controlaba las rutas entre Anatolia, Siria y la meseta iraní, y podía ver venir a cualquier enemigo desde kilómetros de distancia. No es casualidad que su nombre proceda del arameo 'Marida', que significa precisamente 'fortaleza'.
La colina estuvo habitada desde tiempos remotísimos, en una región donde la vida urbana tiene miles de años. En la Antigüedad, la zona fue disputada por los grandes imperios de Oriente: asirios, persas aqueménidas, el imperio de Alejandro y sus sucesores, y luego el largo pulso entre Roma —después Bizancio— y los persas partos y sasánidas, que hicieron de esta frontera un escenario de guerras constantes. Muy cerca de Mardin, el emperador bizantino Anastasio levantó a comienzos del siglo VI la ciudad-fortaleza de Dara para frenar a los persas: sus ruinas colosales, con cisternas y necrópolis excavadas en la roca, todavía asombran.
Sobre esa colina fronteriza, entre imperios y religiones, Mardin fue tomando forma como una ciudadela y, a sus pies, como una ciudad de piedra. Pero antes de ser una ciudad de mezquitas y madrazas, Mardin fue, ante todo, un gran centro del cristianismo de Oriente.
Mucho antes de la llegada del islam, la región de Mardin se convirtió en uno de los grandes focos del cristianismo siríaco (o asirio), una de las ramas más antiguas de la fe cristiana, cuyos fieles hablaban y rezaban en arameo, la misma lengua que habló Jesús. Ya en los siglos IV y V, cuando el cristianismo se extendía por el Imperio romano de Oriente, en las colinas y la meseta que rodean Mardin —la región conocida como Tur Abdin, 'la montaña de los siervos de Dios'— se fundaron algunos de los primeros y más importantes monasterios del mundo.
El más célebre es Deyrulzafaran, el 'monasterio de azafrán' (Mor Hananyo en siríaco), fundado hacia el año 493 sobre un santuario aún más antiguo. Durante siglos fue un centro espiritual e intelectual de primer orden, y entre 1160 y 1932 albergó nada menos que la sede del patriarca de la Iglesia ortodoxa siríaca, es decir, la cabeza de toda esa Iglesia. A pocos kilómetros, el monasterio de Mor Gabriel, fundado en el año 397, es uno de los más antiguos del mundo que siguen en funcionamiento. En ellos, generación tras generación, los monjes copiaron manuscritos, formaron obispos y mantuvieron viva una liturgia en arameo que todavía hoy se canta.
Esta herencia hizo de Mardin y del Tur Abdin un paisaje sagrado salpicado de decenas de monasterios e iglesias, y de una comunidad asiria que durante mil quinientos años fue parte esencial de la vida de la región. Esa presencia cristiana, junto a la musulmana que llegaría después, es la clave de la identidad plural y única de Mardin.
En el año 640, poco después del nacimiento del islam, la región cayó en manos de los ejércitos árabes musulmanes, y durante los siglos siguientes pasó de un poder a otro. Pero el gran momento de Mardin, el que le dio su fisonomía monumental, llegó a comienzos del siglo XII con la dinastía turca de los artuquíes (Artuklu). Estos gobernantes turcomanos, surgidos de la disgregación del poder selyúcida, establecieron en Mardin la capital de uno de sus principados y la convirtieron en una ciudad brillante que dominó buena parte del sureste de Anatolia, el norte de Irak y Siria entre los siglos XII y XV.
Bajo los artuquíes, Mardin vivió una auténtica edad de oro. Se levantó o se completó la Gran Mezquita (Ulu Cami), con su característico minarete de piedra tallada que aún corona la ciudad vieja; se construyeron madrazas —las escuelas donde se enseñaba religión, pero también astronomía, filosofía y matemáticas—, mercados, baños y palacios, todo en la misma piedra caliza dorada que da a la ciudad su color inconfundible. Es de esta época y de la de sus sucesores el estilo 'artuklu', con sus portales monumentales, sus cúpulas escalonadas y su finísima labra en piedra.
Las dos madrazas más bellas que hoy admira el viajero cierran ese periodo: la de Zinciriye (o del Sultán Isa), fundada en 1385 por el último sultán artuquí, y la de Kasımiye, empezada en época artuquí y terminada en el siglo XV bajo los Aq Qoyunlu, la confederación turcomana del 'carnero blanco'. Antes, los artuquíes habían tenido que someterse al arrollador Imperio mongol, que asoló la región en el siglo XIII, pero la ciudad sobrevivió y siguió floreciendo.
Tras los artuquíes, los Aq Qoyunlu y un breve dominio de la Persia safávida, Mardin fue incorporada al Imperio otomano en 1516-1517, en tiempos del sultán Selim I, y permaneció bajo su soberanía durante cuatro siglos, hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Fue capital de un distrito (sanjak) y una plaza tranquila y próspera de la frontera sureste, integrada en las rutas comerciales que unían Anatolia con Siria y Mesopotamia.
Lo más característico de la Mardin otomana fue su extraordinaria pluralidad. En sus callejones de piedra convivían musulmanes de lengua árabe, turca y kurda; cristianos siríacos ortodoxos, católicos y de otras confesiones; armenios; y también comunidades judías y de otros grupos. Esa mezcla se reflejaba en los barrios, las iglesias y mezquitas puerta con puerta, los oficios artesanos —cobreros, plateros, talabarteros— y hasta en las varias lenguas que se oían en el bazar. Mardin era un microcosmos de la diversidad de Oriente Próximo, una de esas ciudades donde durante siglos las religiones aprendieron a compartir el mismo espacio.
La ciudad de piedra que hoy encanta al viajero —con sus casas escalonadas, sus pasadizos abovedados (abbara), sus patios y sus mansiones de fachadas talladas— es en buena medida herencia de esa larga etapa otomana, superpuesta a la base artuquí. Mardin conservó su carácter de ciudad-mosaico prácticamente intacto hasta comienzos del siglo XX, cuando la historia dio un giro trágico.
El siglo XX golpeó con dureza a la Mardin plural. Durante la Primera Guerra Mundial, en 1915, las comunidades cristianas del este del Imperio otomano —armenios, pero también asirios/siríacos— sufrieron deportaciones y matanzas masivas. La violencia contra la población siríaca de la región de Mardin y el Tur Abdin, conocida en arameo como el Sayfo ('la espada'), causó decenas de miles de muertos y marcó el principio del fin de una presencia cristiana milenaria. Es un episodio doloroso y sensible, todavía objeto de debate histórico y político, que conviene recordar con sobriedad y respeto por las víctimas.
Tras la caída del imperio y la fundación de la República de Turquía en 1923, Mardin quedó dentro del nuevo Estado, muy cerca de la frontera que lo separaba de la Siria bajo mandato francés. A lo largo del siglo, la emigración —por motivos económicos y por la inseguridad ligada al conflicto de las décadas de 1980 y 1990 en el sureste— redujo aún más a la comunidad asiria: muchas familias siríacas partieron a Estambul, Europa o América, dejando pueblos y monasterios semivacíos, aunque una parte ha ido regresando en años recientes para recuperar su patrimonio.
En las últimas décadas, Mardin ha vivido un renacimiento gracias al turismo y a la valoración de su patrimonio. La restauración de sus casas de piedra, la apertura de hoteles-boutique en antiguas mansiones y museos, y su fama como una de las ciudades más bellas de Turquía la han puesto en el mapa de los viajeros. Las autoridades y organismos internacionales han trabajado para proteger su casco histórico, candidato a Patrimonio de la Humanidad.
Hoy, Mardin sigue siendo una ciudad-mosaico: mayoritariamente musulmana, de habla turca, kurda y árabe, pero con una comunidad cristiana siríaca que mantiene vivas sus iglesias, sus monasterios y su liturgia en arameo. Pasear por sus callejones al atardecer, con la llanura de Mesopotamia a los pies y las campanas y el llamado a la oración sonando casi a la vez, es asomarse a un mundo antiguo donde, pese a todas las heridas de la historia, las culturas siguen conviviendo sobre la misma piedra dorada.