Dice la leyenda que, hacia el siglo VII antes de nuestra era, un grupo de colonos griegos venidos de la ciudad de Mégara consultó al oráculo de Delfos sobre dónde fundar una nueva ciudad. El oráculo respondió con un enigma: debían asentarse 'frente a la tierra de los ciegos'. Cuando llegaron al Bósforo y vieron la magnífica península donde el Cuerno de Oro se une al estrecho, entendieron que los colonos anteriores, que se habían instalado enfrente, en Calcedonia (la actual Kadıköy), habían estado ciegos al no ver aquel emplazamiento prodigioso. Su jefe se llamaba Byzas, y en su honor la nueva ciudad recibió el nombre de Bizancio.
Más allá del mito, el emplazamiento era, en efecto, extraordinario. La península estaba protegida por el mar por tres de sus lados, dominaba la única vía marítima entre el Mediterráneo y el mar Negro, y contaba con un puerto natural excepcional, el Cuerno de Oro, un profundo entrante de agua resguardado. Quien controlara Bizancio controlaba el paso entre Europa y Asia y una de las rutas comerciales más importantes del mundo antiguo.
Durante siglos, Bizancio fue una próspera ciudad-estado griega que pasó por las manos de persas, atenienses y espartanos, y que en el siglo II d.C. fue incorporada al Imperio romano. Su posición estratégica la hacía codiciada, pero también vulnerable: el emperador Septimio Severo la arrasó tras un largo asedio a finales del siglo II y luego la reconstruyó. Nadie imaginaba todavía que aquella ciudad estaba destinada a convertirse en la capital del mundo.
El destino de la ciudad cambió para siempre en el año 330, cuando el emperador Constantino el Grande decidió trasladar la capital del Imperio romano desde la vieja Roma a Bizancio, que refundó solemnemente con el nombre de Constantinopla, 'la ciudad de Constantino', aunque también se la llamó Nueva Roma. La elección fue genial: la ciudad estaba mejor situada para defender las fronteras orientales y controlar el comercio, y desde ella nacería una nueva civilización.
Cuando el Imperio romano se dividió definitivamente y la mitad occidental se derrumbó en el siglo V bajo las invasiones germánicas, Constantinopla siguió en pie como capital del Imperio romano de Oriente, que los historiadores llaman Imperio bizantino. Durante más de mil años fue la ciudad más rica, poblada y sofisticada de Europa: llegó a tener medio millón de habitantes cuando París o Londres eran aldeas. Sus formidables murallas terrestres, las de Teodosio, la hicieron prácticamente inexpugnable durante siglos.
La edad de oro llegó en el siglo VI con el emperador Justiniano, que reconquistó parte del Mediterráneo, codificó el derecho romano y mandó construir Santa Sofía, la iglesia más grande de la cristiandad, cuya cúpula colosal dejaba mudos a los visitantes. Constantinopla era el corazón del cristianismo ortodoxo, guardiana de reliquias sagradas, sede del emperador y del patriarca. Sobrevivió a innumerables asedios de persas, ávaros, árabes y búlgaros. Su peor herida, sin embargo, no vino de sus enemigos musulmanes, sino de los propios cristianos: en 1204, los cruzados de la Cuarta Cruzada, desviados de su rumbo, saquearon salvajemente la ciudad, se repartieron el imperio y se llevaron sus tesoros. Constantinopla se recuperó en 1261, pero ya nunca volvió a ser la de antes: debilitada y empobrecida, era un imperio menguante rodeado de enemigos.
A comienzos del siglo XV, el Imperio bizantino se había reducido a poco más que la propia ciudad de Constantinopla y sus alrededores, un islote cristiano rodeado por completo por el pujante Imperio otomano, que dominaba ya los Balcanes y Anatolia. Era cuestión de tiempo. El golpe final lo dio un sultán joven y ambicioso, Mehmed II, que a los 21 años puso sitio a la ciudad en la primavera de 1453 decidido a conquistarla.
El asedio fue uno de los más famosos de la historia. Mehmed reunió un ejército enorme y una artillería revolucionaria, con cañones gigantescos capaces de derribar las legendarias murallas de Teodosio, que durante mil años habían resistido a todos. Para superar la cadena que cerraba el Cuerno de Oro, los otomanos hicieron algo asombroso: transportaron sus barcos por tierra, sobre troncos engrasados, colina arriba y colina abajo, hasta botarlos dentro del puerto. El último emperador, Constantino XI, defendió la ciudad con apenas unos miles de hombres frente a decenas de miles de sitiadores.
En la madrugada del 29 de mayo de 1453, tras semanas de bombardeo y asaltos, los otomanos rompieron las defensas y entraron en la ciudad. Constantino XI murió combatiendo, espada en mano, y su cuerpo nunca fue identificado, lo que alimentó siglos de leyendas. La caída de Constantinopla puso fin al Imperio bizantino y a más de mil años de historia romana; para muchos historiadores, marcó el final de la Edad Media. Mehmed II, que entró a caballo en Santa Sofía y ordenó convertirla en mezquita, pasó a la historia como Fatih, 'el Conquistador'. La ciudad tenía un nuevo dueño y una nueva era comenzaba.
Mehmed II no destruyó la ciudad conquistada: la repobló y la convirtió en la capital de su imperio. Trajo colonos musulmanes, cristianos y judíos, restauró las murallas, empezó a construir el Palacio de Topkapı como sede del poder y fundó el Gran Bazar, que se convertiría en el gran mercado de Oriente. La ciudad, cada vez más conocida por su nombre popular turco, Estambul (una deformación de una expresión griega que significaba 'a la ciudad'), renació como una metrópoli cosmopolita y multirreligiosa.
El esplendor llegó en el siglo XVI, bajo el sultán Solimán el Magnífico, cuando el Imperio otomano alcanzó su máxima extensión y poder, dominando desde Hungría hasta Egipto y desde Argelia hasta el golfo Pérsico. Estambul era entonces una de las ciudades más grandes y ricas del mundo. El genial arquitecto Mimar Sinan, al servicio de los sultanes, cubrió las siete colinas de la ciudad de mezquitas monumentales de cúpulas y minaretes esbeltos, como la Süleymaniye, dándole el perfil inconfundible que aún hoy tiene. La ciudad era la sede del sultán, que además ostentaba el título de califa, líder espiritual del islam suní.
Durante siglos, Estambul fue el corazón palpitante de un imperio inmenso y diverso, donde convivían turcos, griegos, armenios, judíos, árabes y balcánicos, cada comunidad con sus barrios, sus templos y sus oficios. Los barrios de Fener y Balat albergaban a griegos ortodoxos y judíos; Gálata, al norte del Cuerno de Oro, había sido colonia genovesa y seguía siendo el barrio de los europeos y del comercio. Pero a partir del siglo XVIII, el Imperio otomano fue perdiendo terreno frente a las potencias europeas y entró en un largo declive; en el siglo XIX se lo llamaba 'el enfermo de Europa'. Los sultanes abandonaron el viejo Topkapı por palacios de estilo europeo a orillas del Bósforo, como el fastuoso Dolmabahçe.
El principio del fin del Imperio otomano llegó con la Primera Guerra Mundial, en la que Turquía combatió junto a Alemania y salió derrotada. Tras la guerra, las potencias vencedoras ocuparon Estambul y planearon repartirse el país. De ese trance surgió una figura decisiva: Mustafa Kemal, el oficial que había brillado en la defensa de Galípoli, en los Dardanelos, cerca de la antigua Troya. Kemal encabezó la Guerra de Independencia turca, expulsó a las tropas de ocupación y en 1923 proclamó la República de Turquía, de la que fue primer presidente con el sobrenombre de Atatürk, 'padre de los turcos'.
Atatürk emprendió una modernización radical y laica del país: abolió el sultanato y el califato, adoptó el alfabeto latino, reformó el derecho y separó la religión del Estado. Y tomó una decisión simbólica de enorme peso: trasladó la capital de Estambul a Ankara, en el corazón de Anatolia, para marcar el nacimiento de una nación nueva desligada del pasado imperial. Estambul dejó de ser capital por primera vez en dieciséis siglos, aunque siguió siendo el gran motor económico y cultural del país. En 1930, el nombre oficial internacional de la ciudad pasó a ser definitivamente Estambul.
El siglo XX transformó la ciudad por completo. Las comunidades griega, armenia y judía, que durante siglos habían sido parte esencial de Estambul, menguaron drásticamente por las guerras, los intercambios de población y episodios de violencia. Al mismo tiempo, una oleada migratoria desde la Anatolia rural hizo estallar la población: de menos de un millón de habitantes a mediados de siglo, Estambul pasó a más de quince millones hoy, convirtiéndose en una de las mayores megalópolis de Europa y del mundo. Se construyeron puentes sobre el Bósforo, autopistas, un metro en expansión y hasta un túnel ferroviario submarino, el Marmaray, que une por debajo del estrecho los dos continentes.
Hoy Estambul es una ciudad vibrante y contradictoria, donde el peso de tres imperios convive con la energía de una metrópoli global: mezquitas otomanas junto a rascacielos, cafés hípster en barrios bizantinos, mercados milenarios y una escena artística y gastronómica en ebullición. Sigue siendo el gran cruce entre Oriente y Occidente, entre Europa y Asia, entre el pasado y el futuro. Como escribió su hijo más célebre, el Nobel Orhan Pamuk, Estambul lleva en el alma una melancolía particular, la del hüzün, la nostalgia de una gloria pasada que impregna sus calles. Y sin embargo, pocas ciudades del mundo están tan intensamente vivas.