La historia de Antalya empieza con un encargo peculiar. Hacia mediados del siglo II antes de nuestra era, el rey Átalo II de Pérgamo —un reino helenístico del oeste de Anatolia, heredero cultural de la Grecia de Alejandro— quiso dotar a su territorio de un gran puerto en la costa sur. Según la tradición, envió a sus hombres a recorrer el litoral en busca del mejor emplazamiento posible. Cuando regresaron y le describieron una bahía protegida por altos acantilados, con un puerto natural resguardado y las montañas del Tauro cerrando el horizonte a sus espaldas, dijeron que habían encontrado 'el cielo en la tierra'. Allí, hacia el año 150 a.C., se fundó la ciudad, que en honor a su fundador recibió el nombre de Atalía (Attaleia).
El lugar tenía, en efecto, todas las ventajas. El puerto —el mismo que hoy es la pintoresca marina de Kaleiçi— ofrecía abrigo seguro a los barcos; los acantilados protegían la ciudad; y detrás, las abruptas montañas del Tauro la resguardaban por tierra y la conectaban, por los pasos de montaña, con la meseta de Anatolia. Atalía nacía así como puerta marítima de toda una región, la antigua Panfilia, salpicada de ciudades ricas como Perge, Aspendos y Side.
A la muerte de Átalo III, el último rey de Pérgamo, el reino fue legado por testamento a Roma en el año 133 a.C. Atalía, como el resto del territorio, quedó poco a poco bajo la órbita romana, y con Roma comenzaría su primer gran periodo de esplendor.
Bajo el Imperio romano, Atalía prosperó como puerto principal de la región de Panfilia. Su bahía tuvo incluso un papel militar: desde esta costa operó el general Pompeyo en su célebre campaña contra los piratas cilicios que asolaban el Mediterráneo oriental en el siglo I a.C. Con la paz romana, el comercio floreció y la ciudad se llenó de monumentos.
El testimonio más espléndido de esa época sigue en pie en el corazón del casco antiguo: la Puerta de Adriano, un arco triunfal de mármol blanco con tres vanos, ricamente decorado, levantado en el año 130 para conmemorar la visita del emperador Adriano a la ciudad. Es uno de los arcos romanos mejor conservados de Anatolia y una de las imágenes más queridas de Antalya.
Pero el mayor legado romano de la región no está en la propia ciudad, sino a pocos kilómetros, en las grandes urbes de Panfilia que Atalía servía como puerto. Perge, extensa y monumental, con sus calles porticadas, su estadio y su teatro; Aspendos, cuyo teatro del siglo II es uno de los mejor conservados del mundo entero, con una acústica que todavía asombra; y Side, con su templo de Apolo asomado al mar. En todas ellas predicó, según los Hechos de los Apóstoles, san Pablo de Tarso, que desembarcó en Atalía en sus viajes misioneros: la región fue un temprano foco del cristianismo. Con la división del Imperio, la ciudad pasó a formar parte del Imperio romano de Oriente, el bizantino.
Durante la Edad Media, Atalía fue una ciudad bizantina próspera pero cada vez más periférica: mientras los grandes focos del imperio eran Constantinopla, Tesalónica o Antioquía, la importancia de Atalía seguía residiendo en su puerto, que la mantenía como enlace comercial entre la capital y el Mediterráneo oriental. Era una plaza codiciada, y sufrió incursiones y disputas, incluidas las tensiones y saqueos de la época de las Cruzadas, cuando los ejércitos cristianos que se dirigían a Tierra Santa pasaban por sus costas.
El gran cambio llegó en 1207, cuando la ciudad fue conquistada por los turcos selyúcidas de Rum, el sultanato turco que dominaba buena parte de Anatolia desde su capital, Konya. Para los selyúcidas, Antalya se convirtió en su ventana al Mediterráneo, un puerto estratégico para el comercio. Dejaron en la ciudad su huella arquitectónica más reconocible: el Yivli Minare, el 'minarete acanalado', una esbelta torre de ladrillo estriada, hoy símbolo de Antalya y una de las primeras grandes obras del arte turco-islámico en la región.
El dominio selyúcida no fue eterno. Tras la desintegración del sultanato de Rum bajo la presión de los mongoles, la región se fragmentó en pequeños principados turcos (los beylicatos). Antalya y su entorno quedaron en manos de uno de ellos, el de los Teke, hasta que, a finales del siglo XIV, un poder emergente y arrollador lo absorbió todo: el de los otomanos.
En 1391, Antalya pasó a formar parte del Imperio otomano, que la integró definitivamente tras las convulsiones provocadas por la invasión de Tamerlán a comienzos del siglo XV. Bajo dominio otomano, la ciudad vivió cinco siglos de relativa tranquilidad como puerto mediterráneo de tamaño medio, lejos de los grandes centros del poder imperial. No fue una gran metrópoli, pero sí una ciudad activa, con su comercio, sus astilleros y una población mezclada de musulmanes turcos y de comunidades cristianas griegas.
El casco antiguo que hoy encanta al viajero —Kaleiçi, 'dentro del castillo'— conserva sobre todo esa fisonomía otomana: casas de madera de dos plantas con miradores y patios, callejones estrechos que bajan hacia el puerto, mezquitas, fuentes y baños. Sobre las capas romana, bizantina y selyúcida se fue superponiendo la ciudad otomana, dando ese aspecto de palimpsesto que se percibe al caminarla: un arco romano aquí, un minarete selyúcida allá, una iglesia bizantina convertida en mezquita más allá (como el Kesik Minare, el 'minarete cortado').
Durante el largo periodo otomano, Antalya fue capital de una provincia del sur y mantuvo una vida discreta. Su población cristiana griega seguía siendo importante a comienzos del siglo XX. Pero el fin del imperio, la Primera Guerra Mundial y el nacimiento de la Turquía moderna transformarían por completo tanto la ciudad como toda la región.
Tras la derrota otomana en la Primera Guerra Mundial, Antalya vivió un episodio poco recordado: entre 1919 y 1921 estuvo ocupada por Italia, que aspiraba a hacerse con una zona de influencia en el sur de Anatolia en el reparto del imperio vencido. La ocupación terminó con la victoria del movimiento nacionalista turco liderado por Mustafa Kemal Atatürk, que expulsó a las potencias extranjeras y proclamó en 1923 la República de Turquía.
El nacimiento de la república trajo consigo un cambio demográfico profundo en toda la región, como en el resto del país: el intercambio de poblaciones entre Grecia y Turquía de 1923 supuso la marcha de la comunidad cristiana ortodoxa de habla griega que durante siglos había vivido en Antalya y su entorno, y la llegada de musulmanes procedentes de Grecia. La ciudad quedó así, como el conjunto de Anatolia, mayoritariamente turca y musulmana.
Durante buena parte del siglo XX, Antalya siguió siendo una ciudad portuaria y agrícola relativamente tranquila. Su gran transformación llegó a partir de las décadas de 1970 y, sobre todo, 1980, cuando Turquía apostó decididamente por el turismo de costa. El clima, las playas, las ruinas y el aeropuerto internacional convirtieron a Antalya en el epicentro de la 'Riviera turca': se levantaron enormes complejos hoteleros en Lara, Belek y toda la costa, y la ciudad pasó de tener unas pocas decenas de miles de habitantes a superar el millón, recibiendo cada año a millones de turistas de Europa, Rusia y el mundo.
Hoy Antalya es una de las ciudades más visitadas del planeta y la capital indiscutida del turismo turco, pero conserva bajo el bullicio veraniego su alma histórica: el viejo puerto donde atracaban los barcos de Átalo y de Roma, la Puerta de Adriano, el minarete selyúcida y los callejones otomanos de Kaleiçi. Y a su alrededor siguen en pie, imponentes, los teatros y las columnas de Aspendos, Perge y Side, testigos de más de dos mil años de historia asomados al mismo Mediterráneo que un día un rey de Pérgamo llamó 'el cielo en la tierra'.