Lomé es, para los patrones africanos, una capital joven. Donde hoy se levanta una metrópolis de casi dos millones de personas, a mediados del siglo XIX no había más que un puñado de aldeas ewé de pescadores y agricultores junto a una playa del Golfo de Guinea. El nombre mismo de la ciudad vendría de 'Alotimé' o 'Alo-mé', en referencia a los arbustos de 'alo' que crecían en la zona, en lengua ewé.
Lo que empezó a darle vida no fue la política sino el comercio. La costa entre la actual Ghana y Benín era una tierra de intercambio intenso, y la aldea de Lomé, justo en el límite entre la zona de influencia británica de la Costa de Oro y los territorios del este, se volvió un punto ideal para el contrabando: mercancías que entraban por un lado de la frontera y se vendían del otro esquivando los impuestos. Comerciantes africanos y europeos empezaron a instalarse allí, atraídos por esa posición estratégica.
A lo largo del litoral, ciudades como Aného (la vieja 'Petit Popo') y Bè eran centros más antiguos y consolidados. Lomé era todavía un lugar secundario, pero su combinación de playa abierta, terreno llano y cercanía a la frontera la convertiría, en pocas décadas, en la gran beneficiaria de la llegada de los alemanes.
En 1884, en plena carrera europea por repartirse África, el explorador y diplomático alemán Gustav Nachtigal firmó una serie de tratados con jefes locales de la costa —el más célebre, el del rey Mlapa III en Togoville, a orillas del lago Togo—. Con ellos, Alemania proclamó un protectorado sobre la franja costera que llamó Togoland, reconocido por las potencias europeas al año siguiente. Nacía así la colonia alemana de Togo.
La primera capital administrativa estuvo en la costa, pero en 1897 los alemanes trasladaron la sede del gobierno a Lomé. La elección tenía lógica comercial y política: la playa permitía el desembarco de mercancías mediante un embarcadero, y la posición fronteriza favorecía el comercio con la vecina colonia británica. Los alemanes trazaron el damero del centro, levantaron edificios administrativos, una catedral (el Sagrado Corazón, de 1902), estaciones de ferrocarril y un embarcadero, y tendieron líneas férreas hacia el interior —hacia Aného, Kpalimé y Atakpamé— para sacar el café, el cacao, el algodón y el aceite de palma.
Alemania presentaba a Togo como su colonia 'modelo' ('Musterkolonie') por su relativa prosperidad y equilibrio presupuestario, pero ese orden se sostenía sobre trabajos forzados, impuestos duros y una administración autoritaria. Lomé creció al ritmo del comercio y de la burocracia colonial, y para comienzos del siglo XX ya era una ciudad portuaria en formación, con barrios de comerciantes africanos, europeos y del cercano mundo brasileño-africano de los 'agudás', descendientes de esclavos retornados.
La suerte colonial de Togo cambió de golpe con la Primera Guerra Mundial. En agosto de 1914, apenas empezado el conflicto, tropas británicas y francesas invadieron Togoland desde las colonias vecinas. La resistencia alemana fue breve: tras la destrucción de la potente estación de radio de Kamina —clave para las comunicaciones del imperio alemán en África—, la colonia se rindió en pocas semanas, en una de las primeras victorias aliadas de la guerra.
Terminado el conflicto, la Sociedad de Naciones repartió el antiguo Togoland alemán en dos mandatos: la parte occidental quedó bajo administración británica (y con el tiempo se integraría a Ghana), y la parte oriental, más poblada y con Lomé como capital, pasó a Francia en 1922. Esa partición cortó en dos al pueblo ewé, que quedó dividido entre dos administraciones coloniales distintas, una herida que alimentaría reclamos de reunificación durante décadas.
Bajo el mandato francés, Lomé siguió siendo la capital y el centro económico. La ciudad se afrancesó en su administración, su escuela y su lengua oficial, pero conservó su vocación comercial. Fue en esta época cuando florecieron las legendarias 'Nana Benz', las comerciantes que dominaron el negocio de las telas 'wax' desde el Grand Marché y llegaron a tener un peso enorme en la economía del país, símbolo del pujante comercio femenino togolés.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Togo francés pasó de mandato a territorio bajo tutela de la ONU y avanzó gradualmente hacia el autogobierno. En 1956 se convirtió en república autónoma dentro de la Unión Francesa y, finalmente, el 27 de abril de 1960 Togo proclamó su independencia. Su primer presidente fue Sylvanus Olympio, líder nacionalista y figura del comercio, que gobernó desde Lomé el joven Estado.
La independencia pronto se tiñó de tragedia. En enero de 1963, Olympio fue asesinado en un golpe militar —uno de los primeros golpes de la África poscolonial—, en un episodio en el que estuvo implicado el entonces sargento Gnassingbé Eyadéma. Tras unos años de inestabilidad, Eyadéma tomó el poder por completo mediante otro golpe en 1967 e instauró un régimen de partido único que gobernaría el país durante casi cuatro décadas, una de las dictaduras más largas de África.
A la muerte de Eyadéma en 2005, el poder pasó a su hijo, Faure Gnassingbé, en una sucesión muy cuestionada que provocó protestas y represión. La familia Gnassingbé ha seguido al frente del país desde entonces, en un sistema criticado por la oposición y por organismos de derechos humanos. Lomé, como capital, ha sido el escenario principal de esa larga historia política: de las celebraciones de la independencia a las grandes manifestaciones y su dura represión.
La Lomé contemporánea es una metrópolis costera que combina el legado colonial con el empuje de una gran ciudad de África Occidental. Su motor es el puerto autónomo de Lomé, uno de los pocos de aguas profundas de la región capaces de recibir grandes buques portacontenedores, que convierte a la ciudad en un nudo logístico para todo el interior sin salida al mar —Burkina Faso, Níger, Malí— y en uno de los puertos de transbordo más importantes del golfo.
La ciudad conserva su condición de 'capital de frontera': el barrio de Kodjoviakopé llega hasta el límite con Ghana, y el paso de Aflao es uno de los cruces más transitados de la región. Ese carácter fronterizo, sumado al comercio del Grand Marché y a la actividad portuaria, mantiene a Lomé como una plaza mercantil bulliciosa, con una fuerte impronta del comercio informal y de las redes que atraviesan las fronteras coloniales.
En los últimos años, proyectos como la restauración del Palais de Lomé —reabierto en 2019 como centro cultural con su gran parque botánico— buscan poner en valor el patrimonio y atraer visitantes. Lomé sigue siendo, ante todo, la puerta de entrada a Togo: el lugar por el que casi todo viajero llega y desde el que parte hacia el vudú de Togoville, las playas del este, las montañas de Kpalimé o el norte tamberma. Ciudad joven pero intensa, resume en pocas décadas de historia buena parte del Togo moderno.