El Parque Nacional Fazao-Malfakassa protege un vasto territorio de casi 1.920 km² en el centro-oeste de Togo, a caballo entre la Región Central y la Región de Kara, muy cerca de la frontera con Ghana. Su nombre viene de los dos macizos montañosos que abarca: los montes Fazao y los montes Malfakassa, parte de la cadena Togo-Atakora que atraviesa el país en diagonal. Ese relieve montañoso —con farallones, valles, mesetas y cursos de agua— le da una belleza escénica poco habitual en un país mayormente llano.
El parque es una zona de transición ecológica entre el sur húmedo y el norte saheliano. Su paisaje dominante es la sabana arbolada —praderas salpicadas de árboles—, entrelazada con bosques de galería que siguen el curso de los ríos y arroyos, y con manchas de bosque más denso en las zonas montañosas y húmedas. Esa diversidad de ambientes, sumada al relieve, explica la notable variedad de fauna y flora que alberga, y hace de Fazao-Malfakassa el espacio natural más rico y extenso de Togo.
Los cursos de agua son clave en la vida del parque. Durante la estación seca, cuando el agua escasea en la sabana, los animales se concentran en los ríos, arroyos y puntos de agua de los bosques de galería, lo que facilita su observación y convierte esos meses en la única temporada realmente visitable. En la estación de lluvias, en cambio, el agua abunda por todas partes, la vegetación crece desmesuradamente y la fauna se dispersa, además de volverse casi imposible recorrer las pistas.
El Parque Nacional Fazao-Malfakassa fue creado oficialmente en 1975, en la época del régimen de Gnassingbé Eyadéma, mediante la unión y ampliación de espacios que ya gozaban de cierta protección. La idea era constituir una gran reserva integral que salvaguardara la fauna y los paisajes de los montes Fazao y Malfakassa, en un momento en que muchos países africanos creaban sistemas de parques nacionales para proteger una naturaleza cada vez más presionada por la agricultura, la ganadería y la caza.
El resultado fue el mayor de los parques nacionales de Togo, muy por encima en tamaño de los otros espacios protegidos del país. Sobre el papel, Fazao-Malfakassa reunía todas las condiciones para convertirse en la joya de la conservación togolesa: gran extensión, diversidad de ambientes, relieve espectacular y una fauna que incluía elefantes, búfalos, antílopes de varias especies, primates y una avifauna riquísima, con más de 240 especies de aves registradas.
Sin embargo, como tantos parques africanos, Fazao-Malfakassa enfrentó desde el principio enormes desafíos: la presión de las poblaciones vecinas que necesitaban tierras y recursos, la caza furtiva, la falta de medios del Estado para vigilar un territorio tan vasto y los vaivenes políticos y económicos del país. La historia del parque sería, en buena medida, la de un esfuerzo constante y difícil por conservar su riqueza natural frente a esas amenazas.
Un capítulo decisivo en la historia del parque fue su gestión por parte de la Fundación Franz Weber, una organización suiza de protección animal y de la naturaleza fundada por el conocido activista ecologista del mismo nombre. Durante décadas, la fundación asumió la responsabilidad de conservar Fazao-Malfakassa, aportando recursos que el Estado togolés no podía destinar y tratando de convertir al parque en un modelo de gestión y de ecoturismo en África Occidental.
El trabajo de la fundación incluyó la construcción y mantenimiento de infraestructura —pistas, un hotel de safari, puestos de guardas—, programas de lucha contra la caza furtiva, la formación de personal local y esfuerzos por implicar a las comunidades vecinas en la protección del parque en lugar de en su explotación. Se buscaba que la fauna se recuperara y que el turismo de naturaleza generara ingresos que justificaran la conservación. En sus mejores momentos, el parque recibió visitantes atraídos por sus paisajes, sus aves y la posibilidad de ver fauna salvaje en estado virgen.
Pese a esos esfuerzos, la conservación de un territorio tan grande y presionado nunca fue fácil. La caza furtiva siguió mermando las poblaciones de grandes mamíferos, los conflictos con las comunidades por el acceso a la tierra persistieron, y la inestabilidad regional y la falta crónica de medios complicaron la gestión. La colaboración entre la Fundación Franz Weber y el Estado togolés atravesó altibajos, y el parque vivió épocas de mayor y menor actividad, siempre con la conservación de su biodiversidad como un objetivo tan noble como cuesta arriba.
Fazao-Malfakassa conserva, pese a todo, una biodiversidad notable. En sus sabanas y bosques viven búfalos, varias especies de antílopes —cobos de agua, bubales, el elegante antílope ruano—, facóqueros, primates y numerosos reptiles. Su gran tesoro es la avifauna: con más de 244 especies de aves registradas, muchas de ellas migratorias, es uno de los mejores destinos ornitológicos de Togo y un imán para los observadores de aves. Y todavía sobrevive en el parque una pequeña población de elefantes, quizás unas decenas de ejemplares, emblema de la reserva.
Esa población de elefantes ilustra bien los desafíos del parque. Los elefantes, muy codiciados por el marfil y necesitados de grandes territorios, son especialmente vulnerables a la caza furtiva y a los conflictos con la agricultura. Verlos hoy en Fazao-Malfakassa es difícil y requiere suerte, prueba de lo mucho que se han reducido las poblaciones respecto de lo que un parque de este tamaño podría albergar en condiciones ideales. Lo mismo vale, en distinta medida, para los grandes antílopes y búfalos.
La presión humana es el gran telón de fondo. El crecimiento demográfico, la necesidad de tierras de cultivo y pastoreo, la tala y la caza para subsistencia o comercio han rodeado y penetrado el parque a lo largo de las décadas. La conservación, por eso, no puede entenderse solo como vigilancia: pasa por involucrar a las comunidades vecinas, ofrecerles alternativas económicas —entre ellas el ecoturismo— y demostrar que un parque vivo vale más que uno saqueado. Es un equilibrio delicado que Fazao-Malfakassa, como tantas áreas protegidas africanas, sigue buscando.
Hoy, el Parque Nacional Fazao-Malfakassa sigue siendo el mayor espacio protegido de Togo y su gran secreto natural. No es un destino de safari masivo ni ofrece la abundancia de fauna de los grandes parques del este y el sur de África; es, más bien, un territorio salvaje, tranquilo y poco visitado, para viajeros pacientes y amantes de la naturaleza que valoran el silencio, los paisajes de montaña y la emoción de recorrer una de las últimas grandes reservas de África Occidental.
La visita exige preparación: el parque solo abre en la estación seca, hay que entrar en vehículo todoterreno y con guía, y conviene coordinar todo con antelación por el estado variable de la infraestructura y la gestión. Quien va con esas expectativas encuentra una experiencia distinta y profunda: jornadas de safari por pistas solitarias, avistajes de antílopes y búfalos, muchísimas aves, la posibilidad remota de un elefante, y sobre todo la sensación de estar en un rincón virgen y auténtico del continente.
El futuro del parque depende de que la conservación se sostenga: de la vigilancia contra la caza furtiva, del apoyo internacional y estatal, y de que el ecoturismo genere ingresos que impliquen a las comunidades vecinas en la protección de su patrimonio natural. Fazao-Malfakassa representa lo mejor y lo más frágil de la naturaleza togolesa: una riqueza inmensa y poco conocida, que merece ser visitada con respeto y que necesita del interés del mundo para seguir existiendo.