Aného fue durante siglos una de las ciudades más importantes de la costa que hoy corresponde a Togo. En los mapas y crónicas coloniales aparece con el nombre de 'Petit Popo' ('Little Popo'), para distinguirla de 'Grand Popo', del otro lado de la actual frontera con Benín. La ciudad fue fundada y desarrollada sobre todo por el pueblo guin (o mina), comerciantes de origen ewé y akan que se instalaron en esta franja del golfo de Guinea entre los siglos XVII y XVIII.
La posición de Aného, entre el océano Atlántico y una laguna, la convirtió en un puerto natural y en una plaza de comercio de primer orden. Por aquí pasaban las mercancías que conectaban el interior africano con los barcos europeos, y la ciudad prosperó como intermediaria del intercambio en una costa disputada por portugueses, holandeses, daneses, británicos y franceses.
Ese comercio tuvo una cara terrible: como buena parte de esta 'Costa de los Esclavos', Aného participó de la trata trasatlántica entre los siglos XVII y XIX. Miles de personas esclavizadas fueron embarcadas desde estos puertos hacia América, en una de las páginas más oscuras de la historia de la región. La memoria de aquella tragedia sigue presente en la ciudad y en la vecina Agbodrafo, con su célebre 'Casa de los Esclavos'.
Uno de los rasgos más singulares de Aného y de toda esta costa es la presencia de los 'agudás', también llamados afro-brasileños o 'retornados'. Se trata de descendientes de africanos esclavizados que, tras ser llevados a Brasil, regresaron a África Occidental a lo largo del siglo XIX —algunos ya libres, otros como comerciantes o antiguos esclavos manumitidos— trayendo consigo apellidos portugueses, oficios, religión católica, gastronomía y una cultura propia.
Los agudás se integraron en ciudades como Aného, Grand-Popo, Ouidah y Lagos, donde formaron una élite comercial y artesanal reconocible por sus nombres luso-brasileños (de Souza, da Silva, do Rego, Olympio) y por sus fiestas y arquitectura. En Togo, esta comunidad tuvo un peso notable: de ella provino, por ejemplo, la familia de Sylvanus Olympio, primer presidente del país independiente.
Esta historia de ida y vuelta a través del Atlántico —de la trata a la que salieron algunos, al retorno de sus descendientes— da a Aného una identidad cultural rica y compleja, en la que se mezclan lo ewé-mina, lo europeo colonial y lo afro-brasileño. Es una de las claves para entender el ambiente particular de la ciudad.
Cuando Alemania proclamó su protectorado sobre la costa en 1884, Aného —como uno de los centros comerciales y de poder más consolidados del litoral— cobró protagonismo en la administración de la nueva colonia de Togoland, y funcionó durante los primeros años como una de sus capitales. Su puerto y sus élites comerciantes la hacían un punto lógico para el gobierno colonial.
Sin embargo, ese protagonismo fue breve. En 1897, los alemanes trasladaron definitivamente la capital a Lomé, atraídos por su playa apta para el comercio y su posición fronteriza con la colonia británica. Aného quedó relegada a un papel secundario, aunque siguió siendo una cabecera administrativa y un centro urbano importante, primero bajo los alemanes y luego, tras la Primera Guerra Mundial, bajo el mandato francés a partir de 1922.
El desplazamiento del poder hacia Lomé y, más tarde, la decadencia de su puerto frente al gran puerto moderno de la capital, dejaron a Aného 'congelada' en cierto modo en su época de esplendor. De ahí el aire melancólico de sus edificios coloniales desvencijados: son el testimonio de una ciudad que fue capital y gran puerto, y que quedó al margen del crecimiento vertiginoso de Lomé.
La Aného actual es una ciudad tranquila de unos 25.000-30.000 habitantes que vive de la pesca, el comercio de frontera y una economía modesta. Su gran patrimonio es intangible: la atmósfera de antigua capital, la memoria histórica y la fuerte identidad del pueblo guin-mina, que mantiene vivas sus tradiciones, su lengua y sus ceremonias.
Entre esas tradiciones destaca el Epe Ekpe, la fiesta anual de la 'toma de la piedra sagrada' que marca el año nuevo guin-mina cada septiembre, una de las grandes ceremonias de la costa togolesa. En ella, el color de una piedra ritual extraída por un sacerdote anuncia cómo será el año venidero, y la comunidad celebra con procesiones, cantos y danzas. Es una muestra de que, bajo la apariencia decadente de la ciudad, late una cultura tradicional muy activa.
Para el viajero, Aného ofrece una experiencia distinta a la del bullicio de Lomé: calles coloniales gastadas frente al mar, iglesias históricas, piraguas de pescadores, el reflejo de la luz sobre la laguna y una memoria que enlaza la trata de esclavos, el retorno de los agudás y la historia colonial de Togo. Situada casi en la frontera con Benín, es a la vez el final de la costa togolesa y la puerta hacia la cuna beninesa del vudú.