Cuesta imaginarlo mientras uno recorre en jeep sus llanuras salvajes buscando leopardos, pero la región de Yala no siempre fue un territorio despoblado. Hace más de dos mil años, este rincón del sureste de Sri Lanka formaba parte del antiguo reino de Ruhuna, una de las grandes divisiones históricas de la isla, y estuvo habitado, cultivado y salpicado de monasterios budistas. Los restos de aquella época siguen en pie entre el monte.
El testimonio más impresionante es el complejo monástico de Sithulpawwa (Situlpawwa Rajamaha Viharaya), fundado en torno al siglo II o III a.C., que en su apogeo habría albergado a miles de monjes. Sobre una gran roca se alza todavía su estupa blanca, y alrededor se conservan cuevas de meditación, inscripciones y ruinas, prueba de que este paisaje hoy silvestre fue un floreciente centro de espiritualidad y peregrinación. No lejos, Kataragama, hoy uno de los santuarios más venerados de la isla —sagrado a la vez para budistas, hindúes y musulmanes—, hunde también sus raíces en la Antigüedad.
Con los siglos, las guerras, los cambios de las cortes y el avance de la selva, buena parte de esta región quedó despoblada y volvió a la naturaleza. Los antiguos campos de arroz y los embalses fueron tragados por el monte, y el sureste se convirtió en un territorio agreste, poco habitado, dominado por la fauna. Esa 'vuelta a lo salvaje', paradójicamente, preparó el terreno para lo que Yala sería siglos después: un refugio de vida silvestre. Pero antes tuvo que pasar por una etapa mucho menos amable para los animales.
Durante la época colonial británica, el sureste de Ceilán, con su fauna abundante y su territorio agreste, se convirtió en un coto de caza. Los oficiales y colonos británicos, aficionados a la caza mayor, venían a estas llanuras a cazar elefantes, leopardos, ciervos y aves, en una práctica que hoy resulta impensable pero que entonces era un pasatiempo habitual de la élite colonial. La presión de la caza sobre la fauna fue tal que, hacia fines del siglo XIX, empezó a surgir una preocupación por su conservación.
En 1900, las autoridades declararon el área de Yala como reserva de caza, un primer paso hacia la protección, aunque todavía ambiguo. El cambio decisivo llegó en 1938, cuando Yala fue proclamado parque nacional —junto con Wilpattu, en el noroeste—, convirtiéndose en uno de los dos primeros parques nacionales de Ceilán. Aquella declaración transformó el estatus del territorio: de coto donde se mataban animales a santuario donde se los protegía.
Ese giro formó parte de una toma de conciencia más amplia, en la primera mitad del siglo XX, sobre la necesidad de preservar la fauna y los ecosistemas de la isla frente a la caza y la expansión agrícola. Yala, con su extensión, su variedad de ambientes —sabana, monte, lagunas, costa— y su riquísima fauna, se convirtió en la joya de ese naciente sistema de áreas protegidas. El parque que hoy recorren los viajeros en busca de leopardos nació, así, de la decisión de dejar de cazarlos para empezar a cuidarlos.
Lo que catapultó a Yala a la fama internacional fue su leopardo. El leopardo de Sri Lanka es una subespecie propia de la isla, y en Yala —sobre todo en su Bloque 1— alcanza una de las densidades más altas del mundo. La razón es en parte ecológica: en Sri Lanka no hay tigres ni leones, así que el leopardo es el gran depredador de la cima de la cadena, sin competencia, lo que le permite moverse con relativa confianza y en gran número, y ser visto de día con más facilidad que en otros lugares del planeta.
A medida que crecía el turismo de naturaleza, en las últimas décadas del siglo XX y sobre todo en el XXI, Yala se consolidó como uno de los mejores destinos del mundo para intentar ver leopardos en libertad. Documentales, fotógrafos de fauna y guías especializados difundieron la imagen de estos felinos descansando en las ramas o cruzando los caminos de tierra del parque, y Yala se convirtió en sinónimo de safari en Sri Lanka. El Bloque 1, el más accesible y rico, pasó a recibir la mayor parte de los visitantes.
Ese éxito trajo, con el tiempo, un problema conocido: la masificación. En temporada alta, decenas de jeeps pueden agolparse alrededor de un leopardo avistado, generando ruido, estrés para el animal y una experiencia menos genuina. La gestión del parque y los debates sobre cómo limitar el número de vehículos, repartir la presión hacia otros bloques y parques (Bundala, Lunugamvehera, Udawalawe) y hacer el safari más respetuoso son parte del presente de Yala. El leopardo que dio fama al parque es también el que obliga a repensar cómo visitarlo.
El 26 de diciembre de 2004, el gran tsunami del océano Índico golpeó también la franja costera del Parque Nacional Yala, que se asoma al mar en su límite oriental. Las olas gigantes arrasaron parte de la costa del parque y destruyeron el hotel Yala Safari Beach, situado dentro de la zona, causando la muerte de decenas de personas, entre turistas y personal, en uno de los episodios de la tragedia dentro de un área natural protegida.
Un detalle de aquel día llamó la atención del mundo entero: en las horas posteriores al tsunami, los guardas del parque observaron que, pese a la devastación en la costa, apenas se encontraban cadáveres de grandes animales salvajes. Elefantes, ciervos y otras especies parecían haberse desplazado tierra adentro y hacia zonas más altas antes de que llegaran las olas. Aquello alimentó la idea, muy difundida, de que los animales habrían percibido de algún modo la catástrofe inminente y habrían huido a tiempo, un fenómeno que fascinó a científicos y público, aunque las explicaciones concretas siguen siendo objeto de estudio y cierta cautela.
El tsunami dejó una cicatriz en la costa del parque y en la memoria de la región del sureste, y hoy hay recordatorios de las víctimas. Para el visitante, es un contexto que conviene tener presente: la misma naturaleza que asombra en el safari mostró aquel día su cara más devastadora. La reconstrucción posterior y las medidas de seguridad forman parte de la historia reciente de Yala, un parque que combina la belleza de su fauna con el recuerdo de una de las mayores tragedias naturales de la historia de Sri Lanka.
El Parque Nacional Yala es hoy el buque insignia del turismo de naturaleza de Sri Lanka y uno de los grandes motores del turismo del sureste de la isla. Cada año, miles de visitantes de todo el mundo suben a los jeeps de safari desde Tissamaharama para adentrarse en sus llanuras, lagunas y bosques en busca del leopardo, los elefantes, los osos perezosos, los cocodrilos y la enorme variedad de aves que hacen de Yala uno de los parques más biodiversos del país.
Ese éxito plantea el desafío central del presente: cómo equilibrar la enorme afluencia de visitantes con la conservación de la fauna y los ecosistemas. La masificación del Bloque 1 en temporada alta, el comportamiento de algunos jeeps que compiten por acercarse a los animales, la presión sobre el entorno y el cierre estacional del parque para dar descanso a la fauna son temas de gestión permanente. Las autoridades y los operadores más responsables promueven repartir la presión hacia otros bloques y parques cercanos —Bundala, Lunugamvehera, Udawalawe— y respetar códigos de conducta con la fauna.
Para el viajero, visitar Yala de forma consciente marca la diferencia: madrugar, elegir operadores que respeten las distancias con los animales y no los acorralen, tener paciencia y disfrutar de toda la fauna, no solo del leopardo. Detrás de la emoción del safari hay un territorio con miles de años de historia —de los monasterios antiguos a los cotos de caza coloniales, de los primeros parques nacionales a la tragedia del tsunami— y un ecosistema valioso que el turismo puede ayudar a proteger o poner en riesgo, según cómo se lo trate. Yala es, en ese sentido, un espejo de los desafíos del turismo de naturaleza en todo el mundo.