La historia de Unawatuna empieza, como tantas cosas en Sri Lanka, con un mito. La colina boscosa de Rumassala, que cierra la bahía por el oeste y donde hoy brillan la Pagoda de la Paz y la escondida Jungle Beach, aparece en una de las leyendas más famosas del Ramayana, la gran epopeya india que impregna la geografía sagrada de la isla.
Cuenta el relato que, durante la guerra entre el príncipe Rama y el rey demonio Ravana —que reinaba en Lanka—, el hermano de Rama, Lakshmana, cayó gravemente herido en el campo de batalla. El único remedio era una hierba medicinal que solo crecía en una montaña del Himalaya. El dios-mono Hanuman voló hasta el norte de la India para buscarla, pero al no saber distinguir la planta exacta, decidió arrancar la montaña entera y traerla volando. En el camino de regreso, un trozo de aquella montaña cargada de hierbas se le habría desprendido y caído justo aquí, formando la colina de Rumassala. De ahí que el propio nombre 'Una-watuna' se interprete popularmente como 'aquí cayó' o 'aquí se posó'.
La leyenda tiene un eco curioso en la realidad: la colina de Rumassala es conocida por su vegetación singular y por albergar plantas medicinales poco comunes, algo que los lugareños atribuyen precisamente a las hierbas que Hanuman habría dejado caer. Más allá de la ciencia, el mito muestra hasta qué punto esta pequeña bahía del sur está tejida en el imaginario sagrado de la isla, mucho antes de convertirse en un destino de playa.
Dejando de lado la leyenda, durante la mayor parte de su historia Unawatuna fue lo que su geografía sugería: un tranquilo pueblo de pescadores y agricultores en la costa sur, a la sombra del gran puerto de Galle, a pocos kilómetros. Mientras Galle se llenaba de mercaderes árabes, portugueses y holandeses y se rodeaba de murallas, Unawatuna vivía del mar, de los cocoteros y de los arrozales, con un ritmo de vida que apenas cambió durante siglos.
La bahía protegida por su arrecife, tan valorada hoy por los bañistas, era antes sobre todo una ventaja para los pescadores: aguas calmas donde botar y varar las embarcaciones, y un mar rico frente a la costa. Los sucesivos dominios coloniales de la región —portugués, holandés y británico— giraron en torno a Galle y su fuerte; Unawatuna quedó al margen de las grandes disputas, como una aldea costera más del sur budista, con su templo, sus casas entre palmeras y su economía sencilla.
Esa condición de pueblo tranquilo y algo apartado explica por qué, cuando en el siglo XX empezó a llegar el turismo, Unawatuna conservaba todavía un encanto casi virgen. Su bahía de arena dorada y aguas mansas era exactamente lo que buscaban los primeros viajeros que, a partir de los años setenta, empezaron a recorrer Sri Lanka en busca de playas paradisíacas todavía no descubiertas. El pueblo estaba a punto de cambiar de rumbo.
A partir de las décadas de 1970 y 1980, Sri Lanka empezó a aparecer en el mapa de los viajeros que recorrían Asia, y la costa sur, con sus bahías de arena dorada, se convirtió en uno de sus grandes reclamos. Unawatuna, con su forma de herradura, su arrecife protector y sus aguas transparentes, fue una de las primeras playas en ser 'descubiertas'. Poco a poco, la aldea de pescadores fue sumando guesthouses sencillas, restaurantes de pescado, bares y comercios pensados para los recién llegados.
El crecimiento del turismo transformó la economía y el paisaje del pueblo. Donde antes había cocoteros y casas de pescadores fueron apareciendo alojamientos, cada vez más numerosos y variados, desde habitaciones familiares hasta pequeños hoteles. La fama de Unawatuna creció con los años hasta el punto de que distintas publicaciones y rankings de viajes la incluyeron entre las mejores playas del mundo, un sello que atrajo a todavía más visitantes y consolidó su desarrollo.
Ese éxito tuvo, como siempre, dos caras. Por un lado convirtió a Unawatuna en un destino próspero, animado y muy querido por los viajeros, con una oferta enorme para todos los bolsillos. Por otro, la construcción intensa junto a la playa, la presión sobre el arrecife y los problemas de erosión de la arena empezaron a plantear dudas sobre la sostenibilidad de tanto crecimiento en un espacio tan pequeño. La bahía perfecta de los folletos convivía ya con las tensiones de un destino turístico maduro. Y entonces llegó el mar.
El 26 de diciembre de 2004, un terremoto submarino frente a Sumatra desató el gran tsunami del océano Índico, una de las catástrofes naturales más mortíferas de la historia reciente. Las olas gigantes cruzaron el océano y golpearon con fuerza devastadora la costa sur y este de Sri Lanka. Unawatuna, como toda la región de Galle, sufrió el impacto de lleno: la bahía abierta al mar dejó pasar el agua, que arrasó la primera línea de la playa, destruyó viviendas, guesthouses y restaurantes y se cobró vidas en la comunidad.
La reconstrucción de los años siguientes fue larga y no estuvo exenta de polémica. Se levantaron de nuevo los alojamientos y comercios, y hubo debates sobre la distancia a la que se podía construir respecto del mar, sobre la erosión de la arena y sobre cómo reconstruir de forma más segura y ordenada. Con el tiempo, Unawatuna recuperó su actividad turística y volvió a llenarse de viajeros, aunque su fisonomía —el ancho de la playa, la línea de edificios— fue cambiando respecto de la de antes de la catástrofe.
El tsunami dejó una huella profunda en la memoria de toda la costa sur, y en muchos pueblos hay monumentos y recordatorios de aquel día. Para el viajero, es un contexto importante para entender la zona: detrás de la imagen relajada de la playa hay una comunidad que reconstruyó su vida tras una tragedia enorme. Esa resiliencia forma parte, aunque no se vea, del carácter del lugar.
La Unawatuna actual es uno de los destinos de playa más populares y consolidados de Sri Lanka. Su bahía de arena dorada sigue atrayendo a viajeros de todo el mundo, desde mochileros que recorren la costa sur con la mochila al hombro hasta familias y parejas que buscan unos días de mar tranquilo, buena comida y ambiente relajado. La oferta es enorme: guesthouses familiares, hostels con onda viajera, hoteles boutique, restaurantes de pescado casi al borde del agua y bares de atardecer.
Alrededor de la playa central, la zona conserva rincones de gran belleza: la Pagoda de la Paz japonesa en lo alto de Rumassala, con sus vistas al mar y a Galle; la escondida Jungle Beach; los senderos de la colina; y la cercanía inmejorable del Fuerte de Galle, a apenas diez minutos. Todo eso hace de Unawatuna una base ideal para explorar toda la costa sur, de Weligama a Mirissa, combinando historia colonial, playas, surf y avistaje de ballenas.
El gran desafío del presente es el de tantos destinos exitosos: equilibrar el turismo con la salud de la propia playa. La erosión de la arena, la presión sobre el arrecife y la densidad de construcción son temas que la comunidad y las autoridades siguen tratando de manejar. Para el viajero, Unawatuna ofrece lo mejor de la costa sur —mar tibio, atardeceres, pescado fresco y buena onda— con la conciencia de estar en un lugar que, de aldea de pescadores a playa de fama mundial, ha vivido en pocas décadas una transformación enorme, y que sigue buscando su equilibrio entre el mar de siempre y el turismo de hoy.