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Historia de Polonnaruwa

La capital que nació de una caída

Polonnaruwa existe porque Anuradhapura cayó. Durante casi mil quinientos años, el corazón de Sri Lanka había latido en la vieja ciudad santa del norte, con sus estupas colosales y su árbol sagrado. Pero a finales del siglo X y comienzos del XI, el poderoso imperio Chola, del sur de la India, lanzó grandes campañas contra la isla, conquistó y saqueó Anuradhapura y sometió buena parte del territorio a su dominio. Los invasores, buscando una capital mejor situada para controlar el país y defenderse, trasladaron el centro del poder más al sureste, a un lugar llamado Polonnaruwa, junto a un gran embalse y en una posición más estratégica.

Durante décadas, Polonnaruwa fue una capital bajo dominio extranjero, sede del gobierno Chola en la isla. Pero la resistencia cingalesa no cesó. A mediados del siglo XI, el rey Vijayabahu I, tras una larga lucha, logró expulsar a los Chola y reunificar el reino bajo mando cingalés. En lugar de volver a la arrasada Anuradhapura, mantuvo la capital en Polonnaruwa, que quedó así consagrada como la nueva sede del poder de la isla. Empezaba una nueva era.

Este origen marca el carácter de Polonnaruwa: es una ciudad más joven que Anuradhapura, nacida de la guerra y la reconquista, construida en gran parte de una vez, con una planificación más unitaria. Por eso su conjunto arqueológico resulta hoy más compacto y coherente que el disperso mosaico de Anuradhapura, acumulado a lo largo de siglos. Polonnaruwa es la obra concentrada de apenas dos siglos, pero qué dos siglos: los de su edad de oro, que llegaría con un rey excepcional.

Parakramabahu el Grande: el rey del agua y la piedra

La figura que definió Polonnaruwa fue el rey Parakramabahu I, que reinó entre 1153 y 1186 y pasó a la historia como uno de los más grandes soberanos de Sri Lanka. Llegó al trono tras años de luchas internas, unificó la isla bajo su cetro y lanzó un ambicioso programa de construcción y de expansión que convirtió a Polonnaruwa en una capital monumental y a su reino en una potencia regional, con expediciones incluso hacia Birmania y el sur de la India.

Parakramabahu es recordado sobre todo por dos obsesiones: el agua y la piedra. La primera se resume en una máxima que se le atribuye y que define toda la civilización hidráulica cingalesa: que ni una sola gota de lluvia debía llegar al mar sin haber servido antes al ser humano. Fiel a ese principio, mandó construir y reparar cientos de embalses y canales, y su obra cumbre fue el Parakrama Samudra, el 'mar de Parakrama', un embalse artificial descomunal que unió y amplió varios anteriores y que todavía hoy, ocho siglos después, riega los arrozales de la región. Es una de las mayores obras de ingeniería hidráulica de la Antigüedad.

La segunda obsesión, la piedra, se ve en la ciudad que levantó: un palacio real que las crónicas describen de siete pisos y mil habitaciones, salas de consejo con frisos de elefantes, templos, monasterios, estanques reales, jardines y estupas. Bajo su patrocinio y el de sus sucesores, los artistas de Polonnaruwa alcanzaron cotas sublimes, como las imágenes de Buda talladas en la roca de Gal Vihara, obras maestras absolutas del arte asiático. En apenas una generación, Parakramabahu transformó una capital heredada en una de las grandes ciudades del mundo medieval.

Nissanka Malla, el Cuadrángulo y el genio artístico

Tras la muerte de Parakramabahu, el trono pasó por manos inestables hasta llegar a Nissanka Malla, que reinó a finales del siglo XII y continuó, aunque con menos medios, la tradición constructora de su predecesor. Nissanka Malla fue un rey preocupado por su propia gloria y por dejar constancia de sus obras: mandó grabar inscripciones por toda la ciudad ensalzando sus méritos, entre ellas el Gal Pota o 'libro de piedra', una colosal losa de granito de unos nueve metros cubierta de texto, la mayor inscripción del país, que proclama sus virtudes y hazañas.

A él y a su época se debe buena parte del refinado conjunto del Cuadrángulo (Dalada Maluwa), la terraza sagrada que concentra los edificios más exquisitos de Polonnaruwa. Allí se custodió la reliquia del diente de Buda —el gran objeto de legitimación del poder real en la isla, que hoy está en Kandy—, y por eso se levantaron relicarios y templos de una delicadeza extraordinaria: el Vatadage circular con sus budas orientados a los cuatro puntos cardinales, el Hatadage, el curioso Satmahal Prasada escalonado que recuerda a los templos del sudeste asiático, el pabellón de columnas en forma de loto. En pocos metros se despliega lo mejor de la arquitectura cingalesa medieval.

El arte de Polonnaruwa mezcla la tradición budista cingalesa con influencias del sur de la India, fruto de siglos de contacto —a veces bélico, a veces cultural— con los reinos vecinos. Esa síntesis produjo obras únicas: las estupas macizas como Rankoth Vehera, las monumentales casas de imágenes como Lankatilaka, con sus muros altísimos y sus gigantescos budas, los frescos de Thivanka y, por encima de todo, Gal Vihara. Fue un florecimiento breve pero deslumbrante, la última gran edad clásica de la civilización cingalesa antigua.

La decadencia: invasiones, malaria y el fin de la capital

La gloria de Polonnaruwa fue tan intensa como fugaz. Tras la muerte de Nissanka Malla, a comienzos del siglo XIII, el reino entró en una espiral de inestabilidad: luchas por la sucesión, reyes efímeros y una creciente debilidad frente a las amenazas externas. En 1215, una invasión desde el sur de la India, encabezada por un caudillo llamado Magha de Kalinga, cayó sobre Polonnaruwa con especial violencia, saqueando la ciudad, destruyendo templos y sometiendo a la población a un dominio brutal que la tradición recuerda con horror. Fue un golpe del que la ciudad no se recuperó.

A las invasiones se sumaron otros factores. El sofisticado sistema de embalses y canales que sostenía la agricultura y la vida de la zona seca requería una autoridad central fuerte y un mantenimiento constante; cuando el poder se debilitó y las guerras se sucedieron, la red hidráulica empezó a deteriorarse. El descuido de los embalses y canales, además, favoreció el estancamiento del agua y la proliferación de la malaria, que volvió insalubre la región. Poco a poco, la vida se hizo inviable en la antigua capital.

Como había ocurrido antes con Anuradhapura, el centro del poder cingalés se desplazó, esta vez hacia el suroeste de la isla, a regiones más húmedas, montañosas y defendibles, más lejos del alcance de los invasores del norte. Sucesivas capitales —Dambadeniya, Yapahuwa, Gampola, Kotte y finalmente Kandy— marcaron ese repliegue hacia el interior y el sur. Polonnaruwa, abandonada, fue engullida por la jungla de la zona seca. Sus palacios, sus estupas y sus budas de piedra quedaron en silencio, ocultos bajo la vegetación, durante siglos.

Redescubrimiento, Patrimonio de la Humanidad y presente

Como tantas glorias perdidas de la isla, Polonnaruwa fue rescatada del olvido en la época colonial y, sobre todo, a lo largo del siglo XX. Arqueólogos y equipos de conservación desbrozaron la selva, identificaron y estudiaron los monumentos, consolidaron las estupas y las casas de imágenes, y devolvieron a la luz el trazado de la ciudad medieval. Las excavaciones confirmaron la magnitud de lo que había sido Polonnaruwa y la calidad excepcional de su arte, con Gal Vihara como joya indiscutible.

En 1982, la Unesco inscribió la 'Ciudad Antigua de Polonnaruwa' en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su valor como testimonio de la civilización cingalesa en su apogeo medieval y como uno de los conjuntos arqueológicos mejor conservados del sur de Asia. Hoy, la ciudad antigua es un parque arqueológico compacto y bien cuidado, ideal para recorrer en bicicleta entre las ruinas, los árboles y las orillas del gran embalse que Parakramabahu mandó construir.

Y es que esa es, quizá, la mayor lección de Polonnaruwa: la continuidad. El Parakrama Samudra, la obra hidráulica del rey del siglo XII, sigue funcionando y regando los arrozales de la región ocho siglos después; los campesinos de hoy cosechan el arroz gracias al agua que embalsó un rey medieval. Las estupas, el palacio y los budas de piedra hablan de una edad de oro que se apagó pronto, pero el embalse habla de algo que perdura. Para el viajero, pedalear al atardecer entre las ruinas de Polonnaruwa, con Gal Vihara todavía grabado en la retina y el 'mar de Parakrama' brillando al fondo, es asomarse a la vez a la grandeza y a la fragilidad de las civilizaciones: cómo una ciudad esplendorosa puede alzarse y caer en apenas dos siglos, y cómo, sin embargo, algo de su genio sigue dando vida a la tierra.

📚 Bibliografía

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