Para entender Jaffna hay que empezar por algo que muchos ignoran: durante siglos, el norte de Sri Lanka fue un reino tamil independiente. El reino de Jaffna (o reino de Arya Chakravarti) surgió en el siglo XIII y gobernó la península y buena parte del norte de la isla hasta comienzos del siglo XVII. Su capital estuvo en Nallur, hoy un barrio de Jaffna, donde se levantaban el palacio real y el gran templo de Kandaswamy, dedicado al dios Murugan.
El reino tamil del norte tenía una identidad propia: lengua tamil, religión mayoritariamente hindú, estrechos vínculos culturales y comerciales con el sur de la India —de donde procedía en buena parte su población y sus dinastías— y una economía basada en el comercio (perlas, telas, elefantes), la agricultura y la pesca en una tierra de suelo pobre pero laboriosa. Convivía, no sin conflictos, con los reinos cingaleses y budistas del centro y el sur de la isla.
Esa condición de reino tamil independiente durante varios siglos es una clave histórica fundamental para comprender el presente de Jaffna y del norte: la identidad tamil de la región no es un fenómeno reciente, sino que hunde sus raíces en un pasado de soberanía propia. Cuando, siglos después, se hablara de la cuestión tamil en Sri Lanka, esa memoria de un reino y una cultura distintos estaría siempre, de un modo u otro, presente. Pero antes, el reino de Jaffna caería, como toda la isla, bajo el avance de las potencias coloniales europeas.
El fin del reino de Jaffna llegó de la mano de los portugueses. Tras varias campañas a lo largo del siglo XVI y comienzos del XVII, los portugueses conquistaron el reino: hacia 1619-1621 ocuparon la península, capturaron al último rey y pusieron fin a siglos de soberanía tamil en el norte. La familia real fue llevada a Goa, y a los cautivos se les ofreció la conversión al catolicismo. Los portugueses destruyeron el antiguo templo de Nallur y otros santuarios hindúes, e impulsaron la evangelización; de aquella época data la presencia cristiana tamil que todavía existe en la región.
Para consolidar su dominio, los portugueses construyeron una fortaleza en Jaffna hacia 1618-1625. Pero su dominio fue relativamente breve: en 1658, en el marco de sus guerras contra Portugal, los holandeses de la Compañía de las Indias Orientales (VOC) tomaron Jaffna. Los holandeses ampliaron y reforzaron la fortaleza hasta convertirla en el Fuerte de Jaffna, una imponente fortificación en forma de estrella, con murallas de coral y piedra y un foso, la segunda mayor de la isla después de la de Galle.
Bajo dominio holandés, y luego británico, Jaffna siguió siendo el centro de la vida tamil del norte. Los holandeses gobernaron la península durante más de un siglo, dejando su huella en el fuerte, en algunos edificios y en curiosidades como los caballos y el baobab que llevaron a la isla de Delft. La caída del reino y la construcción del gran fuerte marcaron el paso de Jaffna de capital de un reino independiente a plaza colonial, un cambio que preparó el terreno para la etapa británica y para las tensiones del siglo XX.
En 1796, los británicos arrebataron el norte a los holandeses, y en 1815 completaron el control de toda la isla, que quedó unificada por primera vez bajo un solo poder colonial: la Ceilán británica. La península de Jaffna, de suelo pobre y clima seco, desarrolló bajo dominio británico una fuerte tradición educativa, impulsada en parte por las misiones cristianas, que fundaron escuelas de prestigio. Como consecuencia, muchos tamiles del norte accedieron a la educación y ocuparon puestos en la administración y las profesiones liberales de toda la colonia, en una proporción alta respecto de su número.
Ese relativo protagonismo de la minoría tamil en la administración colonial generaría, con el tiempo, resentimientos. Tras la independencia de Ceilán en 1948, y a medida que la mayoría cingalesa afirmaba su predominio en el nuevo Estado, una serie de políticas fueron percibidas por la comunidad tamil como discriminatorias: la ley que hizo del cingalés la única lengua oficial en 1956 (relegando al tamil), los sistemas de acceso a la universidad que perjudicaban a los estudiantes tamiles, y otras medidas en materia de empleo, tierras y representación política.
Estas tensiones fueron creciendo a lo largo de las décadas de 1950, 1960 y 1970, con episodios de violencia intercomunitaria y una creciente frustración en el norte tamil, donde Jaffna era el centro político y cultural. De la reivindicación de igualdad de derechos se pasó, en sectores tamiles, a la demanda de autonomía y, finalmente, de un Estado independiente (Tamil Eelam) en el norte y el este. En ese caldo de cultivo, y en la propia Jaffna, empezaron a surgir a partir de los años setenta los primeros grupos armados separatistas. El país se acercaba, sin saberlo del todo, al abismo de la guerra.
Esta sección trata, con la debida sobriedad y sin sensacionalismo, uno de los capítulos más dolorosos de la historia reciente de Sri Lanka. Las tensiones entre el Estado, de mayoría cingalesa, y la minoría tamil desembocaron en una larga guerra civil que se extendió entre 1983 y 2009, y en la que Jaffna, como corazón político y cultural del norte tamil, ocupó un lugar central y sufrió enormemente.
Un hito previo especialmente doloroso fue la quema de la Biblioteca Pública de Jaffna en 1981, cuando una de las mayores bibliotecas de Asia, con decenas de miles de libros y manuscritos irremplazables de la cultura tamil, fue incendiada; el hecho se convirtió en un símbolo del ataque a la memoria y la identidad de un pueblo. En julio de 1983, un estallido de violencia contra la población tamil en Colombo y otras zonas —conocido como el 'Julio Negro' (Black July)— dejó miles de muertos y marcó el comienzo de la guerra abierta. El principal grupo separatista, los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), tomó las armas por un Estado tamil independiente.
Durante el conflicto, Jaffna cambió de manos varias veces: estuvo controlada por el LTTE, fue escenario de la intervención de una fuerza de paz india (IPKF) a fines de los años ochenta, y fue retomada por el ejército de Sri Lanka en 1995, entre combates, asedios y desplazamientos masivos de su población civil. La guerra, en la que se cometieron graves abusos y sufrieron sobre todo los civiles de ambas comunidades, terminó en 2009 con la derrota militar del LTTE en el noreste de la isla, tras una fase final especialmente sangrienta. El costo humano fue enorme: decenas de miles de muertos y una sociedad profundamente marcada. Jaffna quedó devastada, física y humanamente, al término de casi tres décadas de conflicto.
Más de una década y media después del fin de la guerra, Jaffna vive un lento pero constante proceso de reconstrucción, reapertura y reencuentro. La ciudad, que durante el conflicto estuvo prácticamente cerrada al resto del país y al mundo, se ha ido reconectando: la línea de tren del norte fue reconstruida, la carretera A9 volvió a unir el norte con el centro, y poco a poco han regresado desplazados, ha renacido la actividad económica y ha empezado a llegar el turismo.
Los símbolos de esa renovación están a la vista. La Biblioteca Pública, incendiada en 1981, fue reconstruida y reabierta, y hoy es a la vez una biblioteca en funcionamiento y un monumento a la memoria y la resiliencia. El Fuerte de Jaffna, dañado por los combates, ha sido parcialmente restaurado. El gran templo de Nallur volvió a llenarse de peregrinos, y su festival de agosto reúne de nuevo a cientos de miles de fieles. La vida tamil del norte —su lengua, su religión, su gastronomía única— sigue vibrante y orgullosa.
Las heridas, sin embargo, no están del todo cerradas. Persisten los debates sobre la reconciliación, la justicia, la memoria de las víctimas de todas las comunidades, los desaparecidos y el grado de autonomía del norte y el este, en un país que todavía procesa su pasado reciente. Para el viajero que llega a Jaffna, todo esto forma parte del contexto: se visita una ciudad de enorme autenticidad, hospitalaria y fascinante, que reconstruye su vida sobre una historia de siglos de identidad tamil y de décadas de sufrimiento. Conocerla con respeto, sensibilidad y curiosidad —y con estas páginas de historia como telón de fondo— es la mejor manera de honrar lo que Jaffna fue, lo que sufrió y lo que hoy, con dignidad, vuelve a ser.