Viajá con Gus
InicioSri LankaAnuradhapuraHistoria
Historia · origen · formación

Historia de Anuradhapura

Donde nació un reino: la primera capital de la isla

Antes de Sigiriya, antes de Polonnaruwa, antes de Kandy, hubo Anuradhapura. Fue la primera gran capital de Sri Lanka y una de las ciudades continuamente habitadas más importantes del mundo antiguo, el lugar donde se forjó la identidad cingalesa y budista de la isla. Su historia se remonta a los albores de la civilización de Sri Lanka: la tradición atribuye su fundación como sede real al rey Pandukabhaya, hacia el siglo IV a.C., que la habría establecido como su capital y organizado su trazado, sus barrios y sus estanques. El nombre vendría de un antiguo asentamiento ligado a un ministro llamado Anuradha y a una constelación.

Anuradhapura no surgió en cualquier lugar, sino en el corazón de la zona seca del centro-norte de la isla, una llanura de suelo fértil pero de lluvias estacionales. Allí, los antiguos cingaleses desarrollaron una de las civilizaciones hidráulicas más sofisticadas de la Antigüedad: una red de embalses artificiales gigantescos (los 'tanques' o wewa) y canales que almacenaban el agua del monzón para regar los arrozales durante todo el año. Sobre esa base agrícola próspera se levantó el poder de la ciudad. Aún hoy, los grandes lagos que rodean Anuradhapura —Tissa Wewa, Nuwara Wewa, Basawakkulama— son herederos de aquella ingeniería milenaria.

Durante los siglos siguientes, Anuradhapura creció hasta convertirse en una metrópolis de calles, palacios, monasterios, hospitales y mercados, con una población numerosa y contactos comerciales con la India, China, Roma y el mundo árabe. Fue capital durante casi mil quinientos años, un récord de longevidad que pocas ciudades pueden igualar. Pero lo que la transformó de gran ciudad en ciudad sagrada fue un acontecimiento espiritual: la llegada del budismo.

El día que la isla se hizo budista: Mahinda y el árbol Bodhi

El acontecimiento decisivo de la historia de Anuradhapura —y de todo Sri Lanka— ocurrió en el siglo III a.C., durante el reinado de Devanampiya Tissa. En aquella época gobernaba en la India el emperador Ashoka, uno de los soberanos más poderosos de la Antigüedad, que tras una guerra sangrienta se había convertido al budismo y se había propuesto difundir sus enseñanzas. Ashoka envió a misioneros a distintas tierras, y a la isla de Sri Lanka mandó a su propio hijo, el monje Mahinda.

Según la tradición, recogida en las crónicas cingalesas como el Mahavamsa, Mahinda se encontró con el rey Devanampiya Tissa en la colina de Mihintale, a las afueras de Anuradhapura, mientras el monarca estaba de cacería. Allí, el monje puso a prueba la inteligencia del rey con un célebre acertijo sobre un árbol de mango y luego le expuso la doctrina de Buda. El rey se convirtió, y con él, poco a poco, toda la corte y el pueblo. Ese encuentro en Mihintale es considerado el nacimiento del budismo en la isla, una religión que Sri Lanka abrazó con tal fuerza que se convirtió en uno de los grandes bastiones del budismo Theravada en el mundo, y lo sigue siendo hasta hoy.

Poco después llegó a Anuradhapura otro tesoro imperecedero: un esqueje del árbol Bodhi de Bodh Gaya, en la India, el mismísimo árbol bajo el cual Buda había alcanzado la iluminación. Lo trajo la monja Sanghamitta, hija de Ashoka y hermana de Mahinda, y se plantó en la ciudad, donde arraigó. Ese árbol, el Sri Maha Bodhi, sigue vivo dos mil trescientos años después: es el árbol plantado por seres humanos más antiguo del mundo con una historia documentada de forma continua, y uno de los objetos de culto más venerados del budismo. Con Mahinda y con el árbol, Anuradhapura dejó de ser solo una capital para convertirse en una ciudad santa.

La edad de oro: Dutugemunu, las grandes estupas y los monasterios

Los siglos siguientes fueron la edad de oro de Anuradhapura. Uno de sus episodios más célebres es la epopeya del rey Dutugemunu (Dutthagamani), en el siglo II a.C. En aquel tiempo, buena parte del norte de la isla, incluida Anuradhapura, estaba bajo el dominio de un rey del sur de la India, Elara, recordado por la propia tradición cingalesa como un gobernante justo pese a ser extranjero. Dutugemunu, príncipe del sur de la isla, encabezó una larga campaña para expulsar a los invasores y unificar Sri Lanka bajo un solo cetro cingalés y budista. Tras derrotar y dar muerte a Elara en combate, la tradición cuenta que Dutugemunu le rindió honores fúnebres, en un gesto de respeto que quedó grabado en la memoria de la isla. Su victoria, narrada con épica en el Mahavamsa, lo convirtió en un héroe nacional.

Dutugemunu y sus sucesores volcaron la riqueza del reino en grandes obras religiosas. Levantaron estupas colosales para guardar reliquias del Buda: Dutugemunu inició la magnífica Ruwanwelisaya, la gran cúpula blanca rodeada de elefantes de piedra. Otros reyes construyeron dagobas todavía más grandes: Jetavanaramaya, del siglo III d.C., alcanzó unos 120 metros de altura y fue, en su día, la estructura de ladrillo más alta del mundo y una de las construcciones más altas de toda la Antigüedad, solo superada por las pirámides de Egipto. Abhayagiri rivalizaba con ella en tamaño y era el centro de un inmenso monasterio.

Porque Anuradhapura fue, sobre todo, una ciudad de monasterios. Grandes complejos como el Mahavihara, Abhayagiri y Jetavana albergaban a miles de monjes y funcionaban como universidades del budismo, que atraían a estudiantes y peregrinos de toda Asia. El monje chino Faxian, que visitó la ciudad hacia el año 410, describió sus miles de religiosos, sus procesiones y su esplendor. Junto a las estupas y los monasterios florecieron el arte —las finísimas piedras de luna, la serena estatua del Buda Samadhi—, la escultura, la pintura y la ingeniería hidráulica. Anuradhapura estaba en la cumbre.

Las invasiones, la caída y el silencio de la selva

Ninguna gloria dura para siempre. A lo largo de su milenio y medio de historia, Anuradhapura sufrió periódicamente las invasiones de los reinos del sur de la India, atraídos por su riqueza. La ciudad fue saqueada y recuperada varias veces, y los reyes cingaleses tuvieron que reconstruirla y defenderla una y otra vez. Pero el golpe decisivo llegó alrededor del cambio de milenio, cuando el poderoso imperio Chola, del sur de la India, lanzó grandes campañas contra la isla. Hacia finales del siglo X y comienzos del XI, los Chola conquistaron y saquearon Anuradhapura y sometieron buena parte de la isla a su dominio.

Debilitada, saqueada y expuesta, Anuradhapura dejó de ser viable como capital. Cuando los reyes cingaleses, encabezados por Vijayabahu I, lograron finalmente expulsar a los Chola en el siglo XI, no volvieron a instalar la corte en la vieja ciudad santa, sino que trasladaron la capital más al sureste, a Polonnaruwa, mejor situada para defenderse y controlar el territorio. Anuradhapura, tras casi mil quinientos años como corazón de la isla, quedó relegada.

Con el traslado del poder y el desplazamiento del centro de la civilización hacia el sur, la vieja capital se fue vaciando. Los monasterios se despoblaron, los grandes embalses se descuidaron, y poco a poco la selva de la zona seca fue reconquistando las estupas, los palacios y los estanques. Durante siglos, Anuradhapura fue una ciudad casi fantasma, cubierta de vegetación, habitada apenas por algunos monjes y aldeanos y visitada por peregrinos que nunca dejaron del todo de venerar el árbol Bodhi y las grandes dagobas. La metrópolis que había asombrado a los viajeros chinos dormía bajo el bosque.

Redescubrimiento, Patrimonio de la Humanidad y ciudad sagrada viva

El 'redescubrimiento' de Anuradhapura para el mundo moderno llegó en el siglo XIX, durante el dominio británico de Ceilán. Exploradores, funcionarios coloniales y arqueólogos se adentraron en la jungla, identificaron las colosales estupas cubiertas de vegetación, midieron las ruinas, desenterraron esculturas e inscripciones y empezaron a reconstruir la historia de la antigua capital a partir de las crónicas cingalesas. A lo largo del siglo XX, extensas campañas de excavación y de restauración sacaron a la luz la magnitud del sitio: las grandes dagobas fueron consolidadas y en parte reconstruidas, se despejaron los monasterios y se recuperó buena parte del trazado de la ciudad antigua.

En 1982, la Unesco inscribió la 'Ciudad Sagrada de Anuradhapura' en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su valor excepcional como testimonio de una civilización desaparecida y como uno de los grandes centros del budismo antiguo. Hoy, la ciudad antigua es un enorme parque arqueológico de varios kilómetros, con sus estupas restauradas, sus monasterios en ruinas, sus estanques y sus museos, rodeado por los mismos lagos milenarios que dieron vida a la civilización que la construyó.

Pero lo que hace singular a Anuradhapura es que no es solo un yacimiento: es un lugar de culto plenamente vivo. El árbol Sri Maha Bodhi y las grandes dagobas de Ruwanwelisaya y Thuparamaya reciben cada día a miles de peregrinos vestidos de blanco que rezan, ofrecen flores y encienden lámparas, exactamente como se hacía hace dos mil años. En los días de luna llena, la ciudad santa se llena de una devoción sobrecogedora. Para el viajero, esa continuidad ininterrumpida —la sensación de pisar el mismo suelo sagrado que los reyes que abrazaron el budismo, y de ver el mismo árbol que ellos veneraron— es la esencia de Anuradhapura: no una ciudad muerta, sino la raíz viva de toda una nación.

📚 Bibliografía

← Volver a la guía de Anuradhapura