Antes de ser la playa más turística de Seychelles, Beau Vallon fue durante siglos una tranquila bahía de la costa noroeste de Mahé, dedicada a la pesca y al cultivo del cocotero. Su nombre francés —'bello valle'— describe el anfiteatro de colinas verdes que rodea la arena, un rincón especialmente resguardado y fértil de la isla. Cuando los franceses empezaron a colonizar Mahé a partir de 1770, repartieron estas tierras en concesiones para plantaciones, y la costa se pobló de cocoteros, cuya copra (pulpa seca del coco) fue durante mucho tiempo uno de los grandes productos de exportación del archipiélago.
La vida en Beau Vallon giraba en torno al mar y a la tierra: familias criollas de pescadores que salían en sus pirogas a buscar atún, pargo y pulpo, y trabajadores de las plantaciones de coco, canela y vainilla que cubrían las laderas. La bahía, amplia y de aguas calmas, era un fondeadero natural y un buen punto de desembarco, protegido del oleaje que castiga otras costas de la isla. Casas criollas de madera y techos de hojas de palma salpicaban la orilla y el interior del valle.
Esa Seychelles rural y aislada cambió poco durante casi dos siglos. Sin aeropuerto ni turismo, las islas vivían de la agricultura de plantación y de la pesca, con Victoria como único centro urbano a pocos kilómetros. Beau Vallon era simplemente la playa cercana a la capital, un lugar de baño para los habitantes de Mahé y de faena para sus pescadores, sin nada que anticipara su futuro papel como escaparate turístico del país.
La costa noroeste de Mahé, y en especial el pueblo vecino de Bel Ombre, está envuelta en una de las leyendas más famosas del océano Índico: la del tesoro del corsario francés Olivier Levasseur, apodado 'La Buse', el ratonero. Durante el siglo XVIII, las aguas de Seychelles —entonces deshabitadas y sin ley— eran refugio de piratas y corsarios que asaltaban los ricos barcos que iban y venían de la India. Levasseur fue uno de los más temidos, célebre por el asalto en 1721 a un galeón portugués cargado de un botín fabuloso.
Capturado años después, La Buse fue ahorcado en la isla de Reunión en 1730. La leyenda cuenta que, subido al patíbulo, arrojó a la multitud un collar con un criptograma de 17 líneas y gritó: '¡Mi tesoro para quien sepa entenderlo!'. Desde entonces, generaciones de buscadores han tratado de descifrar el mensaje, convencidos de que el botín está enterrado en algún lugar de la costa de Mahé, muy probablemente en las playas de Bel Ombre, junto a Beau Vallon.
El más famoso de esos cazadores de tesoros fue el británico Reginald Cruise-Wilkins, que a partir de los años cuarenta pasó décadas excavando y estudiando las formaciones rocosas de Bel Ombre, guiándose por claves masónicas y mitológicas. Murió sin encontrar nada, y su hijo continuó la búsqueda. El tesoro de La Buse nunca apareció —si es que existió—, pero la leyenda sigue viva y le da a esta costa tranquila un aura de misterio que forma parte de su encanto.
El gran cambio en la historia de Beau Vallon llegó con la apertura, en 1971, del Aeropuerto Internacional de Seychelles, construido sobre terrenos ganados al mar cerca de Victoria. Hasta entonces, llegar a las islas exigía días de navegación, y el turismo era prácticamente inexistente. La conexión aérea con el mundo transformó de golpe la economía del país y abrió las puertas a los primeros visitantes internacionales, atraídos por unas playas que empezaban a aparecer en revistas como el paraíso definitivo.
Beau Vallon, por su cercanía a Victoria, su amplitud, su seguridad para el baño y su belleza, fue una de las primeras playas en desarrollarse. En los años setenta abrieron los hoteles pioneros del turismo seychellense —el Coral Strand entre ellos—, y la bahía se convirtió en el escaparate de la nueva industria. La combinación de arena dorada, aguas calmas y atardeceres espectaculares hizo de Beau Vallon la imagen de postal con la que Seychelles empezó a venderse al mundo.
El desarrollo turístico convivió con la vida local: los pescadores siguieron saliendo al mar y las familias criollas conservaron sus casas, mientras crecían hoteles, restaurantes y centros de buceo. A diferencia de otras playas del país, que se mantuvieron salvajes o quedaron dentro de resorts exclusivos, Beau Vallon se consolidó como una playa 'pública y viva', donde se mezclan turistas y seychellenses, un rasgo que conserva hasta hoy y que la distingue del resto.
Hoy Beau Vallon es el mayor polo turístico de Mahé y una de las playas más conocidas de todo el océano Índico. Concentra grandes resorts, hoteles medianos, guesthouses criollas, restaurantes, pizzerías y varios centros de buceo que la han convertido en la capital del submarinismo de la isla principal. Es el punto de partida de inmersiones a arrecifes y pecios, de excursiones de snorkel al cercano Parque Marino de Baie Ternay y de salidas de pesca deportiva por las que Seychelles es célebre.
A pesar de su desarrollo, Beau Vallon conserva su carácter de playa popular y sociable. Los seychellenses siguen bajando a bañarse y a ver el atardecer, y dos veces por semana la arena se llena con el 'Bazar Labrin', el mercado nocturno de comida criolla, artesanía y música que es uno de los grandes planes de Mahé. Esa mezcla de turismo internacional y vida local le da un ambiente distinto al de las playas más exclusivas y aisladas del país.
Como toda Seychelles, Beau Vallon vive pendiente de su naturaleza: la salud de los arrecifes de coral —afectados por episodios de blanqueamiento en 1998 y 2016 por el calentamiento del mar—, la erosión de la playa y el equilibrio entre desarrollo y conservación. Sigue siendo, sin embargo, el lugar donde muchos viajeros descubren el mar de Seychelles y establecen su base para explorar Mahé, fiel a su vocación de puerta de entrada al archipiélago que ostenta desde los inicios del turismo.