La belleza inconfundible de Anse Lazio nace de la geología única de Seychelles. Las islas interiores del archipiélago —Mahé, Praslin, La Digue— no son volcánicas ni coralinas como la mayoría de las islas oceánicas, sino de granito: fragmentos de corteza continental antiquísima, de unos 750 millones de años, que pertenecieron al supercontinente de Gondwana. Cuando ese bloque se fracturó y la India se separó rumbo a Asia, un pedazo quedó aislado en el océano Índico, formando el 'microcontinente' de las Seychelles.
Por eso las playas de Praslin, y muy especialmente Anse Lazio, están enmarcadas por esas espectaculares rocas de granito rosado y gris, redondeadas y pulidas por millones de años de erosión del viento y el agua. Esos bloques monumentales, que parecen esculturas colocadas a propósito en los extremos de la bahía, son el sello visual de Seychelles y lo que distingue sus playas de cualquier otra del mundo tropical. La arena blanca, formada por la erosión del coral y del propio granito, completa el cuadro.
Anse Lazio combina esos elementos geológicos con una orientación afortunada: mirando al norte-noroeste, queda protegida de los vientos del alisio del sureste, lo que le da aguas más calmas y transparentes buena parte del año. La ausencia de un arrecife justo enfrente hace que el agua se vuelva profunda cerca de la orilla, ideal para nadar. Es la combinación perfecta de granito antiguo, arena blanca y agua turquesa lo que ha hecho de esta playa una de las más admiradas del planeta.
Anse Lazio forma parte de Praslin, una isla cuya historia temprana está ligada a dos grandes temas: el misterio del coco de mer y la presencia de piratas. Antes de tener nombre europeo, Praslin era conocida como 'Île des Palmes', la Isla de las Palmeras, por sus bosques de la palmera que producía el coco de mer, la enorme semilla que durante siglos apareció flotando en el Índico sin que se supiera su origen, alimentando leyendas de árboles submarinos y precios astronómicos.
Durante los siglos XVII y XVIII, las islas deshabitadas de Seychelles, situadas en las rutas comerciales del Índico y sin autoridad que las vigilara, fueron refugio de piratas y corsarios. Las calas resguardadas de Praslin, con su agua dulce, sus tortugas para comer y sus escondrijos, servían para carenar los barcos y ocultar botines. Las leyendas de tesoros escondidos por corsarios como Olivier Levasseur, 'La Buse', envuelven la isla y forman parte de su folclore, aunque ningún tesoro apareció jamás.
El propio nombre 'Anse Lazio' remite a ese pasado colonial. 'Anse' significa 'cala' en francés, herencia de los franceses que cartografiaron y bautizaron estas costas a partir de 1768, cuando tomaron posesión de la isla y la rebautizaron Praslin. Sobre el origen de 'Lazio' hay varias hipótesis: algunas lo relacionan con 'lazaret' (lazareto o cuarentena marítima) o con navegantes italianos. Sea cual sea, la playa quedó con ese nombre evocador, testigo de la mezcla de historias —francesas, piratas, coloniales— que forjaron Praslin.
Como el resto de Praslin y de Seychelles, la zona de Anse Lazio vivió durante siglos de la agricultura de plantación. Tras la colonización francesa de 1768 y el paso a manos británicas en 1814, la isla se dedicó al cultivo del cocotero —cuya copra se exportaba—, las especias y otros productos, trabajados con mano de obra esclava traída de África y Madagascar hasta la abolición de la esclavitud en 1835. De esa mezcla nació la sociedad criolla que aún define la isla.
El norte de Praslin, donde se encuentra Anse Lazio, era una zona apartada y rural. La playa misma, sin puerto natural ni condiciones para instalaciones portuarias, no tenía un valor económico especial más allá de la pesca: era simplemente una hermosa cala en una costa de plantaciones y villas de pescadores. Esa falta de interés comercial, paradójicamente, la salvó: quedó al margen del desarrollo y conservó su carácter salvaje y su belleza intacta durante generaciones.
Durante casi dos siglos, Praslin cambió poco. La vida transcurría a un ritmo pausado, entre el mar y los cocoteros, con Baie Sainte Anne como principal pueblo y el coco de mer como rareza célebre. Playas como Anse Lazio eran conocidas por los lugareños pero ignoradas por el mundo. Habría que esperar a la segunda mitad del siglo XX, con la llegada del turismo, para que esas arenas vírgenes y esas rocas de granito empezaran a ser reconocidas como uno de los mayores tesoros del archipiélago.
El gran cambio llegó con el turismo, tras la apertura del Aeropuerto Internacional de Seychelles en 1971 y la independencia del país en 1976. De pronto, las playas salvajes que habían quedado al margen del desarrollo se convirtieron en el mayor tesoro del archipiélago. Anse Lazio, con su combinación perfecta de arena blanca, agua turquesa, granito rosado y takamakas, emergió como una de las imágenes icónicas de Seychelles y empezó a figurar en las listas internacionales de las mejores playas del mundo.
A diferencia de otras playas top que quedaron dentro de resorts exclusivos —como la vecina Anse Georgette, en los terrenos de un hotel de lujo—, Anse Lazio se mantuvo de acceso público y libre, fiel a la ley seychellense que garantiza que todas las playas son públicas. Se instalaron un par de restaurantes junto a la arena, pero la playa conservó su carácter natural, sin grandes construcciones sobre ella. Esa combinación de belleza, accesibilidad y servicios básicos la hizo especialmente querida por los viajeros.
Hoy Anse Lazio es una parada imprescindible de cualquier visita a Praslin y uno de los símbolos del paraíso seychellense. Se combina de maravilla con el Valle de Mai, el bosque del coco de mer Patrimonio de la Humanidad que queda a pocos minutos, en una jornada que resume lo mejor de la isla: naturaleza única y playa perfecta. La antigua cala apartada de la Isla de las Palmeras, que durante siglos solo conocieron pescadores y piratas, es hoy una de las playas más admiradas y fotografiadas del planeta, un tesoro que Seychelles cuida como parte de su mayor riqueza: su naturaleza.