Nyungwe es un bosque antiquísimo, uno de los pocos de África que sobrevivió a las grandes oscilaciones climáticas de la última era glacial. Mientras en otros lugares del continente la selva retrocedía ante el frío y la sequía de los periodos glaciales, estas montañas del Rift Albertino mantuvieron condiciones de humedad y temperatura que permitieron la persistencia del bosque. Por eso los científicos lo consideran un 'refugio' pleistocénico: un arca que conservó especies durante decenas de miles de años.
Esa larguísima continuidad explica su biodiversidad excepcional y su altísimo número de endemismos. Nyungwe alberga más de 1.100 especies de plantas, unas 85 de mamíferos, más de 300 de aves —muchas exclusivas del Rift Albertino— y una enorme riqueza de anfibios, mariposas y orquídeas. Trece especies de primates, incluidos los chimpancés y las supertropas de colobo, habitan sus más de mil kilómetros cuadrados de selva de montaña.
El bosque cumple además una función hidrológica capital: en sus laderas nacen ríos que alimentan tanto la cuenca del Congo como la del Nilo. De hecho, uno de los manantiales de Nyungwe ha sido señalado por algunas expediciones como una de las fuentes más remotas del Nilo, el río más largo del mundo.
Durante siglos, el bosque de Nyungwe formó el límite suroccidental del reino de Ruanda y de las tierras de sus pueblos vecinos. Las comunidades de agricultores y pastores que vivían en sus bordes lo aprovechaban de forma tradicional: recogían plantas medicinales, miel, madera y bambú, cazaban y abrían pequeños claros. Los batwa, cazadores-recolectores considerados los primeros habitantes de la región, tenían un vínculo especialmente estrecho con la selva.
El bosque también fue lugar de refugio, de rituales y de leyendas. Su nombre y el de sus parajes —como Kamiranzovu, 'el que traga elefantes'— recuerdan una época en que manadas de elefantes de bosque y otros grandes animales habitaban la zona, hoy desaparecidos de allí por la caza y la presión humana.
Con el tiempo, el crecimiento demográfico de Ruanda —uno de los países más densamente poblados de África— fue mordiendo los márgenes del bosque. La agricultura, la tala, los incendios y la minería artesanal redujeron su superficie, un proceso que se aceleró en el siglo XX y que amenazó con fragmentar este ecosistema único.
La protección formal de Nyungwe comenzó en la época colonial: en 1933, bajo administración belga, el bosque fue declarado reserva forestal, un primer intento de frenar su explotación. Sin embargo, durante buena parte del siglo XX la reserva sufrió una deforestación considerable, y episodios de caos como el que rodeó al genocidio de 1994 y sus secuelas agravaron la presión sobre la zona, con incendios y ocupaciones.
A comienzos del siglo XXI, la Ruanda de posguerra apostó por el turismo de naturaleza y la conservación como motores de desarrollo. En 2004, el gobierno elevó Nyungwe a la categoría de Parque Nacional, con una superficie de unos 1.019 km², e impulsó su gestión profesional, la lucha contra la caza furtiva y la restauración de zonas degradadas. La habituación de comunidades de chimpancés y la creación de infraestructuras turísticas convirtieron al parque en un destino de primer nivel.
En 2010 se inauguró la espectacular pasarela colgante (canopy walk) de Uwinka, la primera de su tipo en África oriental, que permite caminar a 70 metros de altura sobre las copas. Y en 2020, el Rwanda Development Board firmó un acuerdo con la ONG African Parks para gestionar el parque a largo plazo, reforzando su protección y su desarrollo sostenible.
El reconocimiento internacional culminó en septiembre de 2023, cuando la UNESCO inscribió el Parque Nacional Nyungwe en la lista del Patrimonio Mundial por su valor natural excepcional: uno de los bosques de montaña más antiguos y biodiversos de África, hogar de especies amenazadas y punto clave de conservación del Rift Albertino, uno de los lugares con mayor riqueza de especies del continente.
Hoy Nyungwe combina conservación y turismo de alto valor y bajo impacto, el modelo por el que ha apostado Ruanda. El trekking de chimpancés, la pasarela colgante, las caminatas de colobos, las cascadas y la observación de aves atraen a viajeros de todo el mundo, y los ingresos se reinvierten en la protección del bosque y en el desarrollo de las comunidades vecinas, muchas de ellas dedicadas al té en los bordes del parque, como en Gisakura.
El gran desafío sigue siendo equilibrar la enorme presión demográfica de Ruanda con la preservación de este tesoro natural. Pero la historia reciente de Nyungwe —de reserva amenazada a parque nacional y Patrimonio Mundial— es también un símbolo de la apuesta ruandesa por la naturaleza como parte de su reconstrucción y de su futuro.