Para comprender lo ocurrido en Murambi hay que situarlo en la historia larga de Ruanda. Durante siglos, hutus, tutsis y twa convivieron en el reino de Ruanda compartiendo lengua, religión, cultura y territorio; las categorías eran en buena medida sociales y podían cambiar. Fue la colonización europea —primero alemana, luego belga— la que rigidizó y racializó esas identidades, con censos y carnets de identidad étnicos que fijaron una división artificial y jerárquica, favoreciendo a unos sobre otros.
Con la descolonización, a finales de la década de 1950 y comienzos de la de 1960, esa fractura estalló. La revolución de 1959-1961 derrocó a la monarquía tutsi y llevó al poder a una élite hutu; miles de tutsis fueron perseguidos y huyeron al exilio. En las décadas siguientes, sucesivos regímenes alimentaron un discurso de odio y exclusión hacia la población tutsi, presentada como enemiga.
A comienzos de los años noventa, con una guerra civil abierta entre el gobierno y el Frente Patriótico Ruandés (formado por exiliados tutsis) y una grave crisis interna, los sectores extremistas del poder prepararon lo impensable: la eliminación total de la población tutsi. La propaganda, las listas y las milicias estaban listas cuando llegó el detonante.
El 6 de abril de 1994, el derribo del avión en que viajaba el presidente Juvénal Habyarimana desató el genocidio planificado. En cien días, entre abril y julio de 1994, fueron asesinadas alrededor de un millón de personas, en su inmensa mayoría tutsis, además de hutus moderados. La región de Gikongoro, en el sur, tenía una numerosa población tutsi y se convirtió en escenario de una de las masacres más masivas.
Ante la violencia, decenas de miles de tutsis de la zona buscaron refugio en lugares que creían seguros. Las autoridades locales los dirigieron a la escuela técnica de Murambi, entonces en construcción, en lo alto de una colina, con la falsa promesa de que allí estarían protegidos. A medida que pasaban los días, cerca de 50.000 personas se concentraron en el recinto.
Fue una trampa deliberada. Se cortó el suministro de agua y se privó de alimento a los refugiados para debilitarlos y evitar que pudieran resistir o huir. En la madrugada del 21 de abril de 1994, fuerzas del ejército, la gendarmería y milicias Interahamwe, junto a civiles armados, atacaron la escuela. La masacre fue casi total: se calcula que de las decenas de miles de personas allí reunidas apenas sobrevivió un puñado. Murambi se convirtió en uno de los mayores osarios del genocidio.
Semanas después de la masacre, en junio de 1994, Francia lanzó la Operación Turquoise, una intervención militar en el suroeste de Ruanda presentada como humanitaria y avalada por la ONU, pero muy controvertida por los vínculos previos del gobierno francés con el régimen genocida. Tropas francesas se instalaron en la zona de Murambi.
Numerosos testimonios de sobrevivientes e investigaciones posteriores documentan aspectos oscuros de esa presencia. Según esos relatos, sobre parte del terreno donde había fosas comunes con miles de cuerpos se habilitó un espacio de uso recreativo para los soldados, lo que para muchos ruandeses simbolizó el desprecio y el encubrimiento del horror. El papel de Francia en Ruanda antes, durante y después del genocidio ha sido objeto de décadas de debate, investigaciones y reconocimientos parciales de responsabilidad.
Estos hechos explican en parte por qué Ruanda ha hecho de la memoria y la verdad una política de Estado. Preservar las pruebas materiales del genocidio en sitios como Murambi es también una respuesta a los intentos de negación, minimización o encubrimiento, vengan de donde vengan.
Tras el genocidio, Ruanda emprendió un proceso extraordinario y doloroso de justicia, memoria y reconciliación: los tribunales comunitarios 'gacaca', el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, las conmemoraciones anuales del 'Kwibuka' ('recordar') y la creación de memoriales nacionales. Murambi se convirtió en uno de los seis sitios nacionales de memoria del genocidio.
En la antigua escuela técnica, el pueblo ruandés tomó la difícil decisión de conservar restos de las víctimas, tratados con cal, así como sus ropas y objetos, como testimonio directo e irrefutable de lo ocurrido. No es un gesto morboso, sino un acto de verdad y de dignidad: frente a quienes niegan o relativizan el genocidio, Murambi muestra su realidad desnuda; y frente al olvido, mantiene presentes a quienes fueron asesinados. Un centro de interpretación aporta el contexto histórico y educativo.
En 2023, la UNESCO inscribió varios memoriales del genocidio de Ruanda —entre ellos Murambi— en la lista del Patrimonio Mundial, reconociendo su valor universal como advertencia para la humanidad. Visitar Murambi es rendir homenaje a las víctimas, acompañar a los sobrevivientes y asumir la responsabilidad colectiva de que algo así no vuelva a repetirse, ni en Ruanda ni en ningún lugar del mundo.