Antes de que existiera Kigali como capital, el corazón político de Ruanda estaba en el sur, en Nyanza, sede de la corte real. Durante siglos, el mwami y su corte itineraron por distintas colinas, pero fue en Nyanza donde la monarquía fijó su residencia más estable, convirtiéndola en el centro simbólico del reino.
Hoy se puede visitar allí el Palacio del Rey, reconstruido en forma de la gran choza tradicional de estructura vegetal, con su imponente cúpula de paja, que evoca cómo era la residencia real antes de la época colonial. Junto a él se conserva también el palacio de estilo occidental construido en 1932 para el mwami Mutara III Rudahigwa, primer monarca ruandés convertido al catolicismo, que reinó hasta su muerte en 1959, en vísperas de la revolución.
Uno de los grandes atractivos de Nyanza es su ganado inyambo, los bueyes reales de cuernos gigantescos y gráciles, criados y adiestrados según una tradición cortesana ancestral. Contemplar estos animales, ligados durante siglos al prestigio de la realeza, es asomarse a la Ruanda anterior a la fractura colonial.
Huye, conocida durante la época colonial y las primeras décadas de la independencia como Butare, es considerada la capital cultural e intelectual de Ruanda. Fue un centro educativo y religioso de primer orden y sede de la universidad nacional, y conserva un aire académico y pausado, distinto del bullicio de Kigali.
Su joya es el Museo Etnográfico de Ruanda, inaugurado en 1989 y considerado uno de los mejores museos etnográficos de África oriental. Sus salas reúnen una colección excepcional de objetos de la cultura material ruandesa —cestería, cerámica, herramientas, armas, instrumentos musicales, vestimenta— y explican con detalle las formas de vida, la agricultura, la ganadería y las creencias tradicionales del país. Es una parada imprescindible para entender la Ruanda anterior y ajena a la tragedia.
Visitar Huye permite conocer una faceta serena y profunda del país: la de su cultura, sus tradiciones y su historia larga, más allá de los grandes hitos políticos. Es también una buena base para explorar el sur, con sus colinas, sus monasterios y sus recuerdos de la época real.
En una colina del distrito de Nyamagabe, cerca de Huye, se encuentra el Memorial del Genocidio de Murambi, uno de los lugares de memoria más sobrios y estremecedores del país. En abril de 1994, decenas de miles de personas fueron conducidas a una escuela técnica en construcción con la falsa promesa de que allí estarían a salvo; en cambio, fueron rodeadas y asesinadas en una de las mayores matanzas del genocidio.
Hoy la antigua escuela es un memorial que preserva la memoria de las víctimas con una crudeza deliberada, destinada a que nadie pueda negar lo ocurrido. Como el resto de los memoriales ruandeses, no busca el impacto gratuito, sino el testimonio y la prevención: mirar de frente el horror para comprender cómo fue posible y comprometerse con que no se repita.
Murambi exige, como Nyamata o el memorial de Kigali, una actitud de respeto absoluto y cierta preparación emocional. Es un lugar de duelo antes que un destino turístico. Su existencia, junto a la del cercano patrimonio real de Nyanza, resume la doble memoria del sur ruandés: la del esplendor de un reino antiguo y la de la tragedia más reciente, ambas parte inseparable de la identidad nacional.