Hay pueblos que le dan la espalda al mar y viven de la tierra. Sur hizo exactamente lo contrario: le dio la espalda al desierto y se entregó por completo al océano. Asomada al mar de Omán, en el punto donde la costa arábiga empieza a doblar hacia el sur, esta ciudad no tuvo nunca grandes campos ni oasis famosos; tuvo, en cambio, una bahía protegida, una laguna resguardada y una posición privilegiada sobre las rutas marítimas que desde hace milenios cruzan el océano Índico siguiendo los vientos monzónicos.
De esa geografía nació todo. Ya en la Antigüedad, la costa del actual Omán era conocida por los navegantes que unían Arabia, Persia, la India y África oriental. Los monzones marcaban el calendario: soplaban en una dirección durante media parte del año y en la contraria durante la otra, y los marinos aprendieron a usarlos como un motor gratuito para ir y volver. Un puerto bien ubicado sobre esa ruta valía oro, y Sur lo era. Con el tiempo se convirtió en uno de los grandes puertos comerciales de la región y, sobre todo, en la capital indiscutida de un oficio que la haría célebre: la construcción de barcos.
Porque Sur no fue solo un puerto donde los barcos atracaban; fue el lugar donde los barcos nacían. En sus astilleros, junto a la laguna, generaciones de maestros carpinteros construyeron a mano los dhows, esas naves de casco panzudo y vela latina triangular que fueron durante siglos el vehículo del comercio en todo el océano Índico. Ver la ciudad es entender que aquí el mar no era un paisaje: era el oficio, la comida y el destino.
El dhow es una de esas invenciones que parecen simples y esconden siglos de sabiduría. Con su casco de madera, su proa levantada y su gran vela triangular, este tipo de embarcación permitió a los pueblos del océano Índico navegar contra el viento y cargar mercancías pesadas por rutas larguísimas. Y pocos lugares del mundo llegaron a dominar su construcción como Sur.
Lo notable del método surí es que los barcos se construían —y en buena medida todavía se construyen— sin planos. Los maestros carpinteros trabajaban de memoria y a ojo, transmitiendo el conocimiento de padres a hijos, calculando las curvas del casco por experiencia y ensamblando enormes tablones que en gran parte llegaban de la India, de los bosques de teca de Malabar. Un solo dhow podía tardar meses o años en terminarse. Había varios tipos según el tamaño y el uso: los más grandes, los baghlah y los ghanjah, eran verdaderos barcos de altura capaces de cruzar el océano; otros, más chicos, servían para la pesca y el cabotaje.
Esta industria convirtió a Sur en una ciudad relativamente próspera y cosmopolita. Sus barcos y sus marinos no se quedaban en casa: partían cargados de dátiles, pescado seco y productos de Arabia, y volvían con madera, telas, especias y arroz de la India, o con marfil y otros bienes de África. Los hombres de Sur pasaban largas temporadas embarcados, siguiendo los monzones, y muchas familias vivían al ritmo de esas ausencias y regresos. El dhow no era solo un barco: era la economía entera de la ciudad flotando sobre el agua.
Para entender de verdad a Sur hay que mirar mucho más allá del horizonte, hasta la costa de la actual Tanzania. Durante los siglos del imperio marítimo omaní, cuando la dinastía Al Said extendió su poder por el litoral de África oriental y llegó a instalar su capital en la isla de Zanzíbar, Sur fue uno de los puertos que más estrechamente se ligó a ese mundo. Familias enteras de la ciudad tenían negocios, casas y parientes en Zanzíbar, Mombasa y otros puertos swahili, y el ir y venir de barcos entre Arabia y África era constante.
Por las manos de los marinos de Sur pasó buena parte del comercio del Índico occidental en su época dorada: el clavo de olor de las plantaciones de Zanzíbar, el marfil que llegaba del interior de África, los dátiles y el pescado de Omán, las telas y las especias de la India. Fue una red de intercambio riquísima que hizo de esta modesta ciudad costera un nudo de un comercio verdaderamente global para su tiempo.
Pero esa misma historia tiene un capítulo oscuro que no se puede omitir: el comercio de personas esclavizadas. El tráfico de esclavos desde África oriental hacia Arabia y el golfo Pérsico fue una parte central y trágica de la economía del Índico durante siglos, y los puertos omaníes, incluida Sur, participaron de él. La abolición fue lenta y llegó recién bajo presión británica a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX. Recordar el esplendor comercial de Sur exige también recordar ese costado terrible de aquella economía marítima, sin eufemismos.
El mundo que había hecho grande a Sur empezó a desmoronarse en la segunda mitad del siglo XIX, y no por una guerra ni por un desastre, sino por la tecnología. Dos cambios lo decidieron. El primero fue la llegada del barco a vapor: naves de casco de hierro y motores que ya no dependían de los caprichos del monzón ni de la pericia de un patrón de dhow, y que podían transportar mucha más carga de forma más rápida y previsible. El segundo fue la apertura del canal de Suez, en 1869, que reorganizó por completo las rutas comerciales entre Europa y Asia y desplazó el peso del comercio hacia otros puertos.
Sur, que había prosperado gracias a la vela y a su posición sobre las viejas rutas, quedó cada vez más al margen. La división del imperio omaní entre Mascate y Zanzíbar a mediados del siglo XIX, y la posterior pérdida de las posesiones africanas, cortaron además los lazos que habían alimentado su comercio. A lo largo del siglo XX, la ciudad fue perdiendo población y actividad; muchos de sus habitantes emigraron, algunos hacia África, otros hacia los puertos del Golfo, buscando el trabajo que en Sur ya escaseaba.
Y sin embargo, la ciudad no perdió su alma. Contra todo pronóstico, el oficio de construir dhows sobrevivió en sus astilleros, aunque fuera a pequeña escala y para encargos cada vez más simbólicos. Esa continuidad convirtió a Sur en un lugar único: no un museo, sino un taller vivo donde todavía se puede ver nacer un barco de madera con las mismas técnicas de hace siglos.
Como todo Omán, Sur cambió profundamente a partir de 1970, cuando el sultán Qaboos bin Said inició el 'renacimiento' del país y volcó los ingresos del petróleo en modernizarlo. Llegaron las rutas asfaltadas que conectaron la ciudad con Mascate, la electricidad, las escuelas, los hospitales, el agua corriente. Sur dejó de ser un puerto aislado y decadente para convertirse en una ciudad tranquila y ordenada, con una economía apoyada hoy en la pesca, en una industria de gas natural licuado cercana y, cada vez más, en el turismo.
Ese turismo encontró en Sur justamente lo que la ciudad nunca perdió: su identidad marinera. Los astilleros de dhows, donde un puñado de maestros sigue trabajando la madera a mano, se convirtieron en una de las visitas más queridas del país, un testimonio vivo de la era de la navegación árabe. El barrio de Al Ayjah, con sus casas encaladas y su faro blanco, el Museo Marítimo y la laguna surcada por barquitas completan una postal que habla de mar, comercio y viajes.
Y muy cerca, en Ras al-Jinz, la naturaleza aporta el otro gran atractivo de la zona: las tortugas verdes que cada noche salen a desovar en sus playas, uno de los santuarios más importantes del mundo. Así, la vieja ciudad de los constructores de barcos vive hoy de la misma fuente de siempre —el océano— pero de un modo nuevo. Quien recorre sus astilleros al atardecer, con la silueta de un dhow a medio hacer recortada contra el faro de Al Ayjah, no está viendo una reliquia congelada: está viendo cómo una ciudad guardó la memoria de un tiempo en que sus barcos llegaban hasta Zanzíbar, y decidió que esa memoria siguiera flotando.