Durante buena parte de su historia, la capital de Omán no fue Mascate, la ciudad del mar, sino Nizwa, la ciudad del oasis. Escondida en una hondonada entre las montañas Hajar, rodeada por un inmenso palmeral y protegida por las cumbres, Nizwa reunía todo lo que hacía falta para mandar en el interior: agua abundante repartida por los canales del falaj, tierras fértiles, una posición central en los caminos de caravanas y una defensa natural formidable.
Acá se concentró durante siglos el poder político y religioso del país. Nizwa fue el corazón del imamato ibadí, la forma particular de gobierno que Omán desarrolló desde los primeros siglos del islam, y una de sus capitales, alternando ese papel con la vecina Rustaq. En ella residían los imames elegidos por los ulemas, se dictaba justicia, se enseñaba teología y derecho, y se debatían los asuntos de toda la región. Por eso a Nizwa se la llamó durante mucho tiempo 'la perla del islam' o 'el huevo del islam' en Omán: no por su tamaño, sino por su peso espiritual.
Esa doble condición —capital agrícola y capital religiosa— explica todo lo que se ve hoy. El oasis y sus aflaj son la base material que sostuvo a la ciudad; el fuerte y el zoco son la expresión del poder y del comercio; y el ibadismo, la corriente del islam que sigue marcando la identidad omaní, encontró en Nizwa uno de sus grandes centros.
Para entender Nizwa hay que entender el ibadismo, la rama del islam mayoritaria en Omán y prácticamente exclusiva del país. No es ni suní ni chií: surgió muy temprano, en el siglo VII, de un movimiento que sostenía que el líder de la comunidad —el imam— no tenía por qué ser pariente del profeta ni pertenecer a una dinastía, sino que debía ser el más justo y capaz, elegido por consenso de los sabios, y podía ser depuesto si gobernaba mal.
Esa idea, austera e igualitaria, echó raíces en el interior de Omán y encontró en Nizwa su plaza fuerte. A lo largo de más de mil doscientos años, el imamato ibadí apareció y desapareció en ciclos: cada vez que el poder central se debilitaba o que llegaban invasores, las tribus del interior volvían a elegir un imam y a reunirse en torno a él, muchas veces en Nizwa. Los imames combinaban la autoridad religiosa y la política; dirigían la oración y la guerra, cobraban impuestos y administraban justicia según la ley islámica.
Este equilibrio entre el interior ibadí, gobernado por imames electos, y la costa comercial, más abierta al mundo y a menudo bajo el mando de sultanes, atraviesa toda la historia de Omán. Nizwa fue siempre la cabeza del primero: la ciudad donde el país tradicional, tribal y religioso, se sentía más en su casa.
El monumento que define a Nizwa —su enorme torre circular— nació de uno de los grandes momentos de la historia omaní: la expulsión de los portugueses. Desde principios del siglo XVI, Portugal había ocupado los puertos de la costa (Mascate, Sur, Qalhat) para controlar la ruta de las especias y del golfo. El interior, con Nizwa a la cabeza, nunca fue realmente sometido, y desde allí se organizó la resistencia.
En el siglo XVII, la dinastía Yaruba (o Ya'ariba) unificó a las tribus bajo imames fuertes y fue empujando a los portugueses hasta echarlos del país. El imam Sultan bin Saif, hacia mediados de ese siglo, mandó construir el actual fuerte de Nizwa sobre restos más antiguos. Su torre gigantesca, hueca y rellena en parte de tierra y piedra para absorber los impactos, fue diseñada para la era de la pólvora: podía montar cañones en lo alto y resistir los que le disparasen. Sus defensas internas —pozos, recodos, puertas macizas y los 'agujeros de miel' por donde se arrojaba dátil hirviendo sobre los asaltantes— muestran hasta qué punto se pensó cada detalle para el asedio.
Bajo los Yaruba, Omán no solo se liberó, sino que se convirtió en una potencia marítima que llegó a expulsar a los portugueses de la costa de África oriental y a extender su influencia hasta Zanzíbar. Nizwa, como capital del interior, vivió en esa época un momento de esplendor, y su fuerte quedó como el símbolo de aquel poder.
La historia de Nizwa tuvo un capítulo tenso y todavía cercano en pleno siglo XX. Tras siglos de tira y afloja entre el interior y la costa, en 1920 el Tratado de Seeb reconoció una situación de hecho: el sultán gobernaba Mascate y la costa, mientras el imam ibadí administraba de manera casi independiente el interior, con Nizwa como centro. Durante décadas, el interior funcionó como un territorio aparte, tradicional y cerrado.
Esa autonomía chocó con el siglo del petróleo. Cuando aparecieron indicios de crudo en el interior y las compañías quisieron explorar, el sultán Said bin Taimur, apoyado por Gran Bretaña, decidió terminar con el poder del imam e integrar toda la región bajo su mando. El imam Ghalib bin Ali y su hermano Talib resistieron, y estalló la guerra de Jebel Akhdar (1954-1959). Las fuerzas del sultanato, con apoyo militar y aéreo británico —incluido el famoso regimiento SAS—, tomaron Nizwa en 1955 y persiguieron a los rebeldes hasta las alturas de Jebel Akhdar, que cayeron en 1959.
De aquella guerra quedan huellas visibles cerca de Nizwa, como las ruinas del pueblo de Tanuf, bombardeado y abandonado. El conflicto marcó el fin del imamato como poder político y la integración definitiva del interior en un Estado omaní único. Pocos años después, en 1970, el ascenso del sultán Qaboos abriría el 'renacimiento' del país, y Nizwa dejaría de ser una capital cerrada para convertirse, con el tiempo, en una de las joyas turísticas de Omán.
Más allá de la política y las guerras, Nizwa siempre fue una ciudad de agua, palmeras y artesanos. Su vida dependió durante siglos del falaj, el sistema de canales que reparte por gravedad el agua de los manantiales y las montañas entre las huertas del oasis. Los aflaj de Omán, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2006, no son solo obras de ingeniería antigua: son también instituciones sociales, con turnos de riego medidos por el sol y las estrellas y repartidos con una precisión que se transmite de generación en generación. De ese sistema salían los dátiles, los limones, los bananos y la halwa que hicieron famosa a la ciudad.
Nizwa fue además, y sigue siendo, la capital de la platería omaní. Sus orfebres perfeccionaron el arte de forjar los khanjares —las dagas curvas ceremoniales que son símbolo nacional y figuran en el escudo del país—, las joyas beduinas y las cajas de kohl. En el zoco todavía se puede ver a los artesanos trabajando el metal a mano, junto a los puestos de dátiles, cerámica e incienso, y el bullicioso mercado de cabras que cada viernes reúne a la gente del interior en una subasta a los gritos que no ha cambiado en lo esencial.
Hoy Nizwa combina las dos caras de Omán: la tradición profunda del interior —el ibadismo, el fuerte, el zoco, el oasis— y la modernidad tranquila del país del sultán Qaboos, con hoteles, buenas rutas y resorts de lujo en las montañas cercanas. Sigue siendo, como hace siglos, la puerta y el corazón del interior, y el mejor lugar para entender de dónde viene Omán.