Pocos lugares del mundo tienen una posición tan estratégica y a la vez tan poco conocida como Musandam. Esta península montañosa, en el extremo norte de Omán, se adentra en el mar hasta casi tocar Irán y domina el estrecho de Ormuz, el angosto paso —de apenas unas decenas de kilómetros de ancho— por el que entra y sale todo el tráfico marítimo del golfo Pérsico. Por aquí circula una parte enorme del petróleo del planeta, lo que convierte a este estrecho en uno de los puntos más sensibles y vigilados de la geopolítica mundial: el llamado 'punto de estrangulamiento' del golfo.
Esa condición de llave del golfo ha marcado toda la historia de Musandam. Quien controla estas montañas y estos fiordos controla el acceso al golfo, y por eso, a lo largo de los siglos, persas, portugueses, árabes y británicos se interesaron por la península, la ocuparon o la vigilaron. El paisaje mismo —montañas escarpadas que caen a pique sobre el mar formando profundas ensenadas, los 'fiordos de Arabia'— es a la vez su gran belleza y su gran valor: un laberinto de refugios naturales frente a la ruta marítima más codiciada de la región.
Y sin embargo, pese a esa importancia, Musandam ha sido siempre una tierra aislada, dura y de difícil acceso, separada por tierra del resto de Omán. Esa mezcla de centralidad estratégica y aislamiento extremo es la clave para entender su historia y su cultura únicas.
El aislamiento de Musandam permitió que se conservaran en sus montañas y fiordos culturas humanas muy particulares. La península es el hogar ancestral de los shihuh, una tribu de origen antiguo, considerada por muchos descendiente de pobladores muy tempranos de la región, quizá llegados hace milenios desde el sur de Arabia y mezclados con aportes persas. Los shihuh desarrollaron una forma de vida adaptada al terreno extremo: muchos tienen dos casas, una en la costa para el invierno y otra en las montañas para escapar del calor del verano, y practican una agricultura y un pastoreo de subsistencia en las alturas, además de la pesca.
En los fiordos vive además otro pueblo fascinante: los kumzari, concentrados sobre todo en el aislado pueblo de Kumzar, en el norte de la península, al que solo se llega por mar. Los kumzari hablan una lengua única en el mundo, el kumzari, una sorprendente mezcla de persa, árabe, portugués, hindi y otras influencias, que es como un mapa sonoro de todos los pueblos que pasaron por el estrecho de Ormuz. La Unesco la considera una lengua en peligro de desaparición, con apenas unos miles de hablantes.
Estos pueblos, de montaña y de mar, con sus lenguas, sus casas de piedra, sus barcos y sus tradiciones, son el alma humana de Musandam. Su historia de adaptación a uno de los entornos más duros y estratégicos de Arabia es tan asombrosa como los propios fiordos, y se puede conocer en el museo del fuerte de Khasab.
La historia escrita de Musandam está dominada por la lucha de las potencias por el estrecho de Ormuz. En la Edad Media, toda esta zona gravitaba en torno al reino de Ormuz, un poderoso emirato marítimo de base persa que controlaba el comercio del golfo desde una isla cercana. A comienzos del siglo XVI llegaron los portugueses: en 1507, el célebre Afonso de Albuquerque tomó los puntos clave de la costa omaní, incluida Khasab, y sometió el reino de Ormuz, integrándolo en su imperio. Durante más de un siglo, hasta mediados del siglo XVII, los portugueses usaron Khasab como punto de aprovisionamiento —sobre todo del comercio de dátiles— y de control del paso de sus barcos.
De aquella presencia europea quedan huellas: el fuerte de Khasab, de origen portugués, se levantó para vigilar el estrecho, y hasta en la lengua kumzari sobreviven palabras de raíz portuguesa. Más tarde, tras la expulsión de los portugueses por los omaníes de la dinastía Yaruba, la península siguió siendo un tablero de intereses entre Omán, Persia y, en el siglo XIX, el creciente poder de Gran Bretaña.
Los británicos, que dominaban las rutas hacia la India, se interesaron especialmente por el estrecho. A mediados del siglo XIX instalaron en un islote de los fiordos, hoy conocido como Telegraph Island, una estación de la línea telegráfica submarina que unía la India con Europa. Aquel puesto, en un lugar de calor infernal y aislamiento absoluto, funcionó pocos años, pero dejó una huella pintoresca en la memoria y el nombre de la isla.
Una particularidad de Musandam es que, aunque está separada del resto de Omán por tierra —los Emiratos Árabes Unidos se interponen entre la península y el grueso del país—, siempre ha formado parte del sultanato. La razón es histórica y tribal: las tribus de Musandam, y en especial los shihuh, mantuvieron a lo largo del tiempo su lealtad a los sultanes de Omán de la dinastía Al Said, y esa fidelidad se tradujo, cuando se trazaron las fronteras modernas en el siglo XX, en que la península quedara bajo soberanía omaní, como un enclave.
Durante gran parte del siglo XX, mientras la costa vecina de la Tregua (los actuales Emiratos) estaba bajo protección británica, Musandam siguió siendo uno de los rincones más remotos y menos desarrollados de la región. Su terreno montañoso, su clima extremo y su aislamiento hicieron que apenas hubiera carreteras ni servicios, y que la vida siguiera anclada en la pesca, el pastoreo y las viejas costumbres de los shihuh y los kumzari.
Como en el resto del país, el gran cambio llegó con el sultán Qaboos a partir de 1970. La modernización de Omán alcanzó también a Musandam: llegaron carreteras, el aeropuerto de Khasab, servicios y, con el tiempo, el turismo. Pero, dada su importancia estratégica, la península mantiene además una fuerte presencia militar y una atención especial por parte del Estado, consciente de que controla uno de los pasos marítimos más importantes del mundo.
Hoy Musandam vive una nueva etapa, en la que su mayor aislamiento se ha convertido en su mayor tesoro. Los mismos fiordos que durante siglos fueron refugio de pescadores y escenario de disputas por el estrecho son ahora uno de los destinos de naturaleza más bellos y serenos de toda Arabia. Los cruceros en dhow por Khor Ash Sham, los delfines, el snorkel en aguas cristalinas, los safaris en 4x4 a los miradores de Jebel Harim y la calma de Khasab atraen a viajeros que buscan justo lo contrario del bullicio de las ciudades del Golfo.
Por su cercanía a Dubái y Ras al Khaima, muchos visitan Musandam como una escapada de naturaleza de un par de días desde los Emiratos, un contraste absoluto entre los rascacielos y la roca desnuda sobre el mar. Otros llegan volando desde Mascate o en ferry, en busca del rincón más salvaje de Omán. El turismo, todavía a escala modesta, se ha convertido en una fuente de ingresos que convive con la pesca tradicional y con el papel estratégico de la península.
Musandam sigue siendo, en el fondo, lo que siempre fue: una tierra de montaña y de mar, de pueblos resistentes y de una posición geográfica que la vuelve única. Recorrer sus fiordos en un dhow, con los delfines saltando y las montañas cayendo a pique sobre el agua, es asomarse a la vez a un paisaje espectacular y a una historia milenaria de aislamiento, lealtad y control del estrecho más codiciado del planeta.