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Historia de Mascate

Un puerto escondido entre la montaña y el mar

Hay ciudades que eligen su lugar por comodidad y otras que lo eligen por instinto de supervivencia. Mascate es de las segundas. Quien llega por mar entiende enseguida por qué nació acá: una bahía profunda, resguardada por murallones de roca oscura y afilada, un fondeadero natural donde los barcos podían esconderse del viento y de los enemigos. Detrás, las montañas Hajar cierran el paso hacia el interior como un telón de piedra. Mascate es, literalmente, una ciudad apretada entre la montaña y el mar, sin apenas llanura donde crecer, y esa geografía marcó toda su historia.

El nombre mismo remite al lugar: hay quien lo hace derivar de una palabra que significa 'fondeadero' o 'lugar donde caer el ancla', y otros lo relacionan con 'lugar de esconderse'. Sea cual sea el origen, la idea es la misma: un puerto abrigado. Ya en la Antigüedad, geógrafos griegos y romanos mencionaban puertos en esta costa de Arabia, escala de las rutas que unían el Mediterráneo con la India a través del océano Índico. Por aquí pasaban el incienso del sur de Arabia, las perlas del Golfo, los dátiles, los caballos árabes y, más tarde, las especias de Oriente.

Durante siglos, Mascate fue un eslabón discreto pero constante de ese comercio marítimo. No era una gran capital, sino un puerto de pescadores, buceadores de perlas y mercaderes, con casas encaladas trepando por las laderas y un ir y venir de barcos de vela latina, los dhows, que cruzaban el mar hacia África y la India siguiendo los monzones. Esa vocación de mar, y no de desierto, es la clave para entender la ciudad.

Los portugueses y los fuertes que aún custodian la bahía

A comienzos del siglo XVI, el océano Índico dejó de ser un mar árabe y persa para convertirse en un campo de batalla europeo. Los portugueses, recién llegados tras doblar el cabo de Buena Esperanza, buscaban controlar las rutas de las especias, y para eso necesitaban los puertos estratégicos de Arabia y el golfo Pérsico. En 1507, el navegante y conquistador Afonso de Albuquerque arrasó varios puertos de la costa omaní, entre ellos Mascate, en una campaña brutal.

Los portugueses ocuparon Mascate durante más de un siglo y la convirtieron en una de sus plazas fuertes. De aquella época quedan los dos monumentos que todavía definen la postal de la vieja bahía: los fuertes gemelos de Al Jalali y Al Mirani, construidos sobre los peñascos que flanquean la entrada del puerto para dominarlo con sus cañones. Levantados en la segunda mitad del siglo XVI, esos fuertes son la huella más visible del paso europeo, y hoy custodian el palacio ceremonial del sultán como dos viejos centinelas de piedra.

La presencia portuguesa fue resistida sin descanso. A lo largo del siglo XVII, una nueva dinastía omaní, los Yaruba, unificó el interior del país, tomó impulso y fue expulsando a los portugueses puerto por puerto. Mascate cayó en manos omaníes hacia 1650, y con esa victoria el país no solo recuperó su costa: se lanzó al mar para devolver el golpe. Los omaníes persiguieron a los portugueses por todo el océano Índico y empezaron a construir un imperio propio.

El imperio marítimo: de Mascate a Zanzíbar

Pocos viajeros saben que este país tranquilo del sureste de Arabia fue, durante casi dos siglos, una potencia naval con posesiones en tres continentes. Tras expulsar a los portugueses, los omaníes salieron a disputarles sus plazas en la costa de África oriental. En 1698 tomaron Mombasa, en la actual Kenia, y fueron extendiendo su influencia por el litoral swahili: Kilwa, Pemba, la propia Zanzíbar. El Omán marítimo, con Mascate como uno de sus grandes puertos, se convirtió en el corazón de una red comercial que unía Arabia, Persia, la India y África.

El momento culminante llegó en el siglo XIX con la dinastía Al Said, la misma que todavía reina hoy. El sultán Said bin Sultan, que gobernó durante casi cincuenta años, comprendió que la riqueza estaba en el sur, en las plantaciones de clavo de olor y en el comercio de la isla de Zanzíbar, frente a la costa de la actual Tanzania. Hacia 1840 trasladó de hecho su capital a Zanzíbar, gobernando un dominio que se extendía desde el golfo de Omán hasta el corazón de África oriental. Fue la época de mayor esplendor: los dhows omaníes cruzaban el Índico cargados de marfil, clavo, dátiles y, hay que decirlo con claridad, esclavos, porque el comercio de personas fue una parte oscura y central de esa economía.

A la muerte de Said bin Sultan, en 1856, el imperio se dividió entre sus hijos: uno heredó Zanzíbar y África; otro, Mascate y Omán. Separada de su mitad más rica, y con el auge del vapor y del canal de Suez que cambió las rutas comerciales, Mascate entró en un lento declive. La ciudad que había mandado flotas al otro lado del océano se fue encerrando en sí misma.

El largo encierro del siglo XX

El siglo XX encontró a Omán empobrecido, dividido y cada vez más aislado. El poder del sultán se reducía a Mascate y la costa, mientras el interior montañoso quedaba en manos de líderes tribales y de un imanato religioso que le disputaba la autoridad. El comercio de perlas, que había sido un sostén de la economía del Golfo, se hundió en los años treinta cuando Japón inventó la perla cultivada. La pobreza era enorme.

El reinado del sultán Said bin Taimur, que gobernó desde 1932, llevó el aislamiento a un extremo casi increíble. Temeroso de las influencias extranjeras y del endeudamiento, prohibió o restringió cosas tan básicas como los anteojos de sol, la radio, la bicicleta o la construcción de casas nuevas sin permiso. Cuando en la década de 1960 empezó a fluir el petróleo, el sultán guardó el dinero en lugar de invertirlo. A las puertas de 1970, en todo Omán había apenas unos pocos kilómetros de rutas asfaltadas, tres escuelas y un solo hospital pequeño. De noche, las puertas de la muralla de Mascate se cerraban con llave y quien quería circular debía llevar un farol. Era una capital medieval en pleno siglo XX.

Mientras tanto, en el sur, en la región de Dhofar, estallaba una rebelión respaldada por movimientos de izquierda que amenazaba con derribar al régimen. El país estaba estancado y al borde del colapso. Hacía falta un cambio drástico, y llegó desde adentro de la propia familia gobernante.

1970: el renacimiento del sultán Qaboos

El 23 de julio de 1970, el hijo del sultán, Qaboos bin Said, un joven de veintinueve años educado en el Reino Unido y en la academia militar de Sandhurst, depuso a su padre en un golpe de palacio con apoyo británico y asumió el poder. Con él arrancó lo que los omaníes llaman, con razón, la Nahda: el 'renacimiento'. Casi de un día para el otro, el país empezó a cambiar de época.

Qaboos abrió las puertas cerradas de Mascate, levantó las prohibiciones absurdas de su padre y volcó los ingresos del petróleo en construir el Omán moderno: rutas, escuelas, hospitales, universidades, agua corriente, electricidad, un puerto y un aeropuerto internacionales. Puso fin a la guerra de Dhofar hacia mediados de los años setenta combinando la fuerza militar con reformas y desarrollo para el sur. Y lo hizo con un estilo propio: modernización sí, pero conservando la identidad, la arquitectura tradicional y el bajo perfil. Por eso Mascate no tiene rascacielos: una normativa mantiene los edificios bajos, blancos y con rasgos omaníes.

En medio siglo, Qaboos transformó una de las capitales más atrasadas del mundo en una ciudad ordenada, verde y próspera. Suyos son los grandes símbolos del Mascate actual: la Gran Mezquita que lleva su nombre, inaugurada en 2001; la Ópera Real, de 2011, reflejo de su pasión por la música; el Museo Nacional. Cuando murió, en enero de 2020, sin hijos, el poder pasó de forma ordenada a su primo Haitham bin Tariq, el actual sultán, que continúa la senda de apertura gradual y diversificación de la economía.

Hoy Mascate es una capital serena que carga con una historia inmensa: fue puerto antiguo, plaza portuguesa, cabeza de un imperio que llegó a Zanzíbar, ciudad encerrada durante décadas y, finalmente, escenario de uno de los renacimientos nacionales más rápidos que se recuerden. Caminar de los fuertes portugueses al zoco de Mutrah, y de ahí a la Ópera, es recorrer esa historia entera en unas pocas horas: cinco siglos de mar, comercio, encierro y reinvención, todos apretados entre la montaña y el agua.

📚 Bibliografía

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