Quien llega a Jabrin por primera vez se sorprende: en medio de una llanura reseca del interior de Omán, sin pueblo alrededor, se levanta de golpe un castillo de tres plantas, macizo por fuera y delicado por dentro. No hay oasis famoso ni ciudad histórica que lo rodee; Jabrin está solo, como un palacio caído del cielo entre la piedra y el polvo. Y sin embargo es, para muchos viajeros y expertos, el edificio histórico más bello de todo el país.
La clave está en lo que Jabrin no es. No es un fuerte de guerra como los de Nizwa o Bahla, pensados para resistir asedios y montar cañones. Es un castillo-palacio: una residencia de lujo, un centro de gobierno y, sobre todo, un centro de saber, construido en el siglo XVII por un imam que quiso rodearse de belleza y de cultura. Por eso su interior está lleno de techos pintados, salas refinadas y detalles que hablan de una vida cortesana sofisticada, muy lejos de la aspereza militar de las otras fortalezas.
Entender Jabrin es entender un momento muy concreto de la historia de Omán: la cúspide de la dinastía Yaruba, cuando el país, ya libre de los portugueses y convertido en potencia, podía permitirse levantar no solo defensas, sino también palacios donde cultivar las ciencias y las artes.
Para situar Jabrin hay que remontarse a la gran epopeya del Omán del siglo XVII: la expulsión de los portugueses. Desde principios del siglo XVI, Portugal había ocupado los puertos de la costa omaní —Mascate, Sur, Qalhat— para controlar el comercio del golfo y la ruta de las especias. El interior nunca fue sometido del todo, y desde allí, en el siglo XVII, la dinastía Yaruba (o Ya'ariba) unificó a las tribus bajo imames fuertes y fue expulsando a los portugueses hasta echarlos por completo del país.
Los Yaruba no se conformaron con liberar Omán: lo convirtieron en una potencia marítima. Construyeron una flota, persiguieron a los portugueses por el océano Índico y llegaron a arrebatarles plazas en la costa de África oriental, extendiendo la influencia omaní hasta Mombasa y Zanzíbar. Fue una época de prosperidad, de comercio y de obras: se levantaron y ampliaron fuertes, se restauraron aflaj y se impulsó la agricultura y el saber.
En ese clima de esplendor y confianza nació Jabrin. Su constructor, el imam Bil'arab bin Sultan, pertenecía a esta dinastía triunfante, y su palacio fue, en cierto modo, un símbolo de lo que Omán había llegado a ser: un país lo bastante seguro y próspero como para construir no solo para defenderse, sino también para vivir bien, estudiar y crear.
Jabrin fue construido hacia 1670 por el imam Bil'arab bin Sultan, que lo eligió como residencia y como centro de su gobierno. Pero lo que lo hace singular es que Bil'arab lo concibió también como un lugar de cultura y enseñanza. En sus salas se impartían clases de derecho islámico, astronomía, medicina, lengua y otras ciencias; había espacios dedicados al estudio y hasta a la música. En una época y una región donde el conocimiento se transmitía sobre todo en las mezquitas y en torno a los imames, Jabrin funcionó como una especie de palacio-universidad.
Esa vocación culta se refleja en cada detalle de la arquitectura. Los famosos techos pintados a mano —con flores, arabescos, estrellas y caligrafía—, las salas cuidadas, las ventanas caladas y los ingeniosos sistemas de luz y ventilación, como los de la célebre 'Sala del Sol y la Luna', muestran un nivel de refinamiento que no se buscaba en un simple fuerte. Todo en Jabrin está pensado para el confort, la belleza y el estudio, no solo para la defensa.
El castillo integraba, además, todos los elementos prácticos de la vida omaní: un falaj que llevaba agua por dentro del edificio, aljibes, despensas para conservar los dátiles, cocinas, una sala de justicia y hasta la ingeniosa rampa por la que los caballos podían subir a las plantas altas. Era, a la vez, palacio, escuela, sede de gobierno y hogar.
La belleza de Jabrin no debe engañar: sus muros fueron también escenario de la tragedia que terminó con la edad de oro de los Yaruba. Como tantas dinastías poderosas, los Yaruba se desangraron en luchas internas por la sucesión. A la muerte de un imam, las distintas ramas de la familia y las tribus que las apoyaban se disputaban el poder, y esas disputas derivaron en guerras civiles que fueron debilitando al Estado que ellos mismos habían construido.
El propio Bil'arab bin Sultan fue víctima de una de esas guerras. Según la historia, se enfrentó a su hermano Saif bin Sultan en una lucha por el poder, y Jabrin —su palacio— llegó a ser asediado. Bil'arab murió allí, en su castillo, hacia 1692, y fue enterrado dentro del propio edificio, donde todavía se puede ver su tumba. Que el constructor de este palacio del saber acabara muriendo asediado entre sus muros es una de esas ironías amargas que abundan en la historia.
Las guerras de sucesión no pararon. A lo largo de las décadas siguientes, el conflicto interno de los Yaruba se agravó hasta arrastrar al país a la inestabilidad, e incluso propició, en el siglo XVIII, la intervención de fuerzas persas en Omán. De aquel caos surgió finalmente una nueva figura, Ahmad bin Said, que expulsó a los persas y fundó hacia 1744 la dinastía Al Said, la que gobierna Omán hasta hoy. Jabrin quedó como testigo silencioso del final de una era.
Tras la caída de los Yaruba, Jabrin fue perdiendo importancia. Sin la corte que lo habitaba y sin su papel de centro de poder, el castillo entró en un largo declive, como tantos otros monumentos del interior. Pero su calidad constructiva y su belleza lo salvaron: en las últimas décadas, dentro del gran esfuerzo del Omán moderno por rescatar su patrimonio, Jabrin fue cuidadosamente restaurado, recuperando sus techos pintados, sus salas y su esplendor original.
Hoy es uno de los sitios históricos mejor conservados y explicados del país, gestionado por el Ministerio de Patrimonio y Turismo, con cartelería y audioguías en varios idiomas. Recorrer sus salas, mirar hacia los techos, descubrir la Sala del Sol y la Luna con su 'Ojo de Dios', subir por la escalera de los caballos y asomarse a la tumba de Bil'arab es como viajar al siglo XVII, a la vida palaciega de la edad de oro omaní.
Jabrin completa, junto a Nizwa y Bahla, el trío de grandes fuertes del interior, y aporta la nota que a los otros les falta: la de la elegancia y el saber. Mientras Nizwa habla del poder religioso y Bahla de la antigüedad y la leyenda, Jabrin habla de una época en que Omán, seguro y próspero, se atrevió a construir belleza. Por eso, pese a ser una visita corta, es una de las más memorables del país.