Antes de que existieran los imames, los sultanes o siquiera el islam, ya había gente viviendo en Bahla. Este oasis del interior de Omán, encajado entre las montañas Hajar y las estribaciones del Jebel Akhdar, es uno de los asentamientos más antiguos del país: los hallazgos arqueológicos confirman presencia humana desde el tercer milenio antes de Cristo, es decir, hace unos cinco mil años.
La razón es sencilla y es la misma que explica todos los grandes oasis del interior: el agua. Bahla dispone de manantiales y de un sistema de canales, el falaj, que reparte el agua por gravedad entre las huertas, y de una tierra que, bien regada, produce dátiles y cultivos en medio de la aridez. Alrededor de ese recurso escaso y precioso se organizó, milenio tras milenio, la vida de la comunidad, y también la necesidad de defenderla.
Esa antigüedad no es solo un dato para arqueólogos. Se palpa en la propia materia del lugar: el barro con el que están hechos el fuerte y la muralla es el mismo con el que los habitantes de la región construyen desde hace milenios, y la alfarería de Bahla —su cerámica sin esmaltar, famosa en todo Omán— hunde sus raíces en esa tradición ancestral de trabajar la arcilla local. Bahla es, en el sentido literal, una ciudad amasada con la tierra que la rodea.
El momento de mayor esplendor de Bahla llegó en la Edad Media, cuando se convirtió en la capital de la dinastía Nabhani. Los Banu Nabhan (o Nabahina) fueron una poderosa familia tribal que gobernó buena parte del interior de Omán entre los siglos XII y XV —con altibajos que se extienden hasta el XVII—, en paralelo, y a menudo en tensión, con la institución de los imames ibadíes. A diferencia del imamato, que elegía a sus líderes por su virtud y saber, los Nabhani ejercieron un poder más dinástico y mundano, apoyado en la fuerza de las armas y en el control de las rutas comerciales.
Bajo los Nabhani, Bahla floreció como centro político, militar y económico. Su posición en los caminos de caravanas que cruzaban el interior la convirtió en un nudo de comercio; su oasis la alimentaba; y su condición de plaza fuerte se materializó en el gran fuerte de adobe y en los kilómetros de muralla que rodeaban el asentamiento. La ciudad amurallada de aquella época, con sus torres, sus mercados y sus talleres, debió de ser una de las más importantes de Omán.
De aquel poder queda el mayor testimonio en pie: el fuerte y la muralla. Aunque el conjunto se rehízo y amplió muchas veces a lo largo de los siglos, su núcleo remite a la Bahla de los Nabhani, la que dominaba el interior cuando Mascate y la costa eran todavía escenarios secundarios de la historia omaní.
El fuerte de Bahla (Qala'at Bahla) y su muralla son obras maestras de la arquitectura de tierra. Construidos sobre todo con adobe —ladrillos de barro y paja secados al sol— sobre cimientos de piedra, forman un conjunto descomunal: un castillo de torres, patios, aljibes y almacenes sobre una elevación, y un cinturón amurallado que, en su máxima extensión, rodeaba el oasis a lo largo de varios kilómetros, con torres de vigilancia. Es la prueba de que, con barro y sabiduría, se podían levantar defensas capaces de resistir siglos.
Justamente esa muralla alimentó la leyenda más famosa de Bahla. La tradición popular sostiene que no la construyeron manos humanas, sino los djinn —los genios de la tradición árabe e islámica—, que la habrían levantado entera en una sola noche por orden de una sabia mujer, para proteger el oasis. Bahla arrastra desde al menos el siglo XII fama de tierra de djinn y de magia: se cuentan historias de brujería, de árboles y lugares habitados por espíritus, y de castigos a quienes se burlan de estas creencias. Ese folclore, que convive con la fe islámica, le dio a la ciudad su apodo de 'ciudad de los djinn'.
Más allá de la leyenda, la construcción en barro tiene un problema real: es frágil frente a la lluvia y el abandono. Durante buena parte del siglo XX, el fuerte y la muralla se fueron desmoronando, y el conjunto estuvo en serio peligro de desaparecer. Salvarlo se convirtió en una tarea de décadas.
En 1987, la Unesco inscribió el fuerte de Bahla en la lista del Patrimonio de la Humanidad: fue el primer sitio de Omán en recibir ese reconocimiento, un hito para un país que recién entonces empezaba a proyectar su patrimonio al mundo. Pero la inscripción llegó con una advertencia: dado el mal estado del monumento, la Unesco lo incluyó a la vez en la lista del Patrimonio Mundial en Peligro, para presionar y acompañar su rescate.
Comenzó así una de las restauraciones más largas y delicadas de la región. Entre finales de los años 80 y los años 2000, se trabajó para consolidar los muros de barro, rehacer torres y estructuras con técnicas tradicionales y frenar el deterioro, cuidando de no traicionar la autenticidad del conjunto. El esfuerzo dio resultado: el fuerte fue retirado de la lista de peligro y, tras culminar los trabajos, reabrió al público como atracción visitable en 2012.
Hoy, recorrer el fuerte de Bahla —subir a sus torres, asomarse al palmeral, ver sus salas y pozos— es también recorrer esa historia de rescate. El sitio Unesco no abarca solo el castillo, sino el conjunto del 'paisaje cultural' de Bahla: el fuerte, la muralla, el oasis y su falaj, y la trama del viejo pueblo. Es el reconocimiento a un lugar que resume, en barro, cinco mil años de vida en el interior de Omán.
Bahla no es solo un monumento del pasado: sigue siendo un pueblo vivo, con su oasis, su zoco y sus oficios. El más famoso es la alfarería. La calidad de la arcilla local y una tradición milenaria hicieron de Bahla el gran centro cerámico de Omán: aquí se fabrican, desde tiempos remotos, las tinajas, cántaros, incensarios y vasijas de barro sin esmaltar que se usaban en todo el país para conservar agua, dátiles y comida. Los arqueólogos hablan incluso de una 'técnica de Bahla' propia. Todavía funcionan talleres familiares donde se puede ver a los alfareros dar forma y cocer las piezas, en un oficio que resiste frente al plástico y la producción industrial.
La ciudad conserva también su zoco tradicional bajo cúpulas de barro, uno de los más antiguos del interior, con su mezcla de cerámica, dátiles, especias y productos cotidianos, y su palmeral regado por el falaj, ese sistema de canales que es Patrimonio de la Humanidad y que sostiene la agricultura desde hace milenios.
En el Omán moderno, próspero y organizado que nació con el sultán Qaboos a partir de 1970, Bahla ocupa un lugar especial: es el sitio donde el país guarda su memoria más antigua y más legendaria. Entre el fuerte de adobe, la muralla de los djinn, la alfarería y las historias de magia, sigue siendo una de las paradas más fascinantes y singulares del interior de Omán.