El nombre de Vilankulo (también escrito Vilanculos) proviene de un personaje histórico local: el jefe Gamela Vilankulo Mukoke, cuyo clan gobernaba esta zona de la costa frente al Archipiélago de Bazaruto. Como en tantos lugares de Mozambique, el topónimo conserva la memoria de las autoridades africanas tradicionales que organizaban la vida de la región mucho antes —y durante— la presencia colonial portuguesa.
Durante siglos, esta franja costera del centro-sur de Mozambique estuvo habitada por comunidades de pescadores y agricultores que vivían en estrecha relación con el mar: la pesca en la bahía, la recolección de mariscos en las enormes planicies de marea, y la navegación en dhow hacia las islas cercanas. El Archipiélago de Bazaruto, a la vista desde la costa, formaba parte de su mundo cotidiano y de su cultura marinera.
La región se integraba, además, en el gran circuito comercial del océano Índico. Como toda la costa mozambiqueña, participaba de las redes de intercambio que conectaban África oriental con el mundo swahili, árabe, persa e indio, comerciando productos del mar y de la tierra. Vilankulo era un punto más de esa larga historia marítima que precede en mucho a la llegada de los europeos.
Con la expansión portuguesa por la costa oriental de África a partir del siglo XVI, esta región quedó nominalmente bajo la órbita de la colonia del África Oriental Portuguesa, aunque el control efectivo del interior y de muchas zonas costeras fue durante mucho tiempo débil y disputado con las autoridades africanas locales. La bahía de Vilankulo y el Archipiélago de Bazaruto fueron conocidos por los navegantes y comerciantes portugueses, que se movían por estas aguas en sus rutas del Índico.
Durante el período colonial, Vilankulo fue creciendo como una pequeña localidad costera, con su población de pescadores, algunos comerciantes y una modesta administración. La región de Inhambane, a la que pertenece, era conocida por sus cocoteros y sus anacardos, y por su larga tradición marinera. Las islas de Bazaruto, con sus dunas y sus arrecifes, permanecían en gran medida vírgenes, habitadas solo por pequeñas comunidades de pescadores.
A mediados del siglo XX, el valor natural excepcional del archipiélago empezó a reconocerse. En 1971, aún bajo administración portuguesa, se creó el Parque Nacional del Archipiélago de Bazaruto para proteger su fauna marina —en especial los dugongos y las tortugas—, uno de los primeros pasos de la larga historia de conservación de estas islas, que marcaría también el destino turístico de Vilankulo.
Como todo Mozambique, Vilankulo vivió la independencia de 1975, liderada por el FRELIMO de Samora Machel, y luego los difíciles años de la guerra civil (1977-1992) entre el gobierno y la guerrilla de la RENAMO. La provincia de Inhambane y el centro del país se vieron afectados por el conflicto, que paralizó la economía, dañó la infraestructura y aisló a muchas localidades. El turismo, incipiente en las décadas anteriores, prácticamente desapareció.
Durante esos años, Vilankulo quedó como una localidad pesquera alejada de los circuitos, y el Archipiélago de Bazaruto, pese a su condición de parque nacional, sufrió la falta de gestión y de recursos que golpeó a todas las áreas protegidas del país. La fauna marina, incluidos los frágiles dugongos, quedó expuesta a la pesca sin control y a la degradación, en un contexto de guerra y pobreza extrema.
El fin de la guerra, con el Acuerdo General de Paz de 1992, abrió una nueva etapa. Mozambique inició su reconstrucción, y la extraordinaria belleza del Archipiélago de Bazaruto —sus islas de dunas doradas, sus aguas turquesas, sus arrecifes— empezó a atraer de nuevo la atención del mundo. Vilankulo, como base natural en el continente, estaba llamada a convertirse en la puerta de entrada al archipiélago.
A partir de los años noventa y, sobre todo, en las primeras décadas del siglo XXI, Vilankulo experimentó un notable crecimiento como destino turístico. La fama internacional del Archipiélago de Bazaruto —con la apertura de lodges de lujo en las islas de Benguerra y Bazaruto, y el reconocimiento de sus aguas como un paraíso de snorkel, buceo y navegación en dhow— convirtió a Vilankulo en la base logística natural para acceder a las islas.
Se construyó y mejoró el aeropuerto de Vilankulo (VNX), con vuelos directos desde Johannesburgo que acercaron el destino a los viajeros internacionales y sudafricanos. En el pueblo florecieron lodges, hostels, restaurantes y operadores de excursiones en dhow, dando forma a un turismo de dos velocidades: el lujo aislado de las islas y el turismo más independiente y accesible del continente. Vilankulo se especializó en este segundo, atrayendo a mochileros, familias y viajeros que querían disfrutar de Bazaruto sin los precios de los lodges de las islas.
Ese desarrollo trajo empleo y oportunidades, pero también desafíos: la necesidad de gestionar el crecimiento, proteger el frágil ecosistema marino y asegurar que el turismo beneficie a la comunidad local. La entrada de la organización African Parks en la gestión del parque de Bazaruto, en 2017, reforzó la conservación del archipiélago del que depende el turismo de Vilankulo.
El Vilankulo de hoy es un pueblo alegre y en crecimiento, hub del turismo playero independiente del centro-sur de Mozambique. Combina la vida local auténtica —mercados, pesca, comercio— con una oferta turística variada y con su papel de trampolín hacia el Archipiélago de Bazaruto. Sus atardeceres sobre la bahía, con las velas de los dhows y las enormes mareas, se han vuelto una imagen icónica del turismo mozambiqueño.
El pueblo y toda la región han tenido que enfrentar también la amenaza creciente de los ciclones tropicales, cada vez más intensos por el cambio climático. En años recientes, ciclones que golpearon el centro de Mozambique causaron destrucción y recordaron la vulnerabilidad de estas costas. La reconstrucción y la resiliencia frente a estos fenómenos son parte de los desafíos actuales de Vilankulo.
Para el viajero, Vilankulo ofrece hoy una combinación difícil de igualar: la puerta a uno de los archipiélagos más bellos del Índico, un pueblo con vida y personalidad propias, y una experiencia de mar —dhows, snorkel, islas de arena dorada, dugongos y ballenas— accesible y auténtica. De aldea de pescadores con nombre de jefe local a capital del turismo de Bazaruto, Vilankulo resume el potencial y los retos del renacer costero de Mozambique.