La bahía de Pemba —un enorme brazo de mar resguardado, considerado una de las mayores bahías naturales del mundo— fue durante siglos parte del mundo swahili de la costa de África oriental. Mucho antes de que existiera la ciudad actual, estas aguas y las islas vecinas del Archipiélago de las Quirimbas eran recorridas por navegantes árabes y swahilis que comerciaban al ritmo de los monzones, y la vieja isla de Ibo, más al norte, era el gran centro comercial y administrativo de la región de Cabo Delgado.
La población de la zona era y sigue siendo diversa: pueblos costeros de habla kimwani y suajili, de religión musulmana y cultura marinera, y en el interior los makonde, célebres por sus tallas de ébano, además de macúa y otros grupos. Toda la región formaba parte de la periferia norte del dominio portugués, poco desarrollada y orientada hacia el comercio del Índico y hacia el mundo de Zanzíbar y la costa swahili más que hacia el sur del país.
La magnífica bahía, sin embargo, era un recurso desaprovechado: un puerto natural profundo y protegido que, a comienzos del siglo XX, los portugueses decidieron finalmente explotar, dando origen a una ciudad nueva que desplazaría a la vieja Ibo como capital de la región.
La ciudad fue fundada por los portugueses en 1904 con el nombre de Porto Amélia, en honor a la reina Amelia de Orleans, esposa del rey Carlos I de Portugal. Su creación respondía a la necesidad de un puerto moderno y bien situado para administrar y explotar la región de Cabo Delgado, aprovechando la excepcional bahía natural, mucho más adecuada que el fondeadero de la vieja Ibo, que fue perdiendo así su papel de capital regional.
Porto Amélia creció como puerto comercial y centro administrativo, con un trazado colonial en la parte alta de la península, barrios comerciales —donde se instalaron comerciantes portugueses, indios y de otras procedencias— y los barrios populares junto al mar, como Paquitequete. La economía de la región giraba en torno a la exportación de productos agrícolas (algodón, sisal, anacardo) y del mar, y la ciudad se consolidó como la principal del extremo norte mozambiqueño.
Durante la primera mitad del siglo XX, Porto Amélia fue una típica ciudad colonial portuguesa de provincias: modesta pero con su iglesia, su administración, su puerto y su mezcla de poblaciones. La región, sin embargo, seguía siendo una de las más pobres y periféricas de la colonia, lejos de los centros de poder del sur.
Cabo Delgado, y con él Porto Amélia, tuvo un papel central en la historia de la independencia de Mozambique. Fue en el norte, cerca de la frontera con Tanzania, donde el FRELIMO (Frente de Liberación de Mozambique) lanzó en 1964 la lucha armada contra el dominio colonial portugués. Los makonde de la meseta de Mueda, en el interior de la provincia, fueron un pilar de esa guerrilla, y la región vivió de lleno los años de la guerra de liberación (1964-1974).
Tras la Revolución de los Claveles en Portugal (1974) y la caída del régimen colonial, Mozambique alcanzó la independencia el 25 de junio de 1975, con el FRELIMO en el poder. Porto Amélia pasó a llamarse Pemba, su nombre actual, en el marco del cambio de topónimos coloniales por otros africanos que acompañó a la independencia.
Los años siguientes fueron durísimos para todo el país: la guerra civil entre el FRELIMO y la RENAMO (1977-1992) devastó Mozambique, aunque golpeó con más fuerza al centro y al sur que al extremo norte. Pemba, alejada y periférica, siguió siendo una ciudad portuaria modesta, capital de una de las provincias más pobres y menos desarrolladas del país, con enormes carencias de infraestructura y servicios.
El siglo XXI trajo a Cabo Delgado una transformación inesperada. A partir de 2010 se descubrieron enormes reservas de gas natural en la cuenca de Rovuma, frente a la costa del norte de la provincia, cerca de Palma. Grandes multinacionales energéticas lanzaron proyectos multimillonarios de gas natural licuado (GNL), y Pemba vivió un breve auge como base logística de esa industria, con llegada de inversiones, trabajadores extranjeros y expectativas de riqueza para una de las regiones más pobres del país.
Pero esa promesa se torció trágicamente. Desde octubre de 2017, la provincia sufre una insurgencia armada de grupos yihadistas —conocidos localmente como 'Al Shabab' (sin relación con el somalí) y vinculados al autodenominado Estado Islámico—, que ha atacado aldeas, pueblos y hasta la villa de Palma y el puerto de Mocímboa da Praia. El conflicto ha causado miles de muertos y ha desplazado a más de un millón de personas, en una de las peores crisis humanitarias de África, y llevó a la intervención de fuerzas de Ruanda y de la SADC para intentar estabilizar la zona.
Pemba, como capital provincial, ha funcionado como retaguardia segura, base humanitaria y refugio de decenas de miles de desplazados, y en general ha permanecido al margen de los ataques, aunque la situación en la provincia sigue siendo volátil, con repuntes de violencia en 2024 y 2025. La ciudad de la gran bahía, que soñó con un futuro de prosperidad gasística, vive hoy suspendida entre esa promesa aplazada y el drama de un conflicto que ensombrece a todo el norte. Aun así, Pemba conserva su belleza costera y su papel de puerta a las Quirimbas, esperando tiempos mejores para su gente y para el turismo.