Imaginá el desierto del Gobi en pleno julio: el sol cayendo a plomo, la grava reverberando de calor, el termómetro rozando los cuarenta grados, el horizonte temblando en el aire. Ahora imaginá que te internás en un cañón entre montañas y que, de pronto, entre las paredes de roca en sombra, aparece un río de hielo azulado, grueso, sólido, que cruje bajo tus pasos. No es un espejismo ni un truco: es Yolyn Am, la garganta helada del Gobi, uno de los contrastes más asombrosos que ofrece la naturaleza mongola. Hielo en el corazón del fuego.
La explicación de este prodigio es pura geografía. Yolyn Am se abre en las montañas de Zuun Saikhan, un macizo que se eleva sobre la llanura desértica hasta más de dos mil metros de altura. Allá arriba hace mucho más frío que en el desierto llano, y el largo y durísimo invierno mongol congela por completo el arroyo que baja por el fondo de la garganta, formando un corredor de hielo de varios metros de espesor. Cuando llega la primavera y el verano, el hielo empieza a derretirse... pero no del todo. En las partes más profundas y estrechas del cañón, donde las paredes casi se tocan y el sol apenas entra unos minutos al día, el hielo resiste, blindado por la sombra y el frescor, buena parte del verano.
Ese fenómeno, tan simple de explicar como espectacular de vivir, es la fama de Yolyn Am. Pero sería un error reducir el lugar al hielo. Porque esta garganta es, además, un santuario de vida en medio de la aridez, un refugio de agua y frescor donde se concentran animales y plantas que no sobrevivirían en el desierto abierto. Y su historia empieza, precisamente, no con el hielo, sino con las aves.
El nombre de Yolyn Am no menciona el hielo. 'Yol' es el nombre mongol del quebrantahuesos, también llamado buitre barbudo o lammergeier, una de las mayores aves rapaces del mundo, con casi tres metros de envergadura. 'Am' significa garganta o boca de un valle. Yolyn Am es, pues, 'la garganta del quebrantahuesos', y por eso se la conoce popularmente como el 'valle de los buitres'. El nombre revela qué era lo que primero llamó la atención de este lugar: no el hielo, sino su extraordinaria riqueza de aves rapaces.
El quebrantahuesos es un ave fascinante y algo siniestra: se alimenta sobre todo de huesos, que ingiere enteros o, si son grandes, deja caer desde el aire sobre las rocas para partirlos y comer el tuétano, una técnica que le ha valido su nombre. Planea majestuoso sobre las montañas aprovechando las corrientes térmicas, y las paredes verticales de cañones como Yolyn Am le ofrecen el hábitat perfecto para anidar y cazar. Junto a él vuelan buitres leonados y negros, águilas reales y halcones: el cielo del cañón es un desfile de grandes rapaces.
Fue esa riqueza ornitológica la que motivó la primera protección de la zona, a mediados del siglo XX, cuando Mongolia era una república socialista. Se creó un área protegida pensando ante todo en conservar las aves y su hábitat. Con el tiempo, la fama del lugar se desplazó hacia el fenómeno más vistoso del hielo, pero el corazón de Yolyn Am siguen siendo sus buitres: los mismos que, siglos antes de que llegara ningún turista, planeaban sobre la garganta y le daban su nombre en la lengua de los pastores del Gobi.
Para entender Yolyn Am hay que entender las montañas que lo albergan: el macizo de Gurvan Saikhan, 'los tres bellos', tres cadenas montañosas que se elevan sobre el desierto del Gobi sur. En un entorno donde el agua y el pasto son los recursos más preciados y escasos, estas montañas han sido siempre un refugio vital. Su altitud atrapa algo más de humedad que la llanura, y en sus valles brotan arroyos, crecen pastos y, en verano, se cubren de flores. Para los pastores nómadas del Gobi, subir a las montañas en la estación cálida ha sido durante siglos una forma de encontrar agua y forraje cuando el desierto se agosta.
Así, alrededor de Yolyn Am y en todo Gurvan Saikhan se ha desarrollado la misma vida nómada milenaria que caracteriza a Mongolia, adaptada a las condiciones extremas del Gobi. Las familias crían camellos bactrianos, cabras —incluidas las de la preciada lana de cachemira—, ovejas y algún caballo, moviéndose entre el desierto y la montaña según las estaciones. Los pastores conocen cada valle, cada fuente, cada paso, y esa sabiduría transmitida de generación en generación es lo que ha permitido la vida humana en uno de los entornos más duros del planeta.
Las montañas son también un refugio para la fauna salvaje. Además de los buitres, en Gurvan Saikhan viven los ibex (cabras salvajes de largos cuernos que trepan por las cornisas imposibles), los argalíes (los mayores carneros salvajes del mundo), las pikas entre las rocas, y, en las zonas más altas e inaccesibles, el esquivo leopardo de las nieves, el fantasma de las montañas de Asia Central. Todo ese mundo vivo, concentrado en un desierto que parece muerto, es lo que hace de estas montañas —y de la garganta de Yolyn Am en particular— un tesoro natural.
La protección de Yolyn Am se enmarca en una historia más amplia: la de la conservación de la naturaleza en Mongolia, que tiene raíces sorprendentemente antiguas. Los mongoles protegen lugares sagrados desde hace siglos —la montaña Bogd Khan, cerca de Ulán Bator, está protegida desde el siglo XVIII, uno de los espacios naturales protegidos más antiguos del mundo—, y esa tradición, mezcla de respeto religioso y sentido práctico, se modernizó en el siglo XX. La zona de Yolyn Am fue declarada área protegida a mediados de siglo, sobre todo por sus aves.
El gran paso llegó en 1993, tras la caída del comunismo y la apertura democrática de Mongolia, cuando se creó el Parque Nacional Gobi Gurvan Saikhan, que integró Yolyn Am y las montañas de los 'tres bellos' en un espacio protegido de enormes dimensiones —el mayor parque nacional del país—, que con ampliaciones posteriores abarca también las dunas de Khongoryn Els y vastas extensiones de desierto y montaña. El objetivo: conservar los ecosistemas únicos del Gobi, su fauna extrema y sus paisajes, en un momento en que el país se abría al mundo y a nuevas presiones.
Esa protección ha sido clave. El Gobi enfrenta amenazas crecientes: el cambio climático, que agrava la sequía; el sobrepastoreo; y sobre todo la minería a gran escala, que en la provincia del Gobi sur —con proyectos gigantescos como Oyu Tolgoi y Tavan Tolgoi— disputa el agua y transforma el territorio. En ese contexto, tener un gran parque nacional que blinde lugares como Yolyn Am es fundamental para que el desierto conserve sus joyas. La modesta entrada que paga cada visitante contribuye a esa conservación.
El Yolyn Am del siglo XXI es una de las atracciones más queridas y accesibles del Gobi, y con razón. A solo 46 kilómetros de Dalanzadgad, la capital del Gobi sur con su aeropuerto, es fácil de alcanzar y suele ser la primera parada de los circuitos por el desierto: la introducción perfecta a la variedad insospechada del Gobi. El viajero llega esperando dunas y aridez, y se encuentra con un cañón fresco y umbrío donde el hielo resiste el verano, los buitres planean sobre las paredes y los ibex trepan por las cornisas. Es la mejor demostración de que el Gobi no es el desierto plano y monótono del imaginario.
La experiencia es sencilla y memorable: se llega en 4x4 por la pista, se visita el pequeño museo de historia natural del valle, y se camina por la garganta siguiendo el arroyo, adentrándose entre paredes que se estrechan hasta el corazón del cañón, con el hielo (en temporada) crujiendo bajo los pies y las rapaces surcando el cielo. Quien no quiere caminar todo puede hacerlo a caballo, como los pastores locales. No hay grandes infraestructuras ni multitudes: hay silencio, roca, agua, hielo y vida salvaje.
Yolyn Am condensa, en un solo lugar, buena parte de lo que hace único al Gobi: los contrastes extremos, la vida que se aferra al agua escasa, la belleza inesperada de un desierto que esconde hielo, la fauna asombrosa de un entorno hostil. Para el viajero que se interna en el gran desierto del sur, la garganta de los buitres es el primer aviso de que el Gobi va a sorprenderlo una y otra vez. Y es, quizá, la imagen que mejor resume Mongolia: un país de extremos, donde el hielo y el fuego, la aridez y la vida, conviven en el mismo paisaje inmenso y desconcertante. Un rincón donde la naturaleza, contra toda lógica, guarda hielo en pleno desierto para quien tenga la curiosidad de ir a buscarlo.