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Historia de Khongoryn Els

Las dunas que rugen: por qué canta la arena de Khongoryn Els

Antes de que ningún imperio pusiera sus ojos en el Gobi, el viento ya llevaba miles de años haciendo su trabajo. Khongoryn Els no es una montaña ni una obra humana: es arena, millones de toneladas de arena arrastrada por el viento durante milenios y amontonada contra el flanco de las montañas Sevrei y Zöölön, en el corazón del desierto del sur de Mongolia. El resultado es el mayor campo de dunas del país, una franja dorada de más de cien kilómetros de largo cuyas crestas más altas rondan los 200 o 300 metros. Los mongoles las llaman Duut Mankhan, 'las dunas que suenan', y de ahí viene el apodo turístico de 'dunas cantoras'.

El 'canto' no es una leyenda. Cuando el viento arrastra la arena por una ladera empinada, o cuando una avalancha de granos se desliza cuesta abajo, la masa de arena seca y de grano uniforme entra en vibración y produce un zumbido grave, profundo, que puede oírse a cierta distancia y que a veces se describe como el rugido lejano de un avión. El fenómeno, que la ciencia estudia en apenas unas decenas de desiertos del mundo, depende del tamaño y la sequedad de los granos y de la geometría de la duna. En Khongoryn Els se da con fuerza los días de viento, y es una de las razones por las que este arenal ocupa un lugar aparte entre los paisajes del Gobi.

Pero reducir Khongoryn Els a sus dunas sería injusto. Al pie del arenal corre el río Khongoryn Gol, alimentado por el deshielo de las montañas, que forma una franja de pastos, juncos y humedales: un oasis lineal que hace posible la vida en pleno desierto. Ese contraste —arena, agua y montaña nevada al fondo— es lo que convierte al lugar en un símbolo del Gobi. Y donde hay agua y pasto, hay ganado; y donde hay ganado, hay pastores. La historia humana de estas dunas es, ante todo, la historia de los nómadas del desierto y de un animal extraordinario: el camello.

El camello bactriano, señor del desierto

No se entiende el Gobi sin el camello bactriano, el de dos jorobas, y en Khongoryn Els es parte del paisaje cotidiano. A diferencia del dromedario de una sola joroba, adaptado a los desiertos cálidos, el bactriano es un animal de los desiertos fríos de Asia Central: soporta veranos abrasadores y también inviernos de treinta o cuarenta grados bajo cero, gracias a un pelaje espeso que muda con las estaciones, unas reservas de grasa acumuladas en sus dos jorobas y una fisiología capaz de resistir largos periodos sin agua. Puede beber enormes cantidades de golpe cuando encuentra agua y aguantar días sin ella.

Los seres humanos domesticaron al camello bactriano hace unos 4.500 años en algún punto de Asia Central, y ese hecho cambió la historia de la región. Con el camello se pudo cruzar el desierto, transportar cargas pesadas y comerciar a través de distancias antes impensables. Durante siglos, por las rutas del sur de lo que hoy es Mongolia pasaron caravanas que unían China con el mundo de las estepas y con Asia Central, y el camello bactriano fue el motor silencioso de ese tráfico de sedas, té, sal y mercancías. Todavía hoy, las familias del Gobi crían camellos para la lana, la leche, el transporte y la carga, y en Khongoryn Els los paseos que ofrecen a los viajeros son la cara turística de una relación milenaria entre el hombre, el animal y el desierto.

En las montañas y llanuras remotas del Gobi sobrevive además, en estado crítico, el pariente salvaje de todo esto: el camello salvaje o khavtgai, una especie distinta y en grave peligro de extinción, de la que quedan apenas unos cientos de ejemplares repartidos entre Mongolia y China. Su presencia recuerda que este desierto, que a primera vista parece muerto, es en realidad un ecosistema vivo y singular, con especies que no existen en ningún otro lugar del planeta.

Nómadas, caravanas y la vida en el Gobi

El Gobi —cuyo nombre significa en mongol algo así como 'lugar sin agua' o 'desierto'— es uno de los grandes desiertos del mundo, pero no es un mar de dunas como el Sáhara: en su mayor parte es estepa seca, grava, montañas peladas y cañones, con apenas algunos arenales como Khongoryn Els. Se extiende por el sur de Mongolia y el norte de China a lo largo de más de un millón de kilómetros cuadrados, y durante milenios ha sido tierra de paso y de pastoreo para los pueblos nómadas de la estepa.

Mucho antes de Gengis Kan, por estas tierras se movían tribus de pastores y guerreros a caballo; el propio imperio mongol del siglo XIII, el más extenso de la historia por territorio contiguo, nació de esa cultura nómada de la estepa que rodea al Gobi por el norte. El desierto fue frontera, ruta comercial y refugio. Por sus bordes discurrían ramales de las rutas caravaneras que conectaban China con Asia Central y, más allá, con Persia y Europa: la llamada Ruta de la Seda no era un único camino, sino una red de pistas por las que circulaban mercancías, ideas y religiones, y en las que el camello bactriano era insustituible.

La vida de los pastores del Gobi se organiza, todavía hoy, en torno al movimiento estacional en busca de pastos y agua, a la ger —la vivienda circular de fieltro, desmontable y perfectamente adaptada al clima extremo— y a los cinco animales tradicionales del mundo nómada mongol: caballo, vaca (o yak), oveja, cabra y camello. En un entorno tan hostil, la hospitalidad no es un lujo sino una regla de supervivencia: recibir al viajero, ofrecerle té con leche y un techo, es una costumbre sagrada que sigue viva en las yurtas del pie de las dunas. Quien visita Khongoryn Els y comparte un rato con una familia criadora está asomándose a una forma de vida que ha cambiado sorprendentemente poco en siglos.

De desierto olvidado a parque nacional protegido

Durante buena parte del siglo XX, mientras Mongolia era un Estado socialista aliado de la Unión Soviética, el Gobi fue una región remota, escasamente poblada y difícil de recorrer. La ganadería se colectivizó, se abrieron algunas minas y explotaciones, y el desierto siguió siendo, sobre todo, territorio de pastores. La caída del régimen socialista a comienzos de los años noventa y la apertura del país transformaron poco a poco el Gobi en uno de los grandes destinos turísticos de Mongolia, gracias a paisajes como las dunas de Khongoryn Els, el cañón helado de Yolyn Am y los acantilados fosilíferos de Bayanzag.

Para proteger ese patrimonio natural, el Gobi meridional quedó amparado dentro del Parque Nacional del Gobi-Gurvansaikhan, uno de los mayores espacios protegidos del país, con más de 27.000 kilómetros cuadrados. Su nombre —'las tres bellezas del Gobi'— alude a las tres cadenas montañosas que lo cruzan. El parque no protege solo las dunas: ampara un mosaico de hábitats desérticos y de montaña que sostienen una fauna extraordinaria y adaptada al extremo, desde los íbices y los grandes carneros argalí hasta el leopardo de las nieves en las alturas, el gato de Pallas, gacelas, buitres y águilas.

Hoy, Khongoryn Els vive el desafío de todo destino natural que se vuelve popular: recibir viajeros sin degradar un ecosistema frágil ni alterar la vida de los pastores que lo habitan. Las tarifas de entrada al parque financian su conservación, y buena parte del turismo se apoya en los propios nómadas, que gestionan ger camps y paseos en camello. El equilibrio no siempre es fácil —la basura, el agua escasa y la presión sobre los pastos son problemas reales—, pero el modelo de campamentos familiares y guías locales hace que gran parte del beneficio quede en la zona. Quien sube al atardecer a la cresta de las dunas, escucha su zumbido y ve encenderse la arena mientras abajo regresan los camellos, entiende por qué vale la pena cuidar este rincón del desierto.

📚 Bibliografía

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