La historia moderna de Bayanzag empieza con un personaje que parece salido de una película: Roy Chapman Andrews, naturalista, explorador y aventurero estadounidense, nacido en 1884, que llegó a dirigir el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Cazador, buceador, escritor y showman, Andrews cultivó su propia leyenda —con sombrero de ala ancha y revólver al cinto— hasta el punto de que muchos lo consideran una de las inspiraciones del personaje de Indiana Jones. En los años veinte concibió un proyecto científico descomunal: cruzar el desierto de Gobi para buscar el origen de la humanidad, que entonces algunos científicos situaban en Asia Central.
Para ello organizó las célebres Expediciones a Asia Central del museo, que entre 1922 y 1930 recorrieron el Gobi con una combinación asombrosa para la época: una flota de automóviles Dodge que abría camino por pistas inexistentes y una larga caravana de camellos bactrianos que transportaba el combustible, el agua y los víveres. Era una empresa carísima y peligrosa, en un país recién salido de siglos de dominio y en plena convulsión política, con tormentas de arena, bandidos, serpientes y un clima extremo. Andrews no encontró al ancestro humano que buscaba, pero halló algo que ni él imaginaba: uno de los mayores tesoros paleontológicos del planeta.
En el verano de 1922, casi por casualidad, la expedición llegó a un paraje de acantilados de arenisca roja en el sur del Gobi. Al verlos arder con la luz del atardecer, Andrews los bautizó 'Flaming Cliffs', los acantilados en llamas. El nombre mongol del lugar era Bayanzag, 'rico en saxaul'. En la arcilla roja de aquellas paredes, el equipo empezó a encontrar huesos por todas partes. Lo mejor estaba por venir.
El hallazgo que dio la vuelta al mundo llegó en el verano de 1923. En los acantilados de Bayanzag, los miembros de la expedición —con el paleontólogo Walter Granger como jefe científico— desenterraron algo nunca visto: nidos de huevos de dinosaurio fosilizados, los primeros que se reconocían como tales en la historia. Hasta entonces se suponía que los dinosaurios ponían huevos, como los reptiles y las aves, pero nadie tenía una prueba tan clara y espectacular: allí estaban las puestas, con los huevos alargados dispuestos en círculo, petrificados durante decenas de millones de años en la arcilla del Cretácico.
La noticia fue una sensación mundial y ayudó a financiar las expediciones siguientes; se cuenta que hasta se subastó un huevo para recaudar fondos. Durante más de setenta años se creyó que aquellos huevos pertenecían al Protoceratops, un dinosaurio herbívoro del tamaño de una oveja, con una gorguera ósea, cuyos esqueletos aparecían por centenares en la zona. Cerca de uno de los nidos se encontró además el esqueleto de un dinosaurio distinto, un terópodo al que, suponiéndolo un ladrón de huevos ajenos, se le puso el nombre de Oviraptor ('ladrón de huevos').
La ironía tardó décadas en resolverse. En 1993 y 1995, nuevas expediciones al Gobi encontraron huevos idénticos, pero esta vez con embriones dentro: y los embriones eran de Oviraptor, no de Protoceratops. Es decir, aquel supuesto 'ladrón de huevos' no estaba robando el nido de otro, sino empollando el suyo, sentado sobre la puesta como un ave. El Oviraptor pasó así de villano a padre o madre ejemplar, y el episodio se convirtió en un clásico de cómo la ciencia corrige sus propios errores con nuevas pruebas. Todo aquello había empezado en la arcilla roja de Bayanzag.
Los huevos fueron solo el principio. Las expediciones de Andrews sacaron del Gobi, y en particular de Bayanzag y otros yacimientos cercanos, una cantidad extraordinaria de fósiles que renovaron por completo el conocimiento de los dinosaurios asiáticos. Entre 1922 y 1925, los equipos recogieron más de un centenar de esqueletos de Protoceratops —adultos, juveniles y crías, lo que permitió estudiar por primera vez el crecimiento de una especie de dinosaurio— y describieron géneros nuevos que hoy son mundialmente famosos.
El más célebre es sin duda el Velociraptor, cuyos primeros restos se encontraron aquí en 1923. Aquel depredador ágil y emplumado, mucho más pequeño en la realidad que en las películas, se convertiría décadas después en una estrella del cine gracias a Parque Jurásico, aunque el animal real medía menos de un metro de altura y estaba cubierto de plumas. De estos yacimientos salió también uno de los fósiles más asombrosos jamás hallados, aunque en un sitio cercano: el de un Velociraptor y un Protoceratops enzarzados en pleno combate, sepultados juntos de golpe, probablemente por el derrumbe de una duna, y fosilizados en plena lucha. Es una instantánea de un instante de hace unos 75 millones de años.
Toda esta riqueza se explica por la geología del lugar. La arcilla y la arenisca roja de Bayanzag pertenecen a la llamada formación Djadokhta, del Cretácico Superior, depositada en un antiguo desierto de dunas donde las tormentas de arena sepultaban a los animales de forma súbita y los conservaban extraordinariamente bien. Por eso el Gobi es uno de los mejores lugares del mundo para encontrar dinosaurios, y por eso, un siglo después de Andrews, la erosión sigue sacando a la luz fósiles nuevos cada temporada. Caminar por Bayanzag es pisar un yacimiento todavía vivo.
La fama paleontológica de Bayanzag y del Gobi tuvo también una cara oscura. La riqueza de fósiles convirtió a Mongolia en objetivo del expolio: durante décadas, cazadores furtivos y contrabandistas extrajeron ilegalmente huesos, huevos y esqueletos para venderlos en el mercado internacional de coleccionistas, donde un cráneo o una puesta pueden alcanzar cifras altísimas. El caso más sonado estalló en 2012, cuando un esqueleto casi completo de Tarbosaurus bataar —un pariente asiático del Tyrannosaurus, exclusivo del Gobi— se subastó en Nueva York por más de un millón de dólares. El gobierno mongol reclamó, se demostró que había salido del país de contrabando y el fósil fue finalmente repatriado, un caso que sentó precedente.
Mongolia considera los fósiles patrimonio nacional inalienable, y su recogida, comercio y exportación por particulares están terminantemente prohibidos por ley. Por eso, en Bayanzag, la norma para el viajero es tajante: se puede mirar y fotografiar, pero jamás recoger ni comprar fósiles, por pequeños que sean; sacarlos del país es un delito grave. Muchas piezas repatriadas o halladas en excavaciones legales se exhiben hoy en Ulán Bator, sobre todo en el Museo Central de Dinosaurios de Mongolia, que ha convertido la defensa del patrimonio paleontológico en una causa nacional y educativa.
En paralelo, el paraje quedó protegido dentro del Parque Nacional del Gobi-Gurvansaikhan, uno de los mayores del país, que ampara tanto los yacimientos como el frágil ecosistema del desierto. Hoy Bayanzag es a la vez un santuario de la ciencia y un destino turístico: cada atardecer, los acantilados se encienden de rojo para los viajeros que llegan en 4x4, en el mismo lugar donde, hace un siglo, un aventurero con sombrero de ala ancha desenterró los primeros huevos de dinosaurio y cambió para siempre nuestra manera de imaginar el pasado remoto de la Tierra. El legado de Roy Chapman Andrews sigue ardiendo en la arcilla del Gobi.