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Historia de Bayan-Ölgii

Kazajos en Mongolia: cómo un pueblo túrquico llegó al Altái

Bayan-Ölgii es una anomalía fascinante dentro de Mongolia: una provincia donde no se habla mongol como lengua principal, sino kazajo; donde no hay templos budistas, sino mezquitas; y donde la cultura mira hacia las estepas de Asia Central más que hacia Ulán Bator. Sus habitantes, los kazajos, son un pueblo túrquico y musulmán, distinto de los mongoles en lengua, religión y costumbres, que llegó a estas montañas del Altái en tiempos relativamente recientes, sobre todo entre mediados del siglo XIX y mediados del XX.

La migración no fue casual, sino fruto de las convulsiones de la época. En las tierras kazajas tradicionales, la expansión del Imperio ruso y, después, la colectivización forzosa y las hambrunas del régimen soviético en Kazajistán —que en los años treinta causaron una catástrofe demográfica entre los kazajos— empujaron a muchas familias nómadas a buscar refugio y pastos libres en las montañas del oeste de Mongolia, un rincón remoto donde podían seguir con su vida tradicional lejos del control estatal. También pesó la presión china sobre las poblaciones kazajas del otro lado de la frontera. Así, a lo largo de un siglo, los kazajos se asentaron en el Altái mongol, en lo que hoy es la provincia de Bayan-Ölgii.

Bajo el régimen socialista mongol, la provincia conservó su identidad kazaja de forma notable: se mantuvo la enseñanza en lengua kazaja y las costumbres propias, algo poco habitual para una minoría en un Estado comunista. Tras la caída del comunismo y la independencia de Kazajistán en 1991, hubo una emigración importante de kazajos mongoles hacia su 'patria histórica', que ofrecía repatriación; miles se marcharon, aunque no pocos regresaron, decepcionados o añorando el Altái. Hoy, alrededor de 100.000 kazajos viven en el oeste de Mongolia, y Bayan-Ölgii sigue siendo un pedazo de Asia Central túrquica y musulmana enclavado en el corazón del mundo mongol.

El arte milenario de cazar con águila real

Si los kazajos trajeron algo al Altái que hoy asombra al mundo, fue su tradición más emblemática: la caza con águila real, el berkutchi. Es una de las formas de cetrería más espectaculares que existen, y una de las más antiguas: la costumbre de cazar con aves rapaces en las estepas de Asia Central se remonta a milenios, y la caza específica con águila dorada está documentada al menos desde hace siglos entre los pueblos túrquicos y mongoles. En el aislamiento de las montañas de Bayan-Ölgii, esta tradición se conservó con una pureza que se ha perdido en casi todos los demás lugares.

La relación entre el cazador y su águila es extraordinaria. El berkutchi captura a un águila joven —tradicionalmente una hembra, más grande y agresiva, tomada del nido o atrapada en su primer año— y dedica meses, incluso años, a entrenarla con una paciencia infinita: la acostumbra a su presencia, a la comida de su mano, al caballo, al capuchón que le cubre los ojos para mantenerla tranquila. El ave llega a pesar varios kilos y a tener casi dos metros de envergadura, con garras capaces de derribar a un zorro o incluso a un lobo joven. En invierno, el cazador sale a caballo por la montaña nevada, lleva al águila encapuchada sobre el brazo, protegido por un grueso guante, y cuando avista una presa —un zorro, una liebre, una marmota— le quita el capuchón y la lanza. El águila cae en picada a gran velocidad y captura la presa, cuya piel es valiosísima para abrigarse del frío feroz del Altái.

Lo más conmovedor de esta tradición es su código ético. Según la costumbre, el cazador no se queda al águila para siempre: tras usarla unos años, la libera en la naturaleza —a menudo dejándole una presa para su primera comida en libertad— para que críe y perpetúe la especie. Es una relación de respeto, no de posesión. La caza con águila fue reconocida por la Unesco como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, un sello de su valor universal. Y sin embargo, es frágil: de los cerca de 100.000 kazajos del oeste de Mongolia, solo un par de centenares practican todavía este arte, lo que lo convierte en un tesoro tan admirable como amenazado.

El nacimiento del Festival del Águila Dorada

Durante la mayor parte del siglo XX, la caza con águila fue simplemente una forma de vida y de subsistencia de las familias kazajas del Altái, sin ningún componente turístico. Todo empezó a cambiar a finales de los años noventa, cuando Mongolia, ya abierta al mundo, buscaba maneras de preservar sus tradiciones y de atraer visitantes a regiones remotas. En 1999 se organizó por primera vez, en las afueras de Ölgii, el Festival del Águila Dorada, una competición que reunía a los berkutchi de la provincia para exhibir la destreza de sus aves ante un público.

La idea prendió. El festival creció con los años hasta convertirse en uno de los eventos culturales más famosos de Asia Central y en un imán para viajeros, fotógrafos y documentalistas de todo el planeta. Cada primer fin de semana de octubre, decenas de cazadores desfilan a caballo con sus mejores galas —abrigos de piel de zorro, gorros bordados, monturas engalanadas—, con las águilas posadas en el brazo, y compiten en pruebas que miden la obediencia y la rapidez de las aves: el águila se suelta desde lo alto de un cerro y debe volar hasta el puño del cazador o hasta un señuelo arrastrado a caballo. Se completan con juegos ecuestres kazajos como el kokpar, una especie de polo brutal disputado con una piel de cabra, o el kyz kuar, la 'persecución de la chica'.

El festival ha tenido un efecto doble e interesante. Por un lado, ha convertido una tradición en riesgo en un motivo de orgullo y en una fuente de ingresos que anima a las familias, e incluso a los jóvenes, a mantenerla viva; en los últimos años ha crecido notablemente el número de participantes. Por otro, ha proyectado al mundo una imagen inolvidable de Bayan-Ölgii, popularizada por documentales que mostraron incluso a jóvenes cazadoras, rompiendo la idea de que era un arte solo de hombres. En 2025, el festival de octubre reunió a más de sesenta cazadores y a cientos de visitantes. El desafío, como en todo destino cultural que se vuelve popular, es que el turismo fortalezca la tradición sin convertirla en un mero espectáculo vacío.

El Altái: una tierra habitada desde la prehistoria

Los kazajos y su caza con águila son solo el capítulo más reciente de una historia humana larguísima en estas montañas. El Altái —cuyo nombre significa, según algunas etimologías, 'montaña de oro'— es una de las regiones más antiguas y significativas de la historia de Eurasia, cuna y encrucijada de innumerables pueblos nómadas a lo largo de los milenios. Su suelo guarda un registro arqueológico excepcional, del que Bayan-Ölgii está literalmente sembrada.

En sus valles y laderas se conservan decenas de miles de petroglifos —grabados en la roca— que van desde la Edad del Bronce hasta la época de los antiguos turcos, hacia los siglos VI a VIII, y que representan animales, cacerías, carros y escenas rituales; los conjuntos del Altái mongol están reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad por su valor universal. Hay también túmulos funerarios (kurganes) de las culturas de la estepa, 'piedras de ciervo' cubiertas de grabados, y las llamativas estatuas de piedra de guerreros túrquicos, los 'hombres de piedra' que se erguían junto a las tumbas. En estas montañas se sucedieron o convivieron escitas, hunos, antiguos turcos, uigures y mongoles, y por aquí pasaron las rutas que conectaban Siberia, Asia Central y China.

Esa profundidad histórica da a Bayan-Ölgii una dimensión que va mucho más allá de la postal del cazador con su águila. Quien recorre sus valles, ve los petroglifos milenarios, contempla las cumbres nevadas del Tavan Bogd y comparte el té en la ger de una familia kazaja, está tocando distintas capas de una tierra donde el ser humano lleva viviendo, cazando y creando arte desde la prehistoria. En el confín occidental de Mongolia, entre Rusia, China y las montañas de oro, la historia no es un museo: sigue volando, cada otoño, desde el brazo de un cazador hacia el cielo del Altái.

📚 Bibliografía

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