Para entender Amarbayasgalant hay que empezar por un hombre: Zanabazar. Nacido en 1635 en una familia de la alta nobleza mongola, descendiente del propio linaje de Gengis Kan, fue reconocido siendo un niño como una reencarnación espiritual de altísimo rango y enviado al Tíbet para su educación religiosa. Allí, el Dalái Lama y el Panchen Lama lo confirmaron como el primer Jebtsundamba Khutuktu —también llamado Bogd Gegeen—, es decir, el máximo líder espiritual del budismo tibetano entre los mongoles khalkha, una figura equivalente a un 'papa' del budismo mongol. Tenía apenas unos años de vida y sobre sus hombros recaía la jefatura religiosa de todo un pueblo.
Pero Zanabazar fue mucho más que un jerarca. Fue, sencillamente, el mayor genio artístico de la historia de Mongolia. Escultor de un talento extraordinario, creó imágenes de bronce dorado de una belleza, una serenidad y una perfección técnica que asombran todavía hoy: sus representaciones de la diosa Tara y de los budas se cuentan entre las cumbres del arte budista de toda Asia. Fue también un innovador: diseñó el alfabeto soyombo, una escritura para transcribir el mongol, el tibetano y el sánscrito, y creó el símbolo soyombo, un emblema de columna que resume conceptos budistas y cosmológicos y que hoy, tres siglos y medio después, sigue ondeando en el centro de la bandera nacional de Mongolia. Pocas figuras han marcado tanto la identidad de un país.
Zanabazar vivió una época turbulenta. Durante su larga vida, los mongoles khalkha quedaron atrapados entre dos grandes potencias: los oirates del oeste, con los que hubo guerras devastadoras, y el creciente Imperio Qing de China, de la dinastía manchú. Ante la amenaza oirate, Zanabazar tuvo un papel decisivo al inclinar a los khalkha hacia la protección de los emperadores Qing, un movimiento que salvó a su pueblo de la aniquilación pero que también inauguró más de dos siglos de dominio chino sobre Mongolia. Murió en 1723, en Pekín, siendo una de las figuras más veneradas de su tiempo. Y fue precisamente el emperador Qing quien decidió honrarlo con un monasterio a su altura.
Cuando Zanabazar murió, el emperador Yongzheng de la dinastía Qing —hijo del gran Kangxi— ordenó construir un templo-mausoleo digno de la memoria del líder espiritual mongol. Las obras se levantaron entre 1727 y 1736 en un valle apacible del norte de lo que hoy es Mongolia, junto al río Iven y al pie del monte Büren-Khaan, en la actual provincia de Selenge. El monasterio se completó bajo el siguiente emperador, Qianlong, y recibió el nombre de Amarbayasgalant, 'la Felicidad Tranquila'. En 1779, finalmente, los restos de Zanabazar fueron trasladados allí, cumpliendo el propósito para el que había sido concebido.
La financiación imperial explica la singularidad arquitectónica del conjunto. A diferencia de la mayoría de los monasterios mongoles, que crecían sin un plan fijo mezclando gers, templos y edificios de estilos diversos, Amarbayasgalant se diseñó según los cánones rigurosos de la arquitectura de los templos imperiales chinos: un recinto amurallado con los edificios dispuestos en perfecta simetría a lo largo de un eje central, tejados curvos de tejas, aleros pintados, columnas rojas y decoración dorada. El estilo manchú-chino le da una elegancia y un equilibrio que lo distinguen de cualquier otro monasterio del país. En su apogeo, el complejo llegó a tener más de cuarenta templos y a albergar a varios cientos, incluso miles, de monjes.
Durante los siglos XVIII y XIX, Amarbayasgalant fue uno de los grandes centros del budismo en Mongolia, un lugar de peregrinación, estudio y arte, sostenido por el prestigio de Zanabazar y por su condición de mausoleo de los sucesivos Jebtsundamba Khutuktu. El budismo tibetano se había convertido, para entonces, en el eje de la vida espiritual, cultural y hasta económica de Mongolia: una parte enorme de la población masculina era monje, y los monasterios eran los centros de saber, salud, comercio y poder del país. Nada hacía prever la catástrofe que se abatiría sobre todo ese mundo en el siglo XX.
En 1921, Mongolia se convirtió en el segundo país comunista del mundo, tras una revolución apoyada por la Rusia soviética, y en 1924 se proclamó la República Popular de Mongolia. Durante la década siguiente, el nuevo régimen, cada vez más alineado con la Unión Soviética de Stalin, vio en el budismo y en el enorme poder de los monasterios a su gran enemigo interno: una institución rival, dueña de riquezas, tierras y la lealtad del pueblo. La tensión desembocó, a finales de los años treinta, en una de las campañas de represión religiosa más brutales del siglo XX.
Entre 1937 y 1939, bajo el liderazgo de Khorloogiin Choibalsan —el 'Stalin mongol'— y siguiendo el modelo de las purgas soviéticas, el Estado desató un terror sistemático contra la religión. Se clausuraron y demolieron casi todos los monasterios del país, alrededor de setecientos u ochocientos; se saquearon y destruyeron sus tesoros, bibliotecas y obras de arte; y se ejecutó o encarceló a un número devastador de lamas, estimado por los historiadores en decenas de miles de personas, quizá entre 18.000 y 30.000 o más, muchos fusilados en ejecuciones masivas. Fue un intento deliberado de borrar de raíz la religión y toda una civilización monástica milenaria. En pocos años, el paisaje espiritual de Mongolia quedó arrasado.
Amarbayasgalant no escapó del todo, pero, contra todo pronóstico, sobrevivió en parte. Fue uno de los poquísimos grandes monasterios que no fue completamente demolido: perdió muchos de sus templos, sus monjes fueron dispersados, ejecutados o encarcelados, y buena parte de sus tesoros —thangkas, estatuas, manuscritos— fue saqueada, aunque algunas piezas se salvaron escondidas por manos anónimas que las guardaron para tiempos mejores. Las razones de su supervivencia parcial se atribuyen a la excepcional belleza del conjunto y a gestiones para preservarlo como patrimonio. Del complejo original de más de cuarenta templos, solo quedó en pie el núcleo central, una fracción de lo que fue, pero suficiente para que la memoria no se perdiera del todo.
Durante las décadas siguientes, bajo el régimen socialista, Amarbayasgalant quedó en un estado de abandono y semirruina, cerrado al culto, como testigo mudo de un mundo desaparecido. La recuperación empezó a asomar en los años ochenta, todavía en tiempos comunistas pero ya con cierta apertura: en 1988, arrancaron los trabajos de restauración del monasterio, financiados por la Unesco y por fondos privados, y algunas de las nuevas estatuas se encargaron incluso a talleres de Nueva Delhi, en la India, cuna del budismo. Fue el primer paso de una lenta resurrección.
El gran cambio llegó con el fin del comunismo. La caída del régimen socialista y la instauración de la democracia en Mongolia, a comienzos de los años noventa, trajeron consigo la libertad religiosa y un renacimiento del budismo que había sobrevivido, malherido pero no muerto, en la memoria del pueblo. Amarbayasgalant volvió a abrir como monasterio en funcionamiento: una nueva comunidad de monjes, muchos de ellos jóvenes y niños, se instaló en sus templos restaurados y retomó la liturgia interrumpida medio siglo atrás. Los cantos, los tambores y las trompas rituales volvieron a sonar cada mañana en el valle del Iven. En 1996, el monasterio fue inscrito, junto con otros sitios sagrados, en el reconocimiento internacional de su valor patrimonial.
Hoy, Amarbayasgalant es a la vez un monumento y un lugar de fe vivo. Restaurado en buena parte, aunque aún lejos de su esplendor original, recibe a peregrinos mongoles y a viajeros de todo el mundo que llegan atraídos por su belleza simétrica, su historia y la paz de su valle. Presenciar la ceremonia del amanecer, con los jóvenes monjes recitando los textos que estuvieron a punto de perderse para siempre, es asistir a la continuidad de una tradición que un régimen intentó aniquilar y no lo consiguió. En ese sentido, Amarbayasgalant es mucho más que un hermoso conjunto de templos: es un símbolo de la resistencia y el renacer del alma budista de Mongolia, y un homenaje perdurable a Zanabazar, el niño lama que se convirtió en el genio de su pueblo.