Pocas islas del mundo pueden decir que su ola más famosa se llama como una bebida gaseosa. Thulusdhoo sí. Frente a esta islita del atolón Norte de Malé rompe 'Cokes', una derecha rápida y tubular que figura entre las mejores olas de Maldivas, y su nombre no tiene nada de poético: viene, sin más, de la fábrica de Coca-Cola que funcionaba justo detrás del pico. Los surfistas, que no suelen complicarse, empezaron a llamar así a la ola por la planta que veían desde el agua, y el apodo quedó para siempre.
La historia de esa fábrica es en sí misma una rareza. En un país sin ríos ni agua dulce en abundancia, la planta de Thulusdhoo tuvo que ingeniárselas para producir la famosa gaseosa: según se cuenta en la isla, fue una de las poquísimas del mundo que llegó a embotellar Coca-Cola usando agua de mar desalinizada. Para una isla de apenas mil y pico de habitantes, tener una fábrica de una marca global era algo insólito, y convirtió a Thulusdhoo en un pequeño polo industrial y administrativo del atolón, con planta de agua embotellada incluida.
Así, mucho antes de ser una meca del surf, Thulusdhoo ya tenía una identidad distinta a la de las demás islas pesqueras. Pero fue el mar, y no la industria, lo que terminó dándole fama mundial: esas olas perfectas que rompen sobre su arrecife y que atraen a surfistas de todo el planeta.
Como todas las islas de Maldivas, Thulusdhoo empezó siendo un pueblo de pescadores. Sus 'dhonis' salían a buscar el atún que sostenía al país, la mezquita marcaba el centro del pueblo y la vida transcurría al ritmo de las mareas y las estaciones del monzón. Esa base pesquera, y su historia dentro del sultanato islámico que gobernó Maldivas durante casi ochocientos años desde la capital, es la misma que comparten todas las islas del archipiélago.
Lo que hizo distinto a Thulusdhoo llegó del otro lado del océano. En los años setenta, un puñado de surfistas australianos empezó a explorar las olas desconocidas de Maldivas, atraídos por rumores de arrecifes perfectos. Fueron ellos los que 'descubrieron' —para el mundo del surf— los picos de la zona y los bautizaron con esos nombres que quedaron: 'Cokes', por la fábrica de Coca-Cola, y 'Chickens', por una granja de pollos que había en las cercanías. Aquellos primeros exploradores llegaban en barco y surfeaban olas que casi nadie más conocía; sentaron, sin saberlo, las bases de lo que Thulusdhoo sería décadas después.
Durante muchos años, sin embargo, ese surf fue casi un secreto reservado a quienes podían pagar un safari en barco. La isla siguió siendo, ante todo, una comunidad pesquera con su fábrica, ajena al turismo masivo. La revolución que la convertiría en destino surfero accesible todavía tardaría en llegar, y dependería de un cambio en las leyes del país.
Durante casi cuatro décadas, el turismo maldivo funcionó con una regla de hierro: 'una isla, un resort'. Los hoteles ocupaban islas privadas y deshabitadas, y las islas donde vivía la gente, como Thulusdhoo, no podían recibir turistas. Para surfear Cokes o Chickens había que pagar un safari en barco o alojarse en un carísimo resort de surf: el paraíso de las olas estaba reservado a unos pocos con presupuesto abultado.
Todo cambió en 2009, cuando una reforma legal permitió por primera vez abrir guesthouses en las islas habitadas. Fue la misma reforma que convirtió a Maafushi en la capital del Maldivas económico, y que en Thulusdhoo tuvo un efecto particular: de golpe, cualquier surfista podía alojarse en la isla, a pasos de Cokes, por una fracción de lo que costaba un barco o un resort. En pocos años brotaron guesthouses y 'surf lodges', escuelas de surf y cafés para madrugadores, y Thulusdhoo se consolidó como uno de los destinos de surf accesible más conocidos del país.
Ese cambio democratizó una experiencia que antes era de élite. Hoy conviven en la isla dos mundos que se llevan sorprendentemente bien: el pueblo pesquero maldivo tradicional, con su mezquita y sus costumbres, y la cultura surfera internacional, con sus tablas, su jerga y sus viajeros de todo el planeta esperando el próximo swell. Como en toda isla habitada, hay reglas —vestimenta modesta fuera de la 'bikini beach', nada de alcohol— que los visitantes aprenden a respetar como parte del trato.
La transformación también reordenó la economía de la isla. Donde antes casi todo dependía de la pesca y de la fábrica, ahora buena parte de las familias vive del turismo: alquilan habitaciones, guían sesiones de surf, cocinan para los viajeros, manejan las lanchas que llevan a Chickens. Los jóvenes que antes emigraban a Malé en busca de trabajo encontraron en las olas de su propia isla una razón para quedarse. Thulusdhoo se convirtió, así, en un caso ejemplar de cómo un recurso natural bien aprovechado —en este caso, una ola— puede sostener a toda una comunidad sin necesidad de grandes cadenas hoteleras.
Hay una ironía hermosa en Thulusdhoo: lo que hace posible la ola es, a la vez, lo más frágil del lugar. Cokes y Chickens rompen porque hay un arrecife de coral bajo el agua que obliga al oleaje a levantarse y quebrar con esa forma perfecta. Sin ese coral vivo no habría ola, ni surfistas, ni guesthouses. El mismo ecosistema que atrae a los visitantes es el que hay que cuidar: pisar el coral, romperlo o contaminarlo es, literalmente, dañar el motor económico de la isla.
Y sobre ese equilibrio pesa la gran amenaza que Thulusdhoo comparte con todo el país: el mar que sube. Maldivas es la nación más baja del mundo; más del ochenta por ciento de sus islas se eleva menos de un metro sobre el nivel del océano. El tsunami del Índico de 2004 —que dejó decenas de muertos en el archipiélago— fue un recordatorio brutal de esa fragilidad, y el cambio climático, con la suba del nivel del mar y el blanqueo de los corales por el calentamiento del agua, amenaza tanto a las islas como a los arrecifes de los que dependen.
El futuro de Thulusdhoo está atado a ese doble desafío: preservar sus corales frente al calentamiento y la presión turística, y sostener a su comunidad frente a un océano que avanza. Para el viajero, surfear o hacer snorkel acá con conciencia —sin dañar el reef, respetando la vida marina y la cultura local— no es solo buena onda: es parte de lo que permite que este pedazo de paraíso, con su ola bautizada como una gaseosa, siga existiendo.