Hay algo desconcertante en Malé. Uno llega a Maldivas soñando con lagunas vacías y bungalows solitarios, y de golpe aparece esto: una ciudad de rascacielos apretados sobre una isla de apenas seis kilómetros cuadrados, con doscientas mil personas encimadas, motos por todas partes y ni un centímetro de tierra desperdiciado. Es una de las ciudades más densas del planeta, y sin embargo desde este pañuelo de coral se gobernó durante casi ochocientos años un archipiélago de más de mil doscientas islas repartidas en el océano Índico.
La razón de que Malé sea la capital no es el azar. En un país sin ríos, sin montañas y sin apenas tierra firme, esta isla tenía dos ventajas decisivas: una laguna profunda y protegida que servía de puerto natural, y una posición central en la cadena de atolones. Los reyes se instalaron acá y desde acá controlaron las rutas del cauri —las conchas que durante siglos fueron moneda en medio mundo— y del coco, la cuerda de fibra de coco (el 'coir') y el pescado seco. Malé no fue grande por su tamaño, sino por su puerto y su poder. El propio nombre del país, 'Maldivas', suele leerse como una deformación de 'Malé Dheadi', las islas de Malé, o del sánscrito 'maladvipa', la guirnalda de islas.
Durante siglos, la isla fue en realidad la ciudad palaciega del sultán: el recinto real, las mezquitas, los mercados y las casas de las familias notables. El resto de la población vivía dispersa por los atolones, pescando y comerciando. Esa desproporción —una capital minúscula que concentraba todo el poder de un país disperso— sigue marcando a Maldivas hasta hoy, con un Malé que atrae gente de todas las islas y estalla de densidad.
Antes de las mezquitas hubo estupas. Durante más de mil años, los maldivos fueron budistas, y antes probablemente hinduistas: en varias islas todavía hay montículos —los 'hawitta'— que esconden restos de templos y estatuas de Buda talladas en piedra de coral. El explorador Thor Heyerdahl excavó algunos en los años ochenta y sacó a la luz cabezas de Buda y figuras que hoy se pueden ver, restauradas, en el Museo Nacional de Malé. Aquella Maldivas budista comerciaba con Sri Lanka, la India y el mundo árabe, y su cultura era una mezcla de influencias del Índico.
Todo cambió, según la tradición, en el año 1153. El relato cuenta que un monstruo marino, un 'jinni' llamado Rannamaari, exigía cada mes el sacrificio de una joven virgen en Malé. Un viajero extranjero —para la versión más difundida, un magrebí llamado Abu al-Barakat Yusuf al-Barbari; para otros estudiosos, un persa de Tabriz— se ofreció a ocupar el lugar de la víctima y pasó la noche en el templo recitando el Corán. Al amanecer seguía vivo, y el monstruo había desaparecido. El rey budista, Dhovemi, impresionado, se convirtió al islam, tomó el nombre de sultán Muhammad al-Adil y ordenó a su pueblo seguirlo.
Más allá de la leyenda del monstruo, lo cierto es que la conversión se explica por el peso creciente del comercio árabe en el Índico y por la presencia de misioneros y mercaderes musulmanes. La fecha de 1153 marca el inicio de un sultanato islámico que duraría, con sus dinastías y vaivenes, casi ochocientos años. Abu al-Barakat quedó como figura fundacional: su tumba, el Medhu Ziyaaraiy, se sigue venerando en pleno centro de Malé, frente a la mezquita de coral y al palacio presidencial. Desde entonces, el islam es el eje absoluto de la identidad maldiva: por ley, todos los ciudadanos son musulmanes.
En la década de 1340, el más célebre viajero del mundo islámico medieval, el marroquí Ibn Battuta, recaló en Maldivas y se quedó casi dos años. No fue un turista: llegó a ejercer de cadí (juez islámico) en Malé, se casó varias veces —incluso con parientes de la familia gobernante— y dejó un relato detallado y a menudo asombrado del país. Describió a los maldivos como gente amable y devota, se maravilló con las mezquitas 'elegantes y cuidadosamente construidas', se escandalizó con la escasa vestimenta de las mujeres e informó sobre la economía del cauri, esas conchitas que los maldivos exportaban por toneladas y que servían de moneda desde África hasta Bengala. Su testimonio es una de las mejores ventanas que existen sobre la Maldivas del siglo XIV.
Ese refinamiento del que hablaba Ibn Battuta se cristalizó en las mezquitas de piedra de coral, la mayor contribución artística del sultanato. En Malé, la joya es la Hukuru Miskiy, la Mezquita del Viernes vieja, levantada en 1658 sobre los cimientos de otra más antigua. Está hecha íntegramente de bloques de coral cortados y encastrados con una precisión pasmosa, sin cemento, decorados con caligrafía árabe, tallas de laca y madera trabajada. Junto a ella se alza un minarete blanco y redondo de 1675 y un cementerio de lápidas talladas. Estas mezquitas, únicas en el mundo, hoy son candidatas a Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
El sultanato no fue un remanso de paz. En 1558, los portugueses ocuparon Malé y gobernaron con brutalidad durante quince años, hasta que en 1573 un héroe nacional, Muhammad Thakurufaanu, encabezó una rebelión que los expulsó; su gesta se enseña todavía en las escuelas y la gran mezquita moderna de Malé lleva su nombre. Después vendrían breves incursiones de los sultanes de Malabar y una compleja relación con las potencias europeas que fueron llegando al Índico.
En 1887, el sultán Muhammad Mueenuddeen II firmó un acuerdo con el Reino Unido que convirtió a Maldivas en protectorado británico. El trato era típico de la época: los británicos se encargaban de la defensa y las relaciones exteriores, mientras los sultanes conservaban el gobierno interno. A diferencia de otras colonias, no hubo una ocupación masiva ni plantaciones europeas; los británicos tenían una base aérea en el sur, en el atolón de Addu, y poco más. Malé siguió siendo, durante décadas, una tranquila villa palaciega de casas de coral y calles de arena, muy lejos de la metrópoli hiperdensa de hoy.
El siglo XX trajo cambios acelerados. El sultanato dejó de ser hereditario y se volvió electivo, hubo un primer y efímero coqueteo con la república en 1953, y finalmente, el 26 de julio de 1965, Maldivas se independizó del Reino Unido tras 78 años de protectorado. Tres años más tarde, en 1968, un referéndum abolió el sultanato y proclamó la república. Con ella, Malé se transformó: de capital de un reino insular pasó a ser la capital administrativa de un Estado moderno, con ministerios, escuelas, hospitales y un crecimiento demográfico explosivo.
La segunda mitad del siglo XX y el arranque del XXI fueron los de la gran mutación. Miles de personas de los atolones migraron a Malé buscando trabajo, salud y educación, y la isla —que no podía crecer hacia los lados— empezó a crecer hacia arriba y hacia el mar: se rellenaron zonas, se levantaron muros de contención en todo el perímetro y se construyó hacia el cielo. Cuando la isla ya no dio más, el Estado creó de la nada una isla vecina, Hulhumalé, ganada al mar, y la unió a Malé y al aeropuerto con el puente Sinamalé, inaugurado en 2018. Así nació el Gran Malé actual.
En 1972, un puñado de pioneros —entre ellos el italiano George Corbin y socios maldivos— abrió el primer resort del país en una islita de cocoteros llamada Kurumba, a pocos minutos de Malé. Nadie imaginaba lo que vendría: medio siglo después, Maldivas es sinónimo mundial de lujo tropical, con cientos de resorts de una isla cada uno y millones de visitantes al año, y el turismo es, junto con la pesca del atún, el motor de la economía. Malé quedó en el centro de ese negocio como puerta de entrada obligatoria: casi todos los que van a un resort o a una isla local pasan primero por su aeropuerto y, muchas veces, por su puerto.
Pero la geografía que hace bello al país es también su talón de Aquiles. Maldivas es la nación más baja del mundo: más del ochenta por ciento de sus islas se elevan menos de un metro sobre el nivel del mar, y el punto más alto del país apenas supera los dos metros. El 26 de diciembre de 2004, el gran tsunami del Índico barrió los atolones: murieron al menos 82 personas, decenas quedaron desaparecidas y varias islas fueron devastadas, con daños por cientos de millones de dólares. Fue un aviso brutal de lo frágil que es vivir a ras del océano.
El mayor peligro, sin embargo, avanza lento. El cambio climático y la suba del nivel del mar amenazan con volver inhabitable buena parte del país en las próximas décadas: algunas proyecciones advierten que hacia 2050 hasta el ochenta por ciento del territorio podría quedar bajo el agua o expuesto a inundaciones crónicas. Maldivas se transformó en un símbolo global de la emergencia climática —en 2009 su gobierno llegó a celebrar un consejo de ministros bajo el agua, con equipos de buceo, para dar la alarma— y responde construyendo islas artificiales elevadas como Hulhumalé, muros de defensa y hasta proyectos de ciudades flotantes. Malé, la islita que mandó sobre mil islas, se juega hoy su futuro contra el mar que la rodea.