Casi todas las islas de Maldivas tardaron milenios en existir: son la obra paciente de los corales, que fueron creciendo sobre volcanes hundidos hasta asomar del agua como anillos de arena. Hulhumalé es distinta. No la hicieron los pólipos ni el tiempo, sino las dragas, las bombas y las decisiones de un gobierno acorralado por la geografía. Es una isla enteramente artificial, chupada del fondo de la laguna y depositada sobre el arrecife para fabricar, literalmente, tierra donde antes había mar.
La idea nació de una urgencia difícil de exagerar. Malé, la capital, es una de las ciudades más densas del planeta: doscientas mil personas apretadas en seis kilómetros cuadrados, sin un solo terreno libre, con edificios pegados y un crecimiento que no daba para más. La gente seguía llegando de los atolones buscando trabajo, escuela y hospital, y la islita ya no tenía adónde crecer: ni a lo ancho, porque la rodea el océano, ni cómodamente a lo alto. La solución, en un país donde la tierra es el recurso más escaso de todos, fue crear tierra nueva desde cero.
En 1997 empezaron los trabajos de relleno sobre la laguna que separaba a Malé del arrecife de Hulhulé, junto al aeropuerto. Se bombearon millones de metros cúbicos de arena hasta levantar una plataforma sobre el nivel del mar. Así apareció, donde antes solo había agua turquesa y coral, la isla más joven del archipiélago: un pedazo de Maldivas con fecha de nacimiento reciente y partida de origen humano.
Mientras Malé creció de forma caótica, apretada y sin plan, Hulhumalé se dibujó sobre un tablero. Los urbanistas tuvieron algo que casi nunca se tiene: una hoja en blanco. Diseñaron avenidas anchas y arboladas, manzanas regulares, plazas, un gran parque central, zonas residenciales, comerciales y educativas, y hasta reservas de espacio para el futuro. El contraste con la capital vecina es total: donde Malé es un hormiguero vertical sin respiro, Hulhumalé es ordenada, ventilada y con lugar para caminar y andar en bici.
La primera fase de la isla se completó y se empezó a poblar a comienzos de los años 2000; los primeros habitantes llegaron alrededor de 2004. Con el tiempo se sumaron escuelas, un hospital, mezquitas, comercios y miles de departamentos. Una segunda fase de relleno, terminada hacia 2015, más que duplicó la superficie de la isla —de unas 190 a más de 400 hectáreas— y habilitó proyectos de vivienda masiva, como los enormes conjuntos de torres pensados para reubicar a población de la superpoblada Malé y ofrecer un techo más accesible.
El salto definitivo llegó en 2018 con la inauguración del puente Sinamalé (conocido también como China-Maldives Friendship Bridge), que por primera vez unió por tierra Malé, el aeropuerto de Hulhulé y Hulhumalé. Hasta entonces, todo cruce entre esas islas era en barco; el puente convirtió al conjunto en un 'Gran Malé' conectado, por donde circulan autos, motos y buses. Hulhumalé dejó de ser un experimento aislado para volverse parte del corazón urbano del país.
Hulhumalé no es solo una respuesta a la falta de espacio: es también, y sobre todo, una apuesta contra el mar. Maldivas es la nación más baja del mundo. Más del ochenta por ciento de sus islas se elevan menos de un metro sobre el nivel del océano, y el punto más alto del país apenas supera los dos metros. En un planeta donde el mar sube por el calentamiento global, esa geografía es una sentencia: muchas proyecciones advierten que buena parte del territorio podría volverse inhabitable en las próximas décadas.
Por eso, cuando se diseñó Hulhumalé, se tomó una decisión deliberada y cargada de sentido: elevarla. La isla artificial se rellenó hasta unos dos metros sobre el nivel del mar, bastante más alto que la mayoría de las islas naturales del país, precisamente para resistir mejor las marejadas, las tormentas y la suba lenta pero segura del océano. Hulhumalé fue concebida, en parte, como una 'isla refugio': un lugar más seguro y elevado adonde podría trasladarse población si las islas bajas se vuelven inviables.
La idea de fabricar tierra alta como estrategia de supervivencia dice mucho de la Maldivas contemporánea. En un país que en 2009 llegó a celebrar un consejo de ministros bajo el agua, con equipos de buceo, para gritarle al mundo el peligro del cambio climático, Hulhumalé es la cara concreta de esa lucha: no solo discursos, sino cemento, arena y planificación. Hoy se estudian y proyectan incluso ciudades flotantes en la misma laguna. La isla más joven del país es, en el fondo, un ensayo sobre cómo seguir existiendo cuando el terreno se acaba y el agua avanza.
Para el viajero, Hulhumalé terminó cumpliendo un papel que sus planificadores quizá no imaginaron del todo: se volvió la antesala de Maldivas. Pegada al Aeropuerto Internacional de Velana, por el que pasan casi todos los que entran al país, la isla se llenó de guesthouses económicas, cafés y pequeños hoteles que aprovechan esa ubicación privilegiada. Es donde miles de turistas duermen su primera noche al llegar y la última antes de partir, a diez minutos de la terminal.
Ese rol es parte de una transformación más grande. Durante décadas, el turismo maldivo fue casi exclusivamente de resorts: una isla, un hotel de lujo, cero contacto con la población local. Pero desde 2009, un cambio de reglas permitió abrir guesthouses en las islas habitadas, y estalló un turismo más económico y cercano a la gente. Hulhumalé, con su playa pública, su sector de 'bikini beach' y su enjambre de alojamientos accesibles, se volvió el símbolo urbano de esa Maldivas más democrática, donde no hace falta pagar mil dólares la noche para conocer el país.
Así, la isla que no existía hace treinta años es hoy pieza clave del engranaje: descomprime a Malé, protege del mar, alberga a decenas de miles de residentes y recibe a los viajeros que después se reparten por los atolones. Caminar sus avenidas anchas al atardecer, entre edificios nuevos y familias que salen a la playa, es asomarse a la Maldivas del futuro: una nación que, para sobrevivir a su propia geografía, aprendió a fabricar el suelo bajo sus pies.