Majete se extiende sobre el valle bajo del río Shire, en el extremo sur de Malawi, allí donde el gran río que desagua el lago Malawi desciende en rápidos y cataratas hacia las tierras calurosas que llevan al Zambeze. Es una región de contrastes: al oeste, colinas cubiertas de bosque de miombo, más fresco y húmedo; al este, un valle bajo, seco y caluroso, salpicado de baobabs y atravesado por el Shire. Esa variedad de ambientes sostiene una notable biodiversidad.
El río Shire es el eje de la vida en Majete. Sus rápidos —entre ellos las históricas cataratas Kapichira, que marcaron el límite de la navegación fluvial en el siglo XIX— y sus riberas atraen a hipopótamos, cocodrilos y, en la estación seca, a la fauna que baja a beber. El nombre de la reserva y su paisaje están ligados a este río, que fue también vía de exploración y de comercio en la época del explorador David Livingstone.
Majete fue declarada reserva de caza en 1955, durante la etapa colonial de Nyasaland, para proteger esta fauna del valle del Shire. En sus primeras décadas albergó elefantes, rinocerontes negros, búfalos, antílopes y grandes depredadores. Pero su ubicación, en una región pobre y densamente poblada, y la falta de una protección eficaz la volverían tristemente vulnerable a lo que vendría después.
Durante las décadas de 1970, 1980 y 1990, Majete sufrió un colapso ecológico casi total. La caza furtiva, alimentada por la pobreza de las comunidades del entorno, la falta de recursos para la vigilancia y la demanda de carne de caza y de marfil, arrasó sistemáticamente con la fauna de la reserva. Los cazadores mataban desde antílopes para carne hasta elefantes por su marfil, y la ausencia de guardaparques y de medios convirtió a Majete en tierra de nadie.
El deterioro fue tan grave que hacia finales de los años 90 la reserva estaba prácticamente vacía. Los rinocerontes negros habían desaparecido, los leones se habían esfumado, y en 1992 fue abatido el que se considera el último elefante de Majete. Los pocos animales que quedaban eran esquivos y escasos, y con ellos se fue también cualquier posibilidad de turismo. Majete se convirtió en un símbolo del fracaso de la conservación: una reserva sobre el papel, pero sin la fauna que debía proteger.
A la pérdida de animales se sumó la degradación del propio bosque: la tala para leña y carbón, los incendios y la presión sobre los recursos naturales avanzaban sin freno. Para las comunidades vecinas, la reserva no aportaba ningún beneficio; era, si acaso, una fuente de conflicto y de tierras vedadas. A comienzos del siglo XXI, Majete parecía un caso perdido. Y fue justamente por eso que se convirtió en el escenario de un experimento pionero de recuperación.
El giro llegó en 2003, cuando la ONG African Parks —una organización de conservación creada poco antes con un modelo innovador— firmó con el Departamento de Parques Nacionales y Vida Silvestre de Malawi un acuerdo para asumir la rehabilitación y la gestión a largo plazo de Majete. Fue el primer acuerdo de este tipo en la historia de African Parks, que años después replicaría el modelo en decenas de parques de toda África. Majete se convirtió así en el laboratorio de una nueva forma de conservar.
El plan era ambicioso: reconstruir una reserva desde cero. African Parks empezó por lo básico: frenar la caza furtiva con guardaparques profesionales y vigilancia, y levantar un cercado perimetral que protegiera el área y permitiera reintroducir fauna sin que se dispersara ni entrara en conflicto con las aldeas. También construyó caminos, infraestructura de gestión y las primeras instalaciones turísticas, y sentó las bases para trabajar con las comunidades vecinas.
Con la reserva asegurada, comenzó la parte más espectacular: la repoblación. Entre 2003 y 2012, African Parks trasladó a Majete más de 2.500 animales de catorce especies distintas, traídos de otras reservas de Malawi y de la región. Volvieron los elefantes, los búfalos, los antílopes sable y roan, las cebras, los rinocerontes negros y muchas otras especies. Majete, que había quedado vacía, empezó a llenarse de vida otra vez, animal por animal, en una de las mayores operaciones de reintroducción jamás emprendidas en el país.
La repoblación de Majete culminó en agosto de 2012, cuando African Parks reintrodujo leones en la reserva. Con el regreso del rey de la sabana —que se sumaba a los elefantes, búfalos, leopardos y rinocerontes negros ya reintroducidos—, Majete se convirtió en el primer y único parque de los Cinco Grandes de Malawi. Un lugar que veinte años antes no tenía prácticamente fauna grande pasaba a ofrecer la posibilidad de ver a los cinco animales más emblemáticos del safari africano.
El logro fue enorme no solo por la fauna, sino por lo que demostró: que un parque africano al borde del colapso podía recuperarse por completo con gestión, financiación sostenida y voluntad política. Majete se volvió la carta de presentación de African Parks y una fuente de inspiración para la conservación en todo el continente. Su éxito llevó al gobierno malauí a confiar a la misma organización otras áreas: Liwonde y Nkhotakota en 2015, y más tarde el bosque de Mangochi.
Majete se convirtió además en una reserva 'donante'. Sus poblaciones, ahora prósperas, sirvieron para repoblar otros parques: leones de Majete ayudaron a reintroducir la especie en Liwonde en 2018, y sus elefantes participaron en grandes traslados a Nkhotakota. De reserva vacía, Majete pasó a ser un motor de recuperación de la fauna a escala nacional, exportando animales a los parques que ella misma había ayudado a poner de nuevo en pie.
Hoy Majete es una reserva viva y próspera, y una de las grandes historias de éxito de la conservación africana. Alberga los Cinco Grandes y decenas de otras especies, recibe a viajeros de todo el mundo y genera ingresos que financian su propia protección. Desde que African Parks se hizo cargo, no se ha perdido un solo rinoceronte ni elefante por caza furtiva durante largos periodos, un contraste rotundo con la reserva vacía de los años 90.
Gran parte de ese éxito se apoya en las comunidades vecinas. African Parks entendió desde el principio que la conservación solo es duradera si beneficia a la gente que vive junto al parque. Por eso impulsó programas de educación ambiental en las escuelas, empleo local, apicultura, artesanía, turismo comunitario y acceso controlado a ciertos recursos. Para muchas familias del entorno, Majete pasó de ser una fuente de conflicto a ser una fuente de oportunidades, lo que cambió por completo su actitud hacia la reserva.
Majete es hoy la puerta de entrada al safari para quien llega al sur de Malawi, a poco más de una hora de Blantyre, con opciones que van del lujoso Mkulumadzi al sencillo campamento de African Parks. Pero, sobre todo, es un símbolo: la prueba de que una reserva dada por perdida puede volver a llenarse de leones, elefantes y rinocerontes. La historia de Majete —del último elefante abatido en 1992 al parque de los Cinco Grandes de hoy— es una de las más esperanzadoras que puede contar la conservación en África.