Nosy Be, cuyo nombre significa sencillamente 'isla grande' en malgache, ocupa una posición privilegiada en el noroeste de Madagascar, en una de las grandes encrucijadas comerciales del océano Índico. Durante siglos, las costas noroccidentales de la isla grande estuvieron conectadas con el mundo suajili de la costa africana, con Arabia, con las Comoras y con la India a través de las rutas de los dhows, los barcos de vela que aprovechaban los monzones para comerciar por todo el Índico occidental.
Esa red de intercambios trajo a estas costas a comerciantes musulmanes —árabes, suajili, comoranos— e indios, que se mezclaron con la población local y dejaron huellas en la lengua, la religión, la arquitectura y la gastronomía. En el continente cercano y en las islas florecieron pequeños puertos y sultanatos comerciales. Nosy Be, con sus fondeaderos protegidos y su tierra fértil y volcánica, era un punto natural de escala y reabastecimiento en ese mundo cosmopolita.
La población dominante de la región era —y sigue siendo— el pueblo sakalava, que a partir del siglo XVII construyó en el oeste de Madagascar poderosos reinos. Los sakalava de la costa noroeste, conectados con el comercio del Índico, controlaban estas tierras e islas. Así, mucho antes de la llegada de los franceses, Nosy Be ya era un lugar de mezcla, comercio y contacto entre África, Madagascar y el mundo del océano Índico, un carácter cosmopolita que conserva hasta hoy.
El giro decisivo en la historia de Nosy Be llegó a mediados del siglo XIX, en medio de las guerras entre los reinos malgaches. El poderoso Reino de Merina, con base en las tierras altas del interior (los 'hova'), se expandía hacia la costa y presionaba a los reinos sakalava del oeste y noroeste. Acorralada por esa expansión, la joven reina sakalava del Boina, Tsiomeko, buscó protección exterior para no perder su reino frente a los merina.
En 1840-1841, Tsiomeko y sus aliados se pusieron bajo la protección de Francia, cediendo Nosy Be y algunas islas y territorios cercanos. Francia, interesada en tener bases en la ruta hacia sus colonias del Índico (como la isla de La Reunión), aceptó, y Nosy Be se convirtió en una de sus primeras posesiones formales en la región malgache, décadas antes de que colonizara toda la isla grande. Se fundó y desarrolló Hell-Ville, la capital, bautizada así por el almirante francés Anne Chrétien Louis de Hell, gobernador de La Reunión.
Bajo administración francesa, Nosy Be se transformó en un enclave colonial y agrícola. Los franceses impulsaron grandes plantaciones, primero de caña de azúcar —con sus ingenios y su producción de ron y azúcar— y de café, y más tarde de las plantas que darían fama a la isla: el ylang-ylang, la vainilla, el café y las especias. La isla atrajo colonos, trabajadores y comerciantes de distintos orígenes, reforzando su carácter mestizo y cosmopolita.
Si hay un aroma que define a Nosy Be es el del ylang-ylang. Este árbol de origen asiático, de flores amarillas colgantes y perfume dulce e intenso, se aclimató de maravilla al clima volcánico y húmedo de la isla, que se convirtió en uno de los grandes productores mundiales de su aceite esencial. De sus flores, destiladas en alambiques, se obtiene una esencia carísima que es ingrediente clave de perfumes de lujo famosos en todo el mundo. Las plantaciones y destilerías de ylang-ylang marcan el paisaje y la economía de la isla.
Junto al ylang-ylang, Nosy Be desarrolló otras producciones ligadas a su tierra fértil: la caña de azúcar, con sus ingenios y su ron; la vainilla, orquídea trepadora que hizo célebre a toda la región noreste de Madagascar; el café; la pimienta y otras especias. Esta agricultura de plantación, heredada de la época colonial, dio a la isla una identidad sensorial única —de perfumes, dulzor y especias— y sostuvo durante mucho tiempo su economía antes del despegue del turismo.
La mezcla de pueblos reforzó también la cultura de la isla. En Nosy Be conviven sakalava y otros malgaches con descendientes de comorianos, indios, árabes, criollos y europeos, en una sociedad plural donde se cruzan el islam, el cristianismo y las creencias tradicionales malgaches, con sus lugares sagrados ('fady') como los lagos de cráter del Mont Passot. Esa diversidad se refleja en la comida, la música, los mercados y el ambiente cosmopolita de Hell-Ville.
Nosy Be es, geológicamente, una isla volcánica, y esa naturaleza explica buena parte de su paisaje. Su suelo fértil, ideal para las plantaciones, es fruto de antiguas erupciones, y en su interior se conservan varios lagos de cráter, formados en las bocas de volcanes apagados, rodeados de vegetación y considerados sagrados por la población sakalava, que los asocia a los ancestros y a las leyendas. En ellos viven cocodrilos, por lo que están protegidos y no se puede uno bañar. El Mont Passot, el punto más alto, ofrece la mejor vista de este relieve volcánico y del archipiélago.
Aunque gran parte del bosque original de la isla fue reemplazado por plantaciones, Nosy Be conserva un tesoro natural en la Reserva de Lokobe, el último fragmento importante de selva primaria de tierras bajas, en el sureste. Allí sobreviven especies emblemáticas: el lémur negro o macaco, lémures nocturnos, boas de Madagascar, camaleones —incluido el diminuto Brookesia, uno de los reptiles más pequeños del mundo—, geckos hoja y una rica flora. La isla es, así, un pequeño muestrario de la biodiversidad endémica malgache.
El mar que rodea a Nosy Be es igual de rico. Sus arrecifes de coral, sus islotes y sus aguas albergan tortugas marinas, una enorme variedad de peces tropicales, rayas, y estacionalmente grandes visitantes como tiburones ballena y mantas, que atraen a buceadores de todo el mundo. La reserva marina de Nosy Tanikely protege una parte de esa riqueza. Naturaleza volcánica en tierra y coralina en el mar hacen de Nosy Be mucho más que un destino de playa.
Tras la independencia de Madagascar en 1960, Nosy Be siguió siendo un enclave agrícola, pero su destino iba a cambiar con el auge del turismo internacional. Sus playas soleadas, su archipiélago de islotes paradisíacos, su clima cálido casi todo el año y su naturaleza la convirtieron, a lo largo de las últimas décadas, en el principal destino turístico de todo Madagascar, muy por delante del resto del país en número de visitantes extranjeros y en infraestructura hotelera.
Un rasgo peculiar de este desarrollo fue la fuerte presencia italiana: operadores, inversores y turistas de Italia tuvieron un papel destacado en el despegue turístico de la isla, hasta el punto de que el italiano se oye con frecuencia y abundan las pizzerías y los negocios de gestión italiana. Junto a ellos llegaron viajeros de Francia, Sudáfrica, La Reunión y otros países. La apertura de un aeropuerto con vuelos internacionales estacionales consolidó a Nosy Be como puerta de entrada 'de playa' a Madagascar.
Ese éxito trae también desafíos. La presión turística sobre los arrecifes, las playas y la reserva de Lokobe, la gestión de los residuos y el agua, la protección de las tortugas y de la vida marina, y la necesidad de que los beneficios lleguen a la población local son cuestiones cada vez más importantes. El reto de Nosy Be es crecer sin destruir lo que la hace especial: sus fondos marinos, su bosque, sus lagos sagrados y su mezcla cultural. De reino sakalava a enclave colonial perfumado y, hoy, a capital del turismo malgache, la 'isla grande' sigue siendo uno de los grandes tesoros del Índico.