El macizo de Isalo es, ante todo, una historia geológica. Sus rocas son areniscas que empezaron a depositarse hace unos 200 millones de años, durante el período Jurásico, cuando esta parte de Madagascar era una vasta cuenca donde ríos y mares dejaban capas y capas de arena que, comprimidas con el tiempo, se convirtieron en piedra. Entonces la isla todavía formaba parte del gran supercontinente Gondwana, antes de separarse de África y de la India y quedar aislada en el océano Índico.
Con los milenios, esas capas de arenisca fueron levantadas por los movimientos de la tierra y luego atacadas sin descanso por la erosión: la lluvia, el viento, los cambios de temperatura y los ríos fueron tallando el macizo, abriendo cañones profundos, aislando mesetas, esculpiendo agujas, torres y formas caprichosas, y tiñendo la roca de tonos ocres, rojizos, amarillos y grises según los minerales. El resultado es el paisaje ruiniforme y monumental que hoy asombra a los visitantes.
El agua, escasa en la superficie árida, se esconde en el fondo de los cañones, donde manantiales y arroyos permanentes crean oasis de palmeras, helechos y vegetación exuberante, y las famosas piscinas naturales. Ese contraste entre la roca reseca de las mesetas y los jardines colgados en las gargantas es la firma inconfundible de Isalo, y el fruto de esos doscientos millones de años de piedra y erosión.
Isalo es tierra del pueblo bara, uno de los grupos del sur de Madagascar, ganaderos de cebú (zebú) cuya cultura gira enteramente en torno al ganado. Para los bara, el cebú no es solo riqueza y alimento: es prestigio, moneda de las dotes matrimoniales, ofrenda ritual y vínculo con los ancestros. Existe incluso una tradición de robo de cebúes ('dahalo') que, en su forma antigua y ritualizada, era una prueba de valentía para los jóvenes que querían casarse, aunque hoy el bandolerismo del ganado es un problema de seguridad en algunas zonas del sur.
Para los bara, el macizo de Isalo es un lugar sagrado. En las paredes, grietas y oquedades de los cañones colocaban tradicionalmente las tumbas de sus difuntos, a veces a gran altura y difícil acceso, en repisas de la roca: acercar a los muertos a las alturas era acercarlos al mundo de los ancestros, centrales en la espiritualidad malgache. Estos sitios funerarios, rodeados de 'fady' (tabúes), todavía se conservan y algunos son visibles durante las caminatas por el parque.
Así, mucho antes de ser un parque nacional o un destino turístico, Isalo era —y sigue siendo— un espacio humano y espiritual, cargado de significado para la gente que vive a su alrededor y que considera el macizo parte de su identidad y de su relación con los antepasados.
El valor natural excepcional de Isalo llevó a su protección temprana. El Parque Nacional Isalo fue creado en 1962, apenas dos años después de la independencia de Madagascar (1960), siendo uno de los primeros parques nacionales del país. El objetivo era preservar tanto el extraordinario paisaje geológico —sus cañones, mesetas y formaciones de arenisca— como la fauna y la flora adaptadas a este entorno semiárido, muy distintas de las de las selvas húmedas del este.
El parque protege una vegetación singular de plantas resistentes a la sequía —como el Pachypodium o 'pata de elefante', varios aloes endémicos y palmeras de oasis— y una fauna que incluye lémures de cola anillada, el sifaka de Verreaux, lémures marrones y nocturnos, además de aves, camaleones y reptiles. En los oasis de los cañones, la biodiversidad se concentra allí donde hay agua, creando pequeños mundos de vida en medio de la aridez.
Con el tiempo, la gestión pasó a manos de la red de áreas protegidas del país (hoy Madagascar National Parks), que estableció el sistema de guías locales obligatorios, circuitos señalizados y tarifas de entrada, buscando conciliar la conservación con el turismo y con el beneficio de las comunidades vecinas, muchas de ellas bara, que trabajan como guías, porteadores y en los servicios turísticos de Ranohira.
Hoy Isalo es el parque nacional más visitado de Madagascar y una parada casi obligada del gran circuito por la RN7, la ruta que une la capital con el sur y la costa suroeste. Su combinación de paisaje espectacular, trekking accesible, piscinas naturales para el baño, lémures fáciles de ver y atardeceres memorables —como el de la célebre Ventana de Isalo— lo convirtió en un imán para viajeros de todo el mundo, y en el motor económico del pueblo de Ranohira, a sus puertas.
Ese éxito trae también desafíos: la presión del turismo, la necesidad de proteger los sitios sagrados bara y los frágiles oasis, y la de repartir de forma justa los beneficios entre las comunidades locales. El modelo de guías y porteadores locales, la contratación de gente de la zona y los ingresos de las entradas buscan que la conservación del macizo sea compatible con el desarrollo de una región del sur que, fuera del turismo, es pobre y árida.
De las arenas del Jurásico a los cañones esculpidos por la erosión, de las tumbas bara colgadas en la roca a los senderos por donde hoy caminan viajeros de todo el planeta, Isalo condensa en su piedra la larga historia de la tierra y de la gente de Madagascar. Es, a la vez, un monumento geológico, un santuario natural y un lugar sagrado: por eso deja una huella tan honda en quien lo recorre.