Mucho antes de que llegaran los piratas y los franceses, la isla que hoy llamamos Sainte-Marie tenía —y conserva— su nombre malgache: Nosy Boraha. Su significado exacto se discute; algunas interpretaciones lo relacionan con 'la isla de Ibrahim/Abraham', lo que apuntaría a antiguos contactos con comerciantes musulmanes del Índico, presentes en las costas malgaches desde hace siglos. La isla estaba habitada por gente del pueblo betsimisaraka, la gran etnia de la costa este de Madagascar, dedicada a la pesca, la agricultura y el comercio.
Sainte-Marie, larga y estrecha, con una bahía muy protegida en su lado oeste, ocupa una posición estratégica frente a la costa nordeste. Esa bahía natural, capaz de resguardar barcos y de esconderlos de miradas indiscretas, junto con la abundancia de agua dulce, frutas y recursos, la convertía en un punto ideal para reabastecerse. Justo enfrente pasaban, además, las rutas marítimas por las que navegaban los ricos barcos que comerciaban entre Europa, la India y las islas de las especias.
Esa combinación —refugio seguro más rutas comerciales cargadas de tesoros— sellaría el destino de la isla. Lo que para los betsimisaraka era su hogar, para los aventureros del mar iba a convertirse, a partir del siglo XVII, en la guarida perfecta. Nosy Boraha estaba a punto de entrar, con otro nombre, en la leyenda de la piratería del océano Índico.
Entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, Sainte-Marie vivió su capítulo más famoso: se convirtió en uno de los principales nidos de piratas del océano Índico, en plena 'edad de oro' de la piratería. Cuando la persecución se endureció en el Caribe y el Atlántico, muchos bucaneros —ingleses, franceses, americanos y de otras nacionalidades— pusieron rumbo al Índico para asaltar los cargados barcos de las compañías de las Indias y de los peregrinos que iban a La Meca. La bahía protegida de Sainte-Marie, con la pequeña Île aux Forbans en el medio, era el escondite y base de reabastecimiento ideal.
Por estas aguas pasaron o se refugiaron piratas legendarios. El más célebre asociado a la isla es el capitán William Kidd, cuyo barco, el 'Adventure Galley', quedó abandonado y hundido cerca de Sainte-Marie a finales del siglo XVII; siglos después, arqueólogos submarinos localizaron restos de naves piratas en la bahía. También se vincula a la isla a otros nombres del imaginario pirata, y se calcula que en su apogeo llegaron a operar desde aquí cientos de forajidos del mar, que convivían y comerciaban con la población local.
De aquella época quedan el famoso Cementerio de los Piratas, en una colina sobre la bahía, con lápidas donde todavía se distinguen calaveras y tibias cruzadas, y un sinfín de leyendas sobre tesoros escondidos que aún hoy alimentan la fantasía de los visitantes. Historia y mito se mezclan de tal modo que a veces es difícil separarlos, pero el poso pirata forma parte esencial de la identidad y el encanto de Sainte-Marie.
Ninguna leyenda de Sainte-Marie es tan sugerente como la de Libertalia (o Libertatia), una supuesta 'república pirata' utópica que, según el relato, se habría fundado en el norte de Madagascar —a menudo situada en torno a la bahía de Sainte-Marie o Diego Suárez— hacia finales del siglo XVII. Libertalia habría sido una comunidad de piratas que rechazaban la autoridad de los reyes y de los Estados, abolían la esclavitud, compartían los bienes en común y se gobernaban con reglas igualitarias, bajo el lema de la libertad. Se atribuye su creación a un capitán llamado Misson y a un antiguo sacerdote, Caraccioli.
El problema es que la única fuente de Libertalia es un libro del siglo XVIII, 'A General History of the Pyrates', atribuido a un tal capitán Charles Johnson (que algunos identifican, con dudas, con el escritor Daniel Defoe). Ningún documento histórico independiente confirma que Libertalia existiera realmente, por lo que la mayoría de los historiadores la considera una invención literaria o, como mucho, una idealización de las comunidades piratas reales que sí operaban en Madagascar. Piratas de verdad los hubo, y muchos; una república utópica organizada, probablemente no.
Sea historia o leyenda, Libertalia se convirtió en un poderoso mito: la idea de una sociedad libre e igualitaria fundada por forajidos en una isla remota inspiró a escritores, pensadores anarquistas y a la cultura popular hasta hoy. Y Sainte-Marie, con su cementerio pirata y su bahía llena de resonancias, es el lugar donde ese sueño se sigue contando. Visitarla es pasear por el escenario de una de las utopías más fascinantes de la era de los mares.
El paso de la piratería al dominio colonial tiene, en Sainte-Marie, una historia casi novelesca. A comienzos del siglo XVIII, un aventurero francés llamado Jean-Onésime Filet, apodado 'La Bigorne', naufragó en la isla y se casó con Bety (o Betia), hija de un jefe local, princesa de la isla. En 1750, esa princesa Bety cedió formalmente Sainte-Marie al rey de Francia, iniciando la larga vinculación de la isla con la potencia europea. Los franceses la rebautizaron con el nombre cristiano de Sainte-Marie ('Santa María').
A partir de entonces, la isla fue una posesión francesa que sirvió de base comercial y militar en el Índico, con altibajos, resistencias y periodos de abandono. Cuando Francia colonizó toda Madagascar a finales del siglo XIX (el protectorado se estableció en 1896), Sainte-Marie quedó integrada en la colonia. De la época francesa quedan huellas como la iglesia católica de Ambodifotatra, considerada la más antigua de Madagascar, y una población en parte de origen mixto franco-malgache, los 'zana-malata'.
Con la independencia de Madagascar en 1960, Sainte-Marie pasó a formar parte del nuevo país como lo que es hoy: una tranquila isla malgache de la costa este, administrativamente parte de la región de Analanjirofo. El nombre oficial malgache, Nosy Boraha, convive con el histórico Sainte-Marie. La economía tradicional se basó durante mucho tiempo en el cultivo de especias —sobre todo el clavo de olor, del que la isla es gran productora—, la pesca y la agricultura.
En las últimas décadas, Sainte-Marie ha encontrado en la naturaleza una nueva vocación que la ha puesto en el mapa del turismo mundial: las ballenas jorobadas. Cada año, entre julio y septiembre, cientos de estas ballenas migran desde las frías aguas de la Antártida hasta el canal cálido y protegido que separa la isla del continente, para aparearse y dar a luz a sus crías. El fenómeno, que se produce muy cerca de la costa, convierte a Sainte-Marie en uno de los mejores lugares del planeta para el avistaje responsable de ballenas.
Este espectáculo natural dio origen a un festival anual —el Festival de la Ballena— y a una industria de ecoturismo marino que hoy es clave para la economía isleña, junto con las playas, el buceo y el patrimonio pirata. La isla ha sabido combinar sus tres grandes atractivos: la naturaleza (ballenas, arrecifes, la paradisíaca Île aux Nattes con sus orquídeas endémicas), la historia (piratas, Libertalia, herencia colonial) y el modo de vida tropical y relajado de sus habitantes betsimisaraka.
Sainte-Marie afronta también los retos de todo destino insular: proteger sus arrecifes y su vida marina, gestionar el turismo de forma sostenible, cuidar a las ballenas de las molestias y sostener a una población que depende cada vez más de los visitantes. Pero su mezcla única de belleza, historia y ritmo pausado sigue seduciendo a quien llega. De guarida de piratas a santuario de ballenas, la isla de Nosy Boraha ha reescrito su leyenda sin perder su magia.