Antes de que existiera Fianarantsoa, las Tierras Altas del centro-sur de Madagascar eran el territorio del pueblo betsileo, un pueblo de origen austronesio, como los merina, célebre por ser el mejor cultivador de arroz de la isla. Los betsileo —cuyo nombre suele interpretarse como 'los muchos invencibles'— esculpieron en las laderas de sus colinas espectaculares terrazas de arroz y desarrollaron una cultura profundamente ligada a la tierra, al ganado de cebú y al culto a los ancestros, con sus imponentes tumbas de piedra.
La región no estaba unificada: hacia el siglo XVIII y comienzos del XIX existían varios reinos betsileo independientes, entre ellos los de Isandra, Lalangina, Arindrano y Manandriana, que a veces cooperaban y a veces guerreaban entre sí. Eran sociedades jerárquicas, con nobles, hombres libres y esclavos, organizadas en torno a la producción de arroz y a complejos rituales funerarios que todavía hoy marcan la identidad betsileo.
Ese mosaico de reinos del sur acabaría, como el resto de la isla, bajo la órbita del poderoso reino merina de Antananarivo, que a comienzos del siglo XIX se lanzó a unificar Madagascar bajo su dominio.
Fianarantsoa nació como instrumento del dominio merina sobre el país betsileo. Tras la conquista de la región por el reino de Antananarivo, la reina Ranavalona I ordenó hacia 1830 la fundación de una ciudad que sirviera de capital administrativa y militar del sur, para controlar a los betsileo recién sometidos. Se la concibió, de hecho, como una 'segunda Antananarivo' en el sur: se levantó sobre una colina, con su ciudad alta amurallada, imitando la estructura de la capital.
El nombre elegido, Fianarantsoa, significa en malgache algo así como 'el lugar donde se aprende el bien' o 'la buena educación', reflejo de la voluntad de hacer de la ciudad un centro de enseñanza y de difusión de la cultura y la administración merina. Desde su fundación, Fianarantsoa fue la sede del gobernador merina del sur y el punto de encuentro entre las Tierras Altas del norte y las regiones betsileo y del sur de la isla.
La ciudad creció en su colina con casas de ladrillo de estilo merina, calles empinadas y, pronto, iglesias, en el casco que hoy conocemos como la Haute-Ville, uno de los conjuntos históricos mejor conservados de Madagascar.
A lo largo del siglo XIX, Fianarantsoa se convirtió en un gran foco religioso y educativo. Las misiones cristianas —protestantes de la London Missionary Society y luego católicas, entre otras— se establecieron con fuerza en la ciudad, fundando iglesias, escuelas y seminarios. Fianarantsoa llegó a ser conocida como una 'ciudad de iglesias', y su vocación educativa y misionera, inscrita ya en su propio nombre, se consolidó. Todavía hoy es un importante centro religioso y universitario del país.
Con la conquista francesa de Madagascar (1895-1896) y la instauración de la colonia, Fianarantsoa mantuvo su papel de capital regional del sur y centro cultural. Los franceses desarrollaron la agricultura de exportación —café, té (con la plantación de Sahambavy), y las viñas que dieron origen al vino betsileo— y, sobre todo, emprendieron una obra de ingeniería descomunal: el ferrocarril de la Costa Este (FCE), que uniría Fianarantsoa con el puerto de Manakara, en el Índico.
La línea FCE, de 163 km, tendida entre las décadas de 1920 y 1930 con enorme esfuerzo a través de la selva de la escarpa oriental —con decenas de túneles y puentes—, buscaba sacar las cosechas de las Tierras Altas hacia la costa. Se convirtió en una vía vital para toda una región sin caminos y en una de las obras más emblemáticas de la Madagascar colonial.
Tras la independencia de Madagascar en 1960, Fianarantsoa se consolidó como la segunda ciudad de las Tierras Altas y la gran capital cultural, religiosa y agrícola del sur. Su universidad, sus numerosas iglesias y seminarios, y su papel de centro comercial del arroz betsileo —considerado el mejor de la isla— la mantuvieron como una ciudad de peso, con una vida intelectual y espiritual notable para su tamaño.
La ciudad conservó, además, un patrimonio excepcional: la Haute-Ville, su casco antiguo de casas betsileo de ladrillo e iglesias del siglo XIX, que ha sido objeto de programas de restauración por su valor histórico. Y mantuvo vivo el legendario tren FCE, que con el tiempo dejó de ser una mera vía de transporte para volverse una atracción turística y, sobre todo, un cordón umbilical para las comunidades sin carretera a lo largo de la línea, que dependen de él para sacar sus productos al mercado.
Ese tren resume bien la historia reciente de la región: una infraestructura heroica y frágil a la vez, golpeada por ciclones, deslizamientos y falta de mantenimiento, que sufre cortes recurrentes pero que se resiste a morir porque miles de personas dependen de él. Hoy Fianarantsoa combina todas sus capas —reino betsileo, fundación merina, ciudad de misiones, capital colonial del ferrocarril y centro cultural del sur— en una de las ciudades con más alma y más carácter de Madagascar, puerta de entrada al vino, al té, a los lémures de Anja y a la aventura del tren hacia el mar.