Mucho antes de que existiera Antananarivo, las Tierras Altas del centro de Madagascar estaban habitadas por los vazimba, considerados los primeros pobladores de la isla, y la colina más prominente de la meseta se llamaba Analamanga, 'el bosque azul'. Los malgaches de las Tierras Altas, el pueblo merina, descienden de migrantes austronesios llegados por mar desde el sudeste asiático hace más de mil años, mezclados después con aportes africanos y árabes; su lengua, el malgache, es pariente cercana de idiomas de Borneo, un rastro asombroso de aquella travesía oceánica.
Hacia el año 1610, el rey merina Andrianjaka conquistó la colina de Analamanga a los vazimba y decidió instalar allí su capital, por su posición estratégica y dominante sobre la llanura de arrozales. Según la tradición, apostó en ella una guarnición de mil soldados, y de ahí nació el nombre de la ciudad: Antananarivo, 'la ciudad de los mil' (an-tanàna-arivo). En lo más alto de la colina levantó el primer recinto real, el Rova, que crecería con los siglos hasta convertirse en el conjunto de palacios de la dinastía.
Durante casi dos siglos, Antananarivo fue la capital de uno de los muchos reinos merina que se disputaban las Tierras Altas de Imerina, en un mosaico de principados rivales. La ciudad se organizaba en torno al culto a los ancestros y a los soberanos, con sus tumbas reales, sus tabúes sagrados (los 'fady') y una compleja sociedad de castas y clanes que todavía marca la cultura malgache.
El gran salto llegó a fines del siglo XVIII con Andrianampoinimerina (que reinó aproximadamente entre 1787 y 1810), uno de los personajes fundamentales de la historia malgache. Desde su base en Ambohimanga, la 'colina azul' sagrada a las afueras de la actual Tana, reunificó los reinos merina enfrentados y tomó Antananarivo, que convirtió en su capital principal. Impulsó el cultivo del arroz en terrazas, organizó el Estado y los mercados, y dejó una frase célebre que resume su ambición: que el mar fuera la frontera de su reino ('el mar es el límite de mi arrozal').
Su hijo Radama I (1810-1828) heredó y llevó adelante ese proyecto. Con el apoyo británico —firmó tratados con los ingleses, que buscaban frenar la trata de esclavos y contrarrestar a Francia—, modernizó y armó su ejército y extendió el dominio merina sobre gran parte de la isla, sometiendo a otros pueblos como los betsileo, los sakalava de la costa y otros. Radama abrió el país a misioneros protestantes de la London Missionary Society, que introdujeron la escritura del malgache en alfabeto latino, la imprenta, las escuelas y el cristianismo, transformando profundamente la sociedad de las Tierras Altas.
Así, en pocas décadas, Antananarivo pasó de ser la capital de un reino local a la cabeza de un Estado que dominaba casi toda Madagascar, con una corte, una administración y un ejército propios, un caso singular en la África de la época.
A la muerte de Radama I subió al trono su viuda Ranavalona I (1828-1861), una reina de carácter férreo que gobernó durante más de tres décadas. Desconfiada de la creciente influencia extranjera, expulsó a la mayoría de los misioneros, persiguió a los cristianos malgaches —muchos fueron martirizados— y cerró en buena medida el país al exterior, defendiendo la soberanía y las tradiciones frente a las potencias europeas. En su corte, sin embargo, trabajó el francés Jean Laborde, un aventurero e ingeniero que montó industrias y construyó para ella el palacio de madera Manjakamiadana, el edificio central del Rova.
Tras Ranavalona I, el reino vivió un período de apertura y modernización bajo sus sucesores, pero el poder real pasó cada vez más a manos de un hombre: Rainilaiarivony, primer ministro entre 1864 y 1895. Desde su palacio rosado de Andafiavaratra, en la Ciudad Alta, gobernó de hecho el país durante tres décadas, casándose sucesivamente con tres reinas (Rasoherina, Ranavalona II y Ranavalona III). En 1869, la reina Ranavalona II y el primer ministro se convirtieron al cristianismo protestante y lo declararon religión de la corte, lo que aceleró la cristianización de las Tierras Altas y la construcción de grandes templos en Tana.
Fue una época de esplendor para la capital: se levantaron palacios, iglesias, escuelas y residencias señoriales de ladrillo, y la ciudad adoptó la fisonomía de casas altas con balcones de madera que todavía define su Ciudad Alta. Pero, puertas afuera, Francia presionaba cada vez más para hacerse con la isla.
El destino del reino merina se selló con la expansión colonial francesa. Tras una primera guerra franco-malgache en la década de 1880 y un tratado que impuso un protectorado que la corte no aceptaba de buen grado, Francia lanzó en 1895 una expedición militar que remontó desde la costa oeste hasta Antananarivo. La capital cayó ese mismo año, y en 1896 Madagascar fue declarada colonia francesa. En 1897, el general Gallieni abolió la monarquía y desterró a la última soberana, la reina Ranavalona III, primero a Reunión y luego a Argelia, donde murió en el exilio en 1917. Terminaban así casi tres siglos de realeza en la colina de los mil.
Bajo el dominio francés, Antananarivo siguió siendo la capital administrativa. Los colonizadores trazaron avenidas, construyeron edificios públicos y la estación de tren de Soarano, tendieron la línea férrea hacia la costa este y hacia el sur, y reorganizaron la economía en torno a cultivos de exportación. La sociedad colonial fue profundamente desigual, y el descontento fue creciendo. En 1947 estalló una gran insurrección nacionalista en el este de la isla, brutalmente reprimida por Francia, con decenas de miles de muertos, uno de los episodios más trágicos y menos conocidos de la descolonización africana.
Ese levantamiento y la ola descolonizadora de posguerra prepararon el camino hacia la independencia. Madagascar recuperó su soberanía el 26 de junio de 1960, con Antananarivo como capital de la nueva República Malgache.
Desde la independencia, Antananarivo ha sido el escenario central de la agitada vida política malgache. La Primera República, de orientación proccidental, cayó en 1972 ante grandes protestas populares; siguió el largo período socialista y prosoviético de Didier Ratsiraka, que nacionalizó la economía y rebautizó al país como República Democrática de Madagascar. Las plazas y avenidas de Tana —en especial la avenida de la Independencia y la explanada del Ayuntamiento— han sido testigo de manifestaciones, revueltas y crisis recurrentes: 1991, 2002 y 2009 marcaron transiciones políticas turbulentas que muchas veces se decidieron en las calles de la capital.
En lo urbano, la ciudad creció de forma explosiva y desordenada. De unos pocos cientos de miles de habitantes a mediados del siglo XX pasó a más de un millón en el municipio y varios millones en el área metropolitana, con una expansión que desbordó las colinas y llenó de barrios populares las llanuras de arrozales de alrededor. La pobreza, el tránsito caótico y la presión sobre los servicios conviven con una intensa vida cultural, universitaria y comercial. Un símbolo doloroso de esos años fue el incendio que en 1995 destruyó el Rova, el palacio real, herida que la ciudad tardó décadas en restaurar.
Hoy Antananarivo sigue siendo el corazón de Madagascar: sede del gobierno, motor económico y puerta de entrada de casi todos los viajeros que llegan a la isla. Ciudad de mil colinas y mil contrastes, guarda en su Ciudad Alta la memoria de los reyes merina y en sus mercados el pulso de un país joven, pobre y a la vez riquísimo en cultura y naturaleza. Entender Tana —su historia de reinos, misioneros, colonización e independencia— es la mejor manera de empezar a entender Madagascar.