Andasibe se encuentra en el corazón de lo que fue una de las mayores selvas tropicales de África: el corredor de bosque húmedo que recorría de norte a sur toda la vertiente oriental de Madagascar, alimentado por las lluvias que llegan del océano Índico y quedan atrapadas por las montañas. Durante millones de años, el aislamiento de la isla —separada del continente africano hace unos 165 millones de años y de la India hace unos 88 millones— permitió que en estos bosques evolucionara una biodiversidad extraordinaria y única, con miles de especies que no existen en ningún otro lugar del mundo.
En ese laboratorio evolutivo surgieron los lémures, un grupo de primates que solo vive en Madagascar y que ocupó los nichos que en otros continentes ocupan monos y otros animales. También aparecieron cientos de especies de camaleones (la mayoría de los del mundo son malgaches), ranas de colores imposibles, geckos que imitan hojas, plantas carnívoras y orquídeas. El bosque de Andasibe, en la región de Alaotra-Mangoro, es una muestra viva y accesible de esa riqueza.
Sin embargo, esa gran selva del este ha sido drásticamente reducida. La agricultura de tala y quema (el 'tavy'), la extracción de madera, la minería y el crecimiento de la población han fragmentado y destruido buena parte del bosque original a lo largo de los siglos, y sobre todo en las últimas décadas. Andasibe es hoy uno de los fragmentos protegidos que sobreviven, un refugio clave para especies que están perdiendo su hogar en el resto de la isla.
Ninguna especie está tan ligada a Andasibe como el indri, el lémur más grande que existe. Los malgaches del este, del pueblo betsimisaraka, lo llaman 'babakoto', que suele traducirse como 'padre de Koto' o 'ancestro'. Ese nombre no es casual: numerosas leyendas malgaches vinculan al indri con los seres humanos y con los antepasados. Según algunos relatos, el indri desciende de un hombre que se perdió o se transformó en el bosque; según otros, es un ancestro que vela por su familia desde los árboles.
Esa creencia convirtió al indri en un animal sagrado, protegido por un tabú ('fady'): cazarlo o hacerle daño se consideraba una falta grave que podía atraer la desgracia. Gracias a ese respeto tradicional, el indri sobrevivió a la caza en muchas zonas donde otras especies desaparecieron. Su canto, potente y melancólico, que las familias lanzan al unísono para marcar su territorio y que se escucha a varios kilómetros, reforzó su aura misteriosa y espiritual entre la gente del bosque.
El indri es, además, un animal biológicamente fascinante y frágil: vive en grupos familiares, es monógamo, se alimenta sobre todo de hojas y, hasta ahora, ha resultado casi imposible de mantener en cautiverio, por lo que solo puede verse en libertad, en bosques como el de Andasibe. Está clasificado en peligro crítico de extinción, amenazado por la pérdida de su hábitat. Por eso proteger Andasibe equivale, en buena medida, a proteger la supervivencia misma del indri.
El nombre actual del pueblo, Andasibe, convivió durante mucho tiempo con el de Périnet, de origen colonial francés, que todavía se escucha entre viajeros y guías. Esa doble denominación tiene que ver con la historia del ferrocarril. A comienzos del siglo XX, durante la colonización francesa de Madagascar (que comenzó formalmente en 1896), se construyó una línea de tren para unir la capital, Antananarivo, con el gran puerto de Toamasina (Tamatave) en la costa este del Índico, atravesando precisamente estas montañas y selvas.
La llegada del ferrocarril transformó la zona: alrededor de las estaciones surgieron pueblos, se abrieron caminos y se facilitó el acceso a un bosque hasta entonces remoto. Andasibe-Périnet se convirtió en un punto de paso y, con el tiempo, en la puerta de entrada al bosque para naturalistas y científicos que empezaron a estudiar y a dar a conocer al indri y a la fauna local. Esa infraestructura explica también por qué hoy el parque es tan accesible desde la capital.
La región tiene además un lugar en la memoria política de Madagascar. La cercana Moramanga fue uno de los focos de la insurrección malgache de 1947, un levantamiento contra el poder colonial francés que fue brutalmente reprimido y que dejó miles de muertos, y que hoy se recuerda como un hito en el camino hacia la independencia, lograda en 1960. Un pequeño museo en Moramanga conserva esa memoria, a pocos kilómetros del bosque de los indris.
La protección formal del bosque de Andasibe se construyó por etapas a lo largo del siglo XX. En 1970 se creó la Reserva Especial de Analamazaotra, el sector más accesible y hoy más visitado, con el objetivo explícito de conservar al indri y su hábitat. Fue uno de los primeros espacios de Madagascar pensados específicamente para proteger a una especie de lémur emblemática, y desde entonces se convirtió en un referente para el ecoturismo naciente del país.
Más tarde, en 1989, se añadió el Parque Nacional de Mantadia, que protege una extensión mayor de selva primaria al norte, más salvaje y menos alterada. La combinación de ambos espacios dio lugar al conjunto conocido como Parque Nacional Andasibe-Mantadia, gestionado por el organismo nacional de parques (la antigua ANGAP, hoy Madagascar National Parks). El objetivo era conservar no solo al indri, sino a todo el ecosistema: otras especies de lémur, aves endémicas, la increíble diversidad de camaleones y anfibios, y el propio bosque como fuente de agua y de vida.
Ese modelo de conservación se fue enriqueciendo con la participación de las comunidades locales. Asociaciones como Mitsinjo, formada por vecinos de Andasibe, asumieron la gestión de reservas comunitarias vecinas, combinando turismo, reforestación y proyectos de conservación —como la cría de ranas amenazadas—, con la idea de que la protección del bosque solo funciona si beneficia a quienes viven junto a él. Andasibe se transformó así en un ejemplo de cómo el ecoturismo puede financiar la conservación.
Hoy Andasibe es, junto con pocos lugares más, la cara amable y accesible de la naturaleza malgache: el parque que casi todo visitante de Madagascar puede alcanzar y donde, con casi total seguridad, va a oír el canto del indri y a ver lémures, camaleones y ranas. Esa afluencia de turistas genera ingresos que ayudan a financiar la conservación y a sostener a la población local, con guías, lodges, restaurantes y servicios. El ecoturismo se ha convertido en una de las principales razones de esperanza para el bosque.
Pero las amenazas siguen siendo serias. La deforestación en los alrededores —por agricultura, leña, carbón y minería— reduce y fragmenta el hábitat; los incendios y el cambio climático alteran el bosque húmedo; y muchas especies, empezando por el propio indri, están en peligro crítico. El desafío es que las islas de bosque protegido, como Andasibe-Mantadia, no queden aisladas en un mar de tierras deforestadas, lo que empobrecería su biodiversidad a largo plazo. Por eso los proyectos de reforestación y de corredores ecológicos son tan importantes.
El futuro de Andasibe depende de un delicado equilibrio entre proteger la selva, dar sustento a las comunidades y recibir un turismo responsable que valore y respete el bosque. Cuando un viajero escucha por primera vez, entre la niebla de la mañana, el canto sobrecogedor de una familia de indris, entiende de golpe por qué vale la pena salvar este lugar. En ese sonido antiguo y hermoso está resumida buena parte de la magia —y de la urgencia— de la naturaleza de Madagascar.