Viajá con Gus
InicioLaosVientiánHistoria
Historia · origen · formación

Historia de Vientián

La ciudad del sándalo a orillas del Mekong

El nombre de Vientián encierra ya un perfume. En lao, la ciudad se llama Viang Chan, que suele traducirse como 'ciudad del sándalo' (o, según otras lecturas, 'ciudad de la luna'), y esa forma, adaptada por los franceses a 'Vientiane', es la que se universalizó. Bajo cualquier nombre, la capital de Laos nació de lo mismo que la sostiene hoy: el gran río Mekong, cuya curva amplia y perezosa marca aquí, además, la frontera con Tailandia.

La zona estuvo habitada desde antiguo. Antes de ser una capital lao, hubo asentamientos ligados al mundo mon y jemer en el valle del Mekong, y la tradición atribuye la fundación de la ciudad a reyes y príncipes legendarios. Lo que es seguro es que, desde muy temprano, este tramo del río fue un lugar estratégico: tierra fértil, paso natural y punto de encuentro de rutas fluviales y terrestres. Sobre esa base creció, poco a poco, un centro de poder que la historia llevaría a lo más alto y también a la ruina más completa.

Durante siglos, Vientián fue una de las varias 'ciudades-Estado' (muang) del mundo lao, junto con Luang Prabang y otras, integrada en el juego de alianzas y rivalidades de la región. Su gran momento llegaría en el siglo XVI, cuando dejó de ser una ciudad importante para convertirse en el corazón político de todo un reino: el poderoso Lan Xang, 'el país del millón de elefantes'. Ese ascenso está ligado a un rey concreto y a una decisión que cambió el destino de la ciudad para siempre.

Capital de Lan Xang: el rey Setthathirath

En 1560, el rey Setthathirath, uno de los grandes monarcas de Lan Xang, tomó una decisión trascendental: trasladar la capital del reino desde Luang Prabang, en el norte, a Vientián, más al sur y más central. El motivo era sobre todo defensivo. Birmania se había convertido en una potencia agresiva y expansiva, y Luang Prabang quedaba peligrosamente expuesta; Vientián, junto al Mekong y mejor situada, ofrecía una posición más segura y mejor conectada con el resto del reino.

Setthathirath no se limitó a mudar la corte: dotó a su nueva capital de los monumentos que aún hoy la definen. Mandó erigir el Pha That Luang, el gran estupa dorado que se convertiría en el símbolo nacional de Laos, y construyó el Haw Phra Kaew para albergar el Buda Esmeralda (Phra Kaew), la imagen más sagrada y venerada de la región, que había traído consigo. Bajo su reinado, Vientián floreció como capital religiosa y política, con templos, palacios y murallas, en el que quizá fue el período de mayor esplendor de Lan Xang.

Ese esplendor, sin embargo, no duró. Tras la desaparición de Setthathirath y, más tarde, la muerte del rey Sourigna Vongsa a comienzos del siglo XVIII sin sucesor claro, el reino de Lan Xang se fragmentó en tres reinos rivales: Luang Prabang, Champasak y el de Vientián. Divididos y debilitados, esos reinos quedaron cada vez más a merced de sus poderosos vecinos, en particular del reino siamés (la actual Tailandia), que fue extendiendo su dominio sobre todo el mundo lao. Vientián sobrevivió como capital de un reino tributario, orgulloso pero frágil, en un equilibrio que acabaría rompiéndose de la forma más violenta.

1828: la ciudad arrasada

El episodio más trágico de la historia de Vientián se desató a comienzos del siglo XIX, cuando el reino era ya vasallo de Siam. En 1826, el rey Anouvong (Chao Anou) de Vientián, humillado por la tutela siamesa, se rebeló y lanzó una campaña militar contra Siam con la esperanza de liberar a su pueblo. La revuelta fracasó estrepitosamente. El ejército siamés no solo derrotó a Anouvong, sino que decidió dar un escarmiento definitivo: en 1827-1828, las tropas de Siam saquearon Vientián y la arrasaron casi por completo.

La destrucción fue casi total. Templos, palacios y viviendas fueron incendiados y demolidos; la población fue masacrada o deportada en masa a territorio siamés, una práctica habitual de la época para debilitar al enemigo y repoblar las propias tierras. El rey Anouvong fue capturado y murió prisionero en Bangkok, donde su figura es recordada de forma muy distinta a como se la venera en Laos, que lo considera un héroe de la resistencia nacional. El Buda Esmeralda, que ya había sido llevado antes a Siam, quedó definitivamente en Bangkok, donde permanece hasta hoy, un asunto todavía sensible.

Durante décadas, Vientián dejó prácticamente de existir como ciudad. La antigua capital quedó reducida a ruinas cubiertas por la selva, despoblada y olvidada, apenas un recuerdo de su antiguo esplendor. El Pha That Luang, saqueado y dañado, se deterioró entre la maleza. Aquel vacío se prolongó hasta que, a finales del siglo XIX, una nueva potencia apareció en escena y decidió resucitar la ciudad para sus propios fines: Francia.

El renacer colonial francés

A finales del siglo XIX, en plena expansión colonial, Francia extendió su dominio sobre los territorios lao y los integró en su Indochina, arrebatándoselos a la órbita siamesa. Los franceses necesitaban un centro administrativo para el nuevo Laos colonial, y eligieron reconstruir Vientián sobre las ruinas de la vieja capital. Así, la ciudad arrasada por Siam renació, esta vez con un rostro europeo: bulevares arbolados, edificios administrativos, villas coloniales, iglesias y el trazado ordenado que todavía hoy le da su aire particular.

Bajo el protectorado, Vientián se convirtió en la capital administrativa de Laos (mientras Luang Prabang conservaba su rango de capital real y su monarquía). Los franceses restauraron algunos monumentos, como el propio Pha That Luang, y superpusieron su cultura a la lao: de esa época vienen la baguette, el café, la arquitectura de persianas y el urbanismo afrancesado que hacen de Vientián una capital tan distinta de otras del sudeste asiático. Fue, eso sí, una colonia periférica y poco desarrollada dentro de la Indochina francesa, más volcada en Vietnam.

El siglo XX trajo las convulsiones de siempre: la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, el auge de los movimientos independentistas y la independencia formal de Laos, reconocida por Francia en 1953. Pero la paz no llegó con la independencia. El país quedó atrapado en la Guerra Fría y en la órbita de la guerra de Vietnam, y aunque los grandes bombardeos de la 'guerra secreta' se concentraron en el este y el noreste, Vientián fue el escenario político donde se libraron las intrigas, los golpes y las negociaciones entre las facciones neutralista, derechista y comunista que se disputaban el futuro de Laos.

Capital de la República: del socialismo al presente

En 1975, tras la caída de Saigón y de Phnom Penh, el movimiento comunista Pathet Lao tomó el poder en todo Laos. La monarquía fue abolida, se proclamó la República Democrática Popular Lao y Vientián se consolidó como capital del nuevo Estado socialista, el único estatus que le quedaba por asumir en su larga historia. Los primeros años fueron duros: economía planificada, aislamiento, huida de parte de la población —muchos cruzaron el Mekong hacia Tailandia— y una vida gris bajo el nuevo régimen, alineado con Vietnam y el bloque socialista.

El giro llegó a partir de finales de los años ochenta y en los noventa, cuando Laos, siguiendo el ejemplo de sus vecinos, inició una tímida apertura económica y al mundo exterior. Vientián empezó a modernizarse poco a poco, a recibir turistas e inversión y a recuperar algo de su vida cotidiana. Se restauraron monumentos, reabrieron los cafés, y la capital fue encontrando un equilibrio entre su herencia budista, su pasado colonial y su presente de país en desarrollo gobernado por un único partido.

En las últimas décadas, la transformación se ha acelerado, impulsada sobre todo por la creciente influencia de China. La inauguración, a fines de 2021, del ferrocarril Laos-China, que une Vientián con Kunming atravesando el país, ha convertido a la capital en la terminal sur de un corredor estratégico que promete integrar a Laos en la economía regional, con todas sus oportunidades y sus riesgos de dependencia. Hoy, Vientián sigue siendo una capital pequeña y apacible para los estándares asiáticos, pero también una ciudad que cambia: con nuevos edificios, tráfico creciente y proyectos ambiciosos. Quien la recorre encuentra, en pocos kilómetros, las capas de una historia extraordinaria: el estupa dorado de un rey del siglo XVI, las cicatrices de la destrucción siamesa, los bulevares franceses, la memoria de las bombas en el centro COPE y el pulso de un Laos que mira, con esperanza y cautela, hacia el futuro.

📚 Bibliografía

← Volver a la guía de Vientián