Hay un lugar, en el extremo sur de Laos, donde el Mekong parece cansarse. Tras recorrer casi cinco mil kilómetros desde las alturas del Tíbet, atravesando China, Birmania, Tailandia y medio Laos, el gran río llega a una vasta llanura y, justo antes de entrar en Camboya, se ensancha hasta los catorce kilómetros y se deshace en un laberinto de islas, islotes, canales y bancos de arena. Los laosianos lo llamaron con sencillez poética: Si Phan Don, las 'cuatro mil islas'.
El número no es literal —muchas de esas 'islas' son apenas bancos de arena que aparecen y desaparecen con el pulso del monzón—, pero la imagen es exacta. En la estación seca, el paisaje es un rompecabezas de tierras entre canales tranquilos; en la crecida de las lluvias, el agua sube varios metros y engulle buena parte de los islotes, dejando solo las islas mayores, como Don Khong, Don Det y Don Khon.
Este ensanchamiento no es casual: aquí el Mekong choca con un umbral geológico, una barrera de roca que provoca uno de los fenómenos más impresionantes del río, las cataratas de Khone. Ese accidente natural, que define el paisaje de las 4000 islas, sería también el que marcaría su historia: la barrera que ningún barco pudo cruzar y que frustró uno de los grandes sueños coloniales del siglo XIX.
Las cataratas de Khone —de las que Khone Phapheng es la más espectacular— son la caída de agua más caudalosa del sudeste asiático. No impresionan por su altura, sino por su volumen: en la crecida, un caudal colosal del Mekong entero se despeña entre las rocas en una furia de espuma que se oye a kilómetros. Para la naturaleza, son una maravilla. Para la navegación, fueron durante siglos una barrera infranqueable.
Y ahí está la clave de su historia. A finales del siglo XIX, cuando Francia construía su imperio en Indochina, los exploradores y comerciantes soñaban con usar el Mekong como una gran autopista fluvial que conectara Saigón con el interior de China, abriendo un inmenso mercado. La expedición francesa que remontó el río en la década de 1860 puso todas sus esperanzas en esa ruta. Pero al llegar aquí, a las cataratas de Khone, el sueño se estrelló: ningún barco podía superar ese muro de agua y roca. El Mekong, se comprobó, no era navegable de punta a punta.
Ese descubrimiento cambió la historia de la región. Frustrada la vía fluvial continua, Francia tuvo que buscar la manera de sortear las cataratas para al menos mantener el comercio en el bajo Mekong. La solución que idearon los ingenieros coloniales es una de las curiosidades históricas más sorprendentes de Laos: construir un ferrocarril en medio de la selva y las islas.
A comienzos del siglo XX, para salvar el obstáculo de las cataratas, los franceses hicieron algo insólito: construyeron un ferrocarril de vía estrecha de unos siete kilómetros que atravesaba las islas de Don Det y Don Khon, uniendo los tramos navegables del Mekong por encima y por debajo de los rápidos. Fue el primer y único ferrocarril que Laos tuvo en toda su historia.
El funcionamiento era ingenioso y trabajoso: los barcos llegaban por el río hasta un extremo, se descargaban las mercancías —y a veces se desmontaban embarcaciones enteras—, se transportaban en tren por las islas hasta el otro extremo, y allí se volvían a cargar en barcos que seguían río abajo o río arriba. Se construyeron muelles, terraplenes y el puente de hormigón que aún une Don Det con Don Khon, y por esas vías circularon pequeñas locomotoras durante décadas.
El ferrocarril funcionó hasta mediados del siglo XX, cuando el declive del comercio fluvial, la Segunda Guerra Mundial y las guerras de Indochina lo dejaron en desuso. Hoy quedan las trazas: el terraplén convertido en camino, alguna vieja locomotora oxidada como monumento y, sobre todo, el puente, hoy paso de bicicletas y peatones y símbolo de las islas. Cruzarlo pedaleando, con el Mekong corriendo abajo, es tocar con la mano la ambición y la frustración del proyecto colonial francés en el río.
En las aguas profundas del Mekong, cerca de la frontera entre Laos y Camboya, sobrevive uno de los animales más raros y entrañables del río: el delfín del Irrawaddy. Es un delfín de río de cabeza redondeada, sin el 'pico' de los delfines marinos, que durante siglos convivió con los pescadores del bajo Mekong y ocupó un lugar en sus creencias y leyendas, que lo consideraban un animal casi sagrado, reencarnación de espíritus benignos.
Hoy, sin embargo, estos delfines están al borde de la extinción en el Mekong. De las grandes poblaciones de antaño quedan apenas un puñado de ejemplares, concentrados en unos pocos remansos profundos en torno a las 4000 islas y el tramo fronterizo con Camboya. Las causas de su declive son múltiples y sobrias: la pesca con redes de enmalle, en las que quedan atrapados y mueren ahogados; el uso de explosivos y venenos para pescar; la degradación del río; y, más recientemente, el impacto de las grandes represas hidroeléctricas que fragmentan y alteran su hábitat.
Ver emerger a uno de estos delfines a respirar, aunque sea por unos segundos, es una experiencia emocionante y agridulce: se está ante un superviviente de una especie que quizá no llegue a ver muchas décadas más en el Mekong. Su suerte resume las tensiones que atraviesan a todo el río: entre el desarrollo y la conservación, entre las necesidades humanas y la supervivencia de un ecosistema único. Los delfines de Si Phan Don son un tesoro y, a la vez, una advertencia.
Tras el fin del comercio fluvial colonial y las décadas de guerra y aislamiento que vivió Laos en el siglo XX, las 4000 islas quedaron como lo que habían sido siempre bajo la piel del proyecto francés: un mundo de pescadores y arroceros lao, viviendo al ritmo del Mekong. Ese ritmo pausado, casi detenido, es hoy su mayor atractivo turístico.
Desde los años noventa y dos mil, con la apertura de Laos al turismo, Si Phan Don —y en especial Don Det— se convirtió en un destino querido por mochileros de todo el mundo, atraídos por sus bungalows baratos sobre el río, sus hamacas, sus atardeceres y su ausencia total de prisa. Junto a ese turismo relajado, las islas ofrecen su patrimonio único: las cataratas atronadoras, las ruinas del viejo tren, los rápidos de Li Phi y la emoción frágil de buscar delfines.
El gran desafío del presente es el equilibrio. Las 4000 islas viven, como todo el bajo Mekong, bajo la amenaza de las grandes represas río arriba y de los proyectos hidroeléctricos, que alteran el pulso del río del que dependen los peces, los delfines, los arrozales y el propio paisaje de islas. Por ahora, Si Phan Don sigue siendo uno de los rincones más apacibles y hermosos del sudeste asiático: un lugar donde el gran río se abre, respira y enseña, a quien se deja llevar, el arte casi olvidado de no hacer nada.