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Historia de Pakse

La boca del río: una ciudad joven sobre un país antiguo

Pakse es, para los estándares de Laos, una ciudad casi nueva: nació en 1905, cuando Francia la fundó en el punto donde el río Xe Don desemboca en el Mekong. Su nombre lo dice todo: 'Pak Se' significa 'boca del Se', la boca del río. Los franceses la levantaron con un objetivo político concreto: crear un centro administrativo moderno para el sur de la Indochina colonial y, de paso, restarle poder al viejo reino de Champasak, cuya corte estaba río abajo, cerca del sagrado Wat Phou.

Pero aunque la ciudad sea joven, la tierra que la rodea guarda una historia milenaria. El sur de Laos fue, mucho antes que Pakse, corazón de civilizaciones deslumbrantes. En estas riberas del Mekong floreció la cultura jemer pre-angkoriana, la del periodo de Chenla, que dejó en la cercana Champasak uno de sus grandes santuarios, Wat Phou, más antiguo que el propio Angkor. La región fue puente entre los mundos jemer, mon y lao durante más de un milenio.

Entender Pakse exige, por eso, mirar más allá de sus calles de trazado colonial: es la capital moderna de un sur antiquísimo, la puerta contemporánea a un paisaje cargado de historia, café y agua. La ciudad que hoy sirve de base a los viajeros es apenas el último capítulo de una larga saga que empieza con reyes hindúes y montañas sagradas.

El reino de Champasak y el sur lao

Para comprender Pakse hay que conocer al reino que la precedió: Champasak. Cuando el gran reino lao de Lan Xang —el 'reino del millón de elefantes'— se fragmentó a comienzos del siglo XVIII, uno de los estados sucesores fue el reino de Champasak, en el extremo sur, con capital cerca de Wat Phou y del Mekong. Fue uno de los tres principados laosianos (junto con Luang Prabang y Vientián) en que se dividió el viejo poder de Lan Xang.

Champasak vivió, como sus vecinos, bajo la larga sombra del reino de Siam, que a lo largo del siglo XIX extendió su dominio sobre buena parte del actual Laos. La familia real de Champasak conservó, sin embargo, un notable prestigio local y una continuidad dinástica que la distinguió. Cuando Francia se hizo con los territorios laosianos de la orilla izquierda del Mekong en 1893, integró el sur en su Indochina, pero permitió que la casa de Champasak mantuviera cierto rango simbólico.

Ese arraigo de la vieja aristocracia sureña explica una figura clave de la historia moderna: el príncipe Boun Oum de Champasak, nacido a comienzos del siglo XX, heredero de ese linaje y uno de los grandes protagonistas de la política laosiana de mediados de siglo. Boun Oum encarnó el ala conservadora y prooccidental en las turbulentas décadas de la guerra, y dejó en Pakse una huella monumental: el gigantesco palacio que hoy es un hotel.

La Pakse colonial y el auge del café

Fundada por los franceses en 1905, Pakse creció rápido como centro administrativo, comercial y de comunicaciones del sur. Se trazaron avenidas, se levantaron edificios de gobierno y viviendas de estilo colonial, y llegó, como en Savannakhet, una fuerte inmigración vietnamita y china que dinamizó el comercio. La ciudad se convirtió en el punto donde confluían los caminos, el río y los negocios del sur laosiano.

Uno de los mayores legados de la época colonial no está en la ciudad, sino en la meseta que se levanta al este: Bolaven. Fueron los franceses quienes, a comienzos del siglo XX, aprovechando el clima fresco y los suelos volcánicos del altiplano, introdujeron el cultivo del café. Aquella apuesta prosperó: el café de Bolaven se convirtió con el tiempo en uno de los mejores del sudeste asiático y en un producto identitario del sur de Laos, cuyo gran mercado de distribución es, precisamente, Pakse.

La ciudad fue así, desde su origen, una criatura del proyecto colonial: pensada para administrar, comerciar y explotar los recursos del sur. Pero, como suele pasar, terminó desarrollando vida propia, mezclando la herencia francesa, la cultura lao, las comunidades vietnamita y china, y la riqueza agrícola de su entorno. Cuando la Indochina francesa entró en crisis a mediados del siglo XX, Pakse ya era la capital indiscutible del sur.

Guerra, revolución y el fin de la monarquía

El siglo XX laosiano fue el de la independencia y la guerra casi simultáneas. Tras la Segunda Guerra Mundial, la ocupación japonesa y la posguerra, Laos alcanzó la soberanía plena en 1954, pero quedó atrapado en la Guerra Fría y en el desbordamiento de la guerra de Vietnam. El país se partió entre el gobierno real, respaldado por Estados Unidos, y el movimiento comunista del Pathet Lao, apoyado por Vietnam del Norte.

El sur y el este del país sufrieron con especial dureza. Por las montañas orientales pasaban ramales de la Ruta Ho Chi Minh, y sobre amplias zonas cayó una campaña de bombardeos de enorme intensidad, que hizo de Laos, en proporción a su población, el país más bombardeado de la historia; sus secuelas —los artefactos sin explotar— persisten hasta hoy en el campo del sur. En medio de ese conflicto, el príncipe Boun Oum de Champasak jugó un papel político de primer orden como líder de la derecha laosiana, y en los años sesenta empezó a construir en Pakse su palacio monumental, símbolo de su poder.

El desenlace fue drástico. En 1975, la victoria del Pathet Lao puso fin a la monarquía en todo el país y proclamó la República Democrática Popular Lao. La casa real de Champasak desapareció con las demás: Boun Oum marchó al exilio, donde murió pocos años después, y su palacio quedó inconcluso, testigo mudo del final de una era. La aristocracia que había gobernado el sur durante siglos se apagaba para siempre.

Pakse hoy: la capital del sur y su café

Tras las duras décadas de posguerra, economía planificada y aislamiento que siguieron a 1975, Pakse fue recuperando su papel de capital económica del sur al ritmo de la apertura del país desde los años noventa. Hoy es una ciudad dinámica y bulliciosa, el gran nudo de transporte, comercio y servicios de la mitad meridional de Laos, y la base indiscutible para explorar los tesoros de la región.

Ese antiguo palacio inacabado del príncipe Boun Oum es hoy el Champasak Palace Hotel, y desde sus terrazas se contempla la ciudad y el Mekong: un final inesperado y algo melancólico para el sueño de la última dinastía del sur. Abajo, el enorme mercado Dao Heuang rebosa de café de Bolaven, frutas y especias; los tuk-tuks y minivans llevan y traen viajeros hacia las cascadas de la meseta, las ruinas de Wat Phou y las 4000 islas; y la ribera del Mekong se llena, al atardecer, de gente disfrutando del río.

Pakse resume bien el sur de Laos: una ciudad joven asomada a un pasado antiquísimo, donde conviven la herencia jemer y colonial, el legado del café francés, el recuerdo de reyes desaparecidos y la energía de un cruce de caminos moderno. No es un destino de grandes monumentos, sino algo quizá más útil: la llave que abre uno de los rincones más ricos y menos transitados del sudeste asiático.

📚 Bibliografía

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