El norte laosiano es la cuna de la nación. Fue aquí, en la ciudad entonces llamada Muang Sua, donde en 1353 Fa Ngum fundó el reino de Lan Xang y estableció su primera capital. La ciudad tomó luego el nombre de Luang Prabang en honor al Phra Bang, la imagen dorada de Buda entregada por el rey jemer de Angkor para dar legitimidad budista a la monarquía. Recostada en la confluencia del Mekong y el Nam Khan, rodeada de montañas, fue durante siglos el centro religioso y dinástico del país, sede de la realeza incluso después de que la capital política se trasladara a Vientián.
Luang Prabang conserva más de treinta templos o wats dorados, monasterios en actividad y un casco histórico donde la arquitectura tradicional lao se funde con las villas coloniales francesas. Esa "excelente fusión" le valió en 1995 la declaración como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Cada amanecer, cientos de monjes budistas de túnica azafrán recorren las calles en silencio recibiendo ofrendas de arroz de los vecinos: es el tak bat, la procesión de las limosnas, una de las imágenes más emblemáticas del sudeste asiático.
El extremo norte de Laos es una región montañosa y remota, dominada por relieves kársticos que superan los 2.000 metros y por ríos que durante siglos fueron las únicas vías de comunicación. A orillas del río Nam Ou, afluente del Mekong, se encadenan pueblos como Nong Khiaw —encajonado entre paredones calcáreos de postal— y Muang Ngoi, una aldea a la que tradicionalmente solo se llegaba en barco. Más al noroeste, Luang Namtha es la puerta de entrada a la reserva natural de Nam Ha, una de las mayores áreas protegidas del país, establecida en 1993.
Esta es también la región más diversa de Laos desde el punto de vista étnico. En sus montañas conviven decenas de pueblos —khmu, hmong, akha, tai lue, tai dam, yao y muchos otros—, con lenguas, vestimentas y creencias propias, en su mayoría distintos del lao de las tierras bajas. Del siglo XVI al XIX, estos territorios fronterizos pasaron por manos birmanas y siamesas y fueron zona de guerras y disputas, antes de integrarse al protectorado francés y, más tarde, al Laos independiente. Hoy el trekking entre aldeas de montaña es una de las grandes experiencias del norte.
En la meseta de Xieng Khuang, al noreste, se extiende uno de los enigmas arqueológicos más fascinantes de Asia: la Llanura de las Jarras. Se trata de miles de urnas de piedra tubulares, algunas de varios metros y toneladas, esparcidas en grupos por las colinas. Estudiadas por primera vez de manera sistemática por la arqueóloga francesa Madeleine Colani en la década de 1930, se las asocia hoy a prácticas funerarias de la Edad del Hierro, entre el 500 a.C. y el 500 d.C. La región era un cruce de rutas comerciales entre grandes sistemas culturales del sudeste asiático, aunque la identidad exacta de quienes tallaron las jarras sigue sin resolverse.
En 2019, los sitios megalíticos de Xieng Khuang fueron inscriptos como Patrimonio de la Humanidad. Su puesta en valor, sin embargo, estuvo mucho tiempo condicionada por una herencia sombría: Xieng Khuang fue una de las zonas más castigadas por los bombardeos de la Guerra Secreta, y buena parte de la llanura permaneció durante décadas sembrada de municiones sin explotar, lo que obligó a desminar los senderos antes de abrirlos a los visitantes.